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sábado, 5 de abril de 2014

Walking Dead en Melilla


Bilbao, año 6 d.c. (después de la crisis). Hoy os invito a un experimento morboso, desagradable, incluso de mal gusto. Os invito a descubrir cuál de las imágenes que uso en este post pertenecen a la afamada serie americana “Walking dead” y cuál a la realidad que se vive últimamente en Melilla. ¿A que es casi imposible?

 

En la serie los muertos vivientes deambulan sin rumbo en su desesperada búsqueda de alimento (en este caso cerebros vivientes). En la realidad miles de africanos deambulan cada día por los alrededores de Melilla (sí, esa colonia cuya situación tanto se parece a la de Gibraltar pero con la que nunca se compara) con un objetivo muy concreto: cruzar una valla; al otro lado piensan que van a encontrar el paraíso. O por lo menos, un mundo mejor al que han dejado atrás. Para ello han cruzado cientos de kilómetros, han arriesgado la vida y lo siguen haciendo; muchos la han perdido ya, otros lo harán en breve. Acaban colgados de una valla como si fueran víctimas de un naufragio. Y quizá lo sean. Del que hemos creado entre todos en esta sociedad esquizofrénica, en la que matar a pelotazos de goma a seres humanos que luchan contra las olas resulta no ser un crimen sino una obligación laboral por la que nadie va a pagar. Nunca.






La valla me recuerda a otro muro que tuve la mala suerte de visitar: el que divide las tierras legítimas de los ciudadanos palestinos ocupadas por los soldados (ilegítimos) israelíes desde hace décadas con el beneplácito o la inactividad de la mayoría de potencias mundiales. Allí comprobé en persona los estragos que un muro divisorio causa en las personas. A las reales, a las que día a día lo tienen que cruzar para ir a trabajar, para acudir a un hospital a parir o para visitar a sus familias que quedaron al otro lado. En todos estos años desde la ocupación no se ha solucionado nada, como mucho la situación ha empeorado, con más y más seres humanos atrapada en la franja de Gaza y en Cisjordania (en realidad todo esPalestina, incluso Israel). Si queréis saber cómo viven los habitantes hacinados en la franja de Gaza no tenéis más que echar un vistazo a los reportajes que Gonzo ha realizado para El Intermedio recientemente. Reflejan muy bien la realidad. No os recomendaré el documental que yo hice allí porque no me lo han pagado y porque de la manga se han sacado otro en el que no acreditan mi trabajo.  








Con esto sólo os quiero decir que los muros nunca han solucionado nada. Que el afán de mejorar de vida es imparable, que aunque les dupliquen las cuchillas que cuelgan de la valla, seguirán encaramándose a ella hasta desangrarse, que aunque les tiren granadas cuando intentan cruzar a nado, lo seguirán haciendo. Que los políticos sólo ponen tapones para ocultar un problema mientras están en el poder, que haga el mínimo de ruido posible “a ver si nadie se da cuenta y nos siguen votando”. Pero el ruido de los muertos vivientes ha tomado por completo el mundo de “Walking dead”. Y por mucho que se empeñen, el clamor de las miles de personas que escapan de guerras, miseria, violaciones, niños soldados y enfermedades, no se puede parar con vallas ni con muros. Ni aquí ni en Palestina. 

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Buenas noticias, a pesar de todo



Bilbao 2012, año del fin del mundo. Esto es ya una realidad, una verdad de Perogrullo, una redundancia… porque hoy en día, un año después del inicio de este gobierno fascista, todo el mundo sabe que la vida, tal y como la conocíamos, se ha terminado. ¿Qué vendrá después? Nadie lo sabe. Probablemente dependerá de nosotros mismos, de nuestras reacciones. Pero lo que sí es cierto es que hay en este momento mucha gente que lo está pasando realmente mal. Gente que se tira por las ventanas porque no puede pagar su hipoteca. Exactamente igual que ocurrió hace casi un siglo, en la conocida como la Gran Depresión, cuando la gente que se arruinaba optaba también por arrojarse al vacío. Nunca pensamos que nos iba a tocar vivir algo parecido. Nos habíamos acostumbrado a una realidad en la que todo iba siempre a mejor, de hecho, sólo podía ir a mejor y cada generación estaba destinada a vivir con muchas más comodidades que sus predecesores. Pero eso ya no es así. De repente estamos siendo testigos de una regresión hacia una sociedad y un tipo de vida que cada día se parece más a lo que nos contaban nuestras abuelas de la posguerra. Y no solamente por la escasez económica, sino por la pérdida de derechos civiles. ¿Quién nos lo iba a decir, verdad?

Pero en las últimas semanas ha habido también motivo de alegría. Sí, aunque parezca casi imposible. En los cómics Marvel, el mutante Estrella del Norte se casaba con su novio (del mismo sexo, si no de la misma constitución genética ni del mismo color de piel). Y lo mejor de todo es confirmar que si lo hubieran hecho en España, ese matrimonio sería hoy en día válido y ratificado por el Tribunal Constitucional, muy a pesar de los mismos fascistas de siempre que nunca han creído en la igualdad total (a ningún nivel, ni la de los gays ni la de las mujeres ni la de los pobres ni la de la clase media). Así que no puedo más que felicitar a mi marido por seguir casado conmigo y a mí mismo por no haber sido salvajemente divorciado por unas leyes que cada día nos resultan más ajenas. Por cierto, que aprovechando esta boda mutante gay, en EEUU (ya sabéis que a extravagancia no les gana nadie) se celebraron montones de bodas del mismo sexo… ¡en tiendas de cómics! (y yo que pensaba que la mía había sido original…)

Otra buena noticia. ¡Los jueces tienen corazón! Sí, aunque parezca mentira, hasta ellos se han posicionado en contra de los desahucios y de la política de este gobierno en ese tema (tampoco el anterior hizo nada por solucionar este lacerante abuso de los bancos). Pero el gobierno fascista sigue en sus 13 y tiene muy claro que aquí, sólo hay que ayudar a la banca. Para que sigan arruinándonos. He de confesar también mi sorpresa ante el apoyo de numerosos ayuntamientos hacia los que viven cada día con la incertidumbre de que lleguen los banqueros con sus trajes a medida para echarles de sus casas. Se trata de una iniciativa que empezó con el alcalde de Santa Cruz de Tenerife, que amenazó a los bancos de su ciudad con que si continuaban con un solo desahucio más retiraría todo el dinero del ayuntamiento de esas entidades. Varios colegas suyos han seguido su ejemplo. Y nunca mejor dicho, porque es ejemplar. Quizá si todos los ciudadanos hiciéramos lo mismo y cada vez que nos enterásemos de un desahucio corriéramos a ese banco a retirar nuestro dinero, los banqueros con sus trajes a medida se lo pensarían dos veces. Me han contado un caso de un sitio donde un banco decidió quedarse con el edificio donde había un centro de la tercera edad. Y los jubiletas (tan originales ellos, y va sin segundas) se pusieron de acuerdo y se plantaron todas las mañanas en la sucursal del banco a bloquearla de una manera muy inteligente: llegaban a primera hora y hacían cola, pedían 200 euros y se volvían a poner en la cola para ingresarlos, y así sucesivamente, con lo que no permitían el funcionamiento normal del banco. Consiguieron su objetivo y el banco reculó. Yo conozco a muy pocos banqueros. Es más, en realidad sólo conozco a dos. Y uno de ellos es un corrupto que incluso ha perdido su trabajo por los negocios sucios que se traía (me imagino que no a favor de la entidad, si no, seguro que le hubieran ascendido). El día de la muerte de la última mujer que se suicidó (esta vez en Barakaldo), fui testigo de una manifestación de semejante envergadura cruzando las calles de esta población que no veía desde que estaba en 1º de BUP (sí, a principios de los años 80) y explotó la caldera de un colegio de Ortuella, dejando alrededor de 50 víctimas infantiles. Igual dolor e indignación recorría aquella noche las calles de Barakaldo. El gobierno sabe que el pueblo está indignado y no le importa. Si no, no habrían suspendido el día de puertas abiertas que anualmente celebra la divina Constitución (sí, aquella que ellos no querían aprobar y a la que ahora se aferran como si fuera la biblia). Obviamente tienen miedo a que el pueblo entre en su centro de poder por si pretende quedarse con él. Quizá la mala publicidad que esto les daría en Europa no les apetezca demasiado. Aunque últimamente estoy empezando a pensar que lo que realmente quieren es que haya una revolución, porque eso les daría la excusa perfecta para echar el ejército a la calle y quedarse con el poder de por vida, cumpliendo así su sueño de continuar el poder franquista. Si no, no se entiende que estén gobernando tan a ciegas y tan de espaldas al pueblo, sin miedo ninguno a las consecuencias de sus actos. A mí, sinceramente, me daría mucha vergüenza que allá donde fuera me recibieran con pitidos, insultos y abucheos. ¡Ah, se me olvidaba! Que los políticos no tienen vergüenza. Como los banqueros. Ni corazón. Ellos nunca se equivocan, jamás admiten errores y, desde luego, ni siquiera contemplan la posibilidad de dimitir. Y si no, que se lo pregunten a mi favorita, Ana Botella, la indigna. 

Y aún ha habido una buena noticia más. La victoria electoral de Obama. Sí, ya sé que no es lo perfecto y que de lo que promete se olvida muy rápido (al fin y al cabo es político, ¿no?, ¿qué esperamos?). Pero hay que reconocer que es el menor de dos males mayores. Y uniéndolo con la primera buena noticia, ha sido el primer presidente de EEUU que se ha manifestado a favor de los matrimonios entre personas del mismo sexo. Cada uno barre para casa (lo digo por mí, no por él). Me imagino a Marilyn cantándole un sexy “Congratulations” en lugar de su inolvidable “Happy birthday, Mr President”. Por cierto, que en uno de los capítulos de la segunda temporada de Breaking Bad, la embarazadísima y rubísima esposa hace una muy buena imitación de la estrella rubia por antonomasia, cantándole el “Feliz cumpleaños” a su atractivo jefe con el que flirtea. Ahora habrá que ver qué hace el reelegido presidente norteamericano con la nueva crisis (por no decir guerra) entre palestinos e israelíes en la franja de Gaza. Históricamente ellos (los americanos) siempre han apoyado a Israel. Será por la cantidad de judíos económicamente poderosos que hay en EEUU y a los que ningún presidente quiere (o se atreve) a ahuyentar. Yo estos días no puedo dejar de pensar en las familias palestinas que conocí durante mi experiencia de este verano. Y entiendo perfectamente su rebelión contra aquellos que se lo han quitado todo y encima siguen oprimiéndoles.

Pero sigamos con las buenas noticias. Me he enterado recientemente que por los círculos de Hollywood lleva décadas circulando un amago de intento de truño de continuación de la mítica Casablanca. ¿Os imagináis? Después de aquel inolvidable final en el aeropuerto, ¿qué más podía ocurrir sin romper la magia? Pues sí, el dólar sigue apareciendo en las pupilas de los productores que, gracias a los dioses, nunca han conseguido sacar adelante el proyecto. La verdad que la historia que escribieron al poco de comprobar el impacto mediático de la original, no tiene desperdicio (para cualquier plató de Sálvame, claro). La pobre Ilsa (Ingrid Bergman) llega a EEUU embarazada de Rick (Humphrey Bogart) (¿os imagináis eso en la pacata sociedad de los años 40?). Total, que el tiempo pasa y el hijo crece y se convierte en un revolucionario como su padre, al que busca en no sé qué guerra… En este punto ya perdí el interés porque parecía más “El hijo de Robin Hood” que una continuación de Casablanca. ¿Cómo se atreven? Pero ya puestos, me acordé que hace años mi truculenta imaginación también dio a luz una continuación muy sui generis que además unía ese título con otra de mis pelis favoritas de los 40. ¿Adivináis cuál? Pues sí, como diría el mismísimo Humphrey: “de todos los locales de Buenos Aires, tuviste que entrar en éste…” Y es que no sé si recordáis el argumento de Gilda, pero la trama se desarrollaba en un cabaret de la capital argentina donde los protagonistas se reencontraban y luchaban contra un malísimo nazi. Bueno, pues en esta continuación, Ilsa desembarca en Buenos Aires y, no me preguntéis cómo, acaba en el local de Gilda, donde evidentemente llegará Humphrey buscándola y, junto con el amante de Gilda, el soso Glenn Ford, (y tras una cierta desconfianza inicial de éste hacia los recién llegados) seguirán las dos parejas combatiendo a los malos nazis (como ya hicieran por separado en sus respectivas películas). ¿No os parece mucho más interesante? Desde luego tendría algunos toques de Encadenados, de Hitchcock, que también transcurría en Buenos Aires y que también protagonizaba la Bergman (de la que el gordo y genial director aparentemente se enamoró, como siempre hacía con sus actrices rubias, ¡qué fijación!). Y así, con este toque mitómano, os dejo. No sin antes recordar un sentimiento agridulce que me invadió esta semana cuando vi unas imágenes de “Los payasos de la tele”, que ilustraban la muerte de Miliki. Me dejé llevar por la nostalgia. Pero no porque a mí me gustasen particularmente los payasos, más bien me parecían aburridísimos y lo que yo quería era que se acabaran para poder ver Espacio 1999 o incluso la empalagosa sonrisa de otra inolvidable para nuestra generación: Mª Luisa Seco. Sus pantalones de campana quedaron impregnados en mi memoria mucho más que las narices (algo fálicas, todo sea dicho) de los payasos. Pero reconozco que al ver esas imágenes en blanco y negro con todos los niños ilusionadísimos contestando al consabido “¿Cómo están ustedeeeeeeeeees?”, no pude evitar pensar en lo lejos que estamos ya de aquellos días de inocencia infantil en los que merendábamos un bocata de Nocilla o de mantequilla con azúcar mientras hacíamos los deberes. Había sólo un canal de televisión y todos comentábamos los programas en el patio del colegio al día siguiente mientras intercambiábamos preciados cromos de alguna colección ya olvidada... En fin, que os recomiendo que os pongáis una peluca rubia platino y una nariz roja con forma de pene para que le cantéis el Happy Birthday al mutante gay Estrella del Norte mientras en el fondo de la sala Rita Hayworth se quita un guante negro lúbricamente ante la sonrisa medio avergonzada y semivirginal de la sueca Ingrid Bergman y Humphrey Bogart, con el cigarrillo en la boca, lucha incesantemente contra el gobierno fascista de un país bananero llamado España…

            

domingo, 12 de agosto de 2012

No sin mi pasaporte


©RM
Una estrella en Ammán
Me queda menos de una semana en el Cercano Oriente. Y la verdad que no puedo esperar para llegar y besar suelo bilbaíno. Así, como el papa (con minúsculas, como se merece). Y eso que en la última semana he visto algunos de los sitios que hacen que merezca la pena visitar este país. Recordaréis que hacía casi dos meses que no veía a mi marido y que venía a visitarme. Desde luego fue un feliz encuentro. Nos fuimos a Petra, uno de esos enclaves que debería ser considerado como una de las maravillas del mundo, realmente impresionante. No os puedo deleitar con las fotos que sacamos porque se están revelando… (¿Recordáis cuando volvíamos de las vacaciones y teníamos que esperar una o dos semanas a tener las fotos reveladas? ¡Cómo progresamos en algunas cosas…! Y mientras, alah, venga a perder derechos civiles…) En realidad la cámara acabó en la maleta de mi marido cuando se volvió a Inglaterra, así que tendréis que esperar a mi regreso para poder verlas en mi próxima entrega. Sólo os puedo decir que es para quedarse con la
©RM
La Ciudadela de Ammán
boca abierta. Igual que lo es la experiencia de conducir por las carreteras de Jordania, sobre todo por la ciudad o intentando entrar y salir de ella. Tienes que usar todos los sentidos para evitar un accidente. Aquí la gente conduce mientras habla incesantemente por el móvil o incluso contesta sms o comprueba su email. A ello se une una idea generalizada de que las señales de tráfico son orientativas, los intermitentes son aleatorios (da igual para la derecha que para la izquierda) a la vez que voluntarios (los usas… si te da la gana), es lícito cambiar de carril en cualquier momento, en las rotondas puede más el que más empuja y los peatones pueden lanzarse a la carretera en cualquier punto porque no hay pasos de cebra y las aceras se acaban cuando se acaban (o son interrumpidas por arbustos y matorrales). Vamos, que esto se convierte en una carrera de obstáculos más que en un caos circulatorio. Nos vimos en situaciones tan surrealistas como tratar de avanzar en un atasco en el que a la vez que un camión se te echa encima porque viene marcha atrás desde un aparcamiento sin señalizar, otro coche sale de repente sin mirar a los lados porque el conductor va leyendo su móvil y el de más adelante decide abrir su puerta de golpe frente a ti… A todo esto varios peatones se abalanzan casi encima de tu coche y tú te sientes como el protagonista de un videojuego macabro… En fin, no recomendable, sobre todo sin GPS en un país en el que la mayoría de las señales nunca las entenderás porque están en árabe y donde nadie conoce los nombres de las calles. Ni los taxistas. Así y todo fue un descanso de las tensiones del montaje. Eso sí, en ningún momento dejé de llevar el pasaporte en el bolsillo, sentirlo allí me da una sensación de seguridad. Y antes de explicaros el porqué os voy a dejar la banda sonora de esta entrada. Se trata de un tema de Moby que, sorprendentemente, a mí siempre me ha dado mucha marcha:

 
Desde que llegué a Oriente Próximo el pasaporte se ha convertido en mi posesión más preciada. Me explico. Las primeras semanas que pasé en los territorios ocupados de Palestina, me acostumbré a la idea de que (como ya os he contado) varias veces al día tenías que pasar por un checkpoint (os adjunto una foto para que veáis lo mucho que se
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Checkpoint de carretera
parecen a los peajes de autopista, aunque luego los hay mucho más cutres cuando están hechos para peatones y se llenan de colas por la mañaa de la gente que intenta ir a trabajar al otro lado de su propia tierra…) lo que suponía tener siempre el pasaporte a mano, pues era nuestra única manera de que nos dejasen en paz. Durante los días del rodaje, siempre antes de dejar el hostal de la “granny” y mientras ella salía a la puerta a ofrecernos aún más huevos para el desayuno, nosotros nos preguntábamos unos a otro: “¿Llevas el pasaporte?” Y aunque todos sabíamos con certeza que estaba en nuestros bolsillos, así y todo comprobábamos que sí, que era cierto, que nadie nos lo había robado a lo largo de la noche y que no se nos había caído debajo de la cama mientras nos vestíamos. Porque no había nada que nos preocupara más que llegar al jodido checkpoint y tener el pasaporte en la boca cuando el antipático soldadito (o soldadita) de turno nos pidiera con acento parecido al francés (no me preguntéis por qué):
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Soldaditas en entrenamiento
“Paggssport?” En este punto habría que aclarar que viajábamos en un 4x4 con matrícula diplomática jordana, con lo cual por lo general no nos daban muchos problemas. Los pasaportes españoles eran nuestro segundo salvoconducto. Pero es que, aparte de los tres bilbaínos que encabezábamos el equipo, el técnico de sonido y el coproductor eran palestinos (con pasaporte israelí pero con restricciones, ya os expliqué lo complicado que era todo). Si la que conducía era Raquel (rubia y con ojos azules) generalmente no nos pedían mucho más. Si el que conducía era Ossama (moreno, con barba y ojos oscuros), a pesar de su aspecto de español, en cuanto abría la boca se daban cuenta de que hablaba hebreo con acento palestino (o sea, árabe). Y ahí sí, empezaban las preguntas: que qué hacía con los españoles, que de dónde veníamos, que adónde íbamos… Claro que a todo esto, Ossama, muy acostumbrado a lidiar con estos tragos desde su más tierna infancia, se hacía pasar por el estereotipo que los israelíes tienen de los palestinos, o sea, que son tontos. Así que a la pregunta de “qué hacía con nosotros” respondía con un “ganándome la vida”. A “de dónde venís”, con un abstracto “de por ahí…” Y a “adónde vais”, respondía lacónicamente con un “hacia allá”, haciendo gestos de lejanía con obtusa dejadez. Vamos, como que fuera idiota. A todo esto tenéis que recordar que el
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Y los soldaditos en todas partes...
capó del coche iba lleno hasta arriba de material de cámaras, luces, sonido, etc., debidamente cubierto para que no se viera a primera vista. Si decidían abrirnos el coche, podíamos pasar horas intentando explicar qué hacíamos con todo aquello, particularmente cuando nosotros tres teníamos visado de turistas y no podíamos trabajar en el país (ocupante). Y evidentemente tampoco podíamos contarles a los soldaditos (y soldaditas) israelíes, que estábamos rodando un documental sobre los maltratos del ejército israelí a los niños palestinos… Me da la impresión de que no hubiéramos salido muy bien parados. Así que toda nuestra obsesión era que no nos parasen en los checkpoints. Y claro, para pasar por turistas españoles nada mejor que poner flamenquito a tope en el coche… No estaba mal el ardid y nos sirvió. O al menos hasta el último día.
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Mercado en zona israelí

Habíamos pasado ya diez días de rodaje, de madrugones, de aguantar grabaciones al sol, de escuchar historias auténticamente lacerantes de pérdida de derechos humanos (todo llegará, sólo hay que darle más cuerda a Rajoy…), de comer muchos huevos en el desayuno, de ser recibidos por la amabilidad palestina y de pasar muchos checkpoints diarios, con la antipatía que parece caracterizar a los israelíes, esperando que no nos abrieran el portaequipajes… Y la verdad que tuvimos bastante suerte (dicen que en los últimos tiempos están muy tranquilos, hace dos o tres años esto no hubiera sido tan fácil), hasta el último día de rodaje. Nos habíamos levantado muy pronto porque la primera entrevista la teníamos muy temprano y habíamos tenido un día completo en el que nos recorrimos las tierras palestinas de arriba abajo, sólo parando escuetamente para comer. Todo había salido sobre ruedas, más o menos (tan sobre ruedas como una producción de bajo presupuesto con el tiempo ajustadísimo puede salir). Eran las 8 de la tarde y nos dirigíamos hacia nuestra última entrevista en Jerusalén. La cita era a las 9 e íbamos bastante bien de tiempo. Pero al llegar al checkpoint vimos que ya habían parado a una de nuestras anteriores entrevistadas (representante de la Unión Europea). Así que cuando nos pararon a nosotros hicimos como que no conocíamos a los del coche de delante. Pero esta vez sí que nos pararon. Trajeron perros y nos pidieron que vaciáramos el coche. Todos fingiendo infinita tranquilidad fuimos llevando el aparatoso equipaje hasta el detector de metales. Claro, os podéis imaginar, cables, cámaras, micrófonos, pértigas, focos, adaptadores de todo tipo, vamos, lo que cualquier turista lleva habitualmente en el capó de su coche. Nos trataron con cierta amabilidad teniendo en cuenta lo que podía haber sido aquello. Tardamos lo suyo, pero no nos cosieron a preguntas como temíamos. Quizá fue porque Carlos, el dire de foto, no calló ni un solo momento, hablando de fútbol con el soldadito que nos estaba registrando el material. En este punto he de aclarar que desde mi llegada me sorprendió la obsesión palestina e israelí por los dos equipos estrella españoles, el Real Madrid y el Barça. Todo el mundo te preguntaba a cuál pertenecías en cuanto sabían que eras español. Y claro, yo la verdad, con lo inclinado al fútbol que soy, no podía especificar que mi favorito es Beckham, pero no precisamente por su habilidad con la pelota (en singular, ¿eh?).
©RM
Incluso entre israelíes hay buenos mozos...
Total, que salimos de allí con tiempo suficiente para llegar a nuestra última entrevista, la que clausuraría el rodaje. Lo que no nos podíamos imaginar es lo que nos contó el técnico de sonido. Parece ser que para aliviar las tensiones y el cansancio del rodaje, siempre llevaba consigo una china de costo. Pero claro, bajo la ley israelí te puedes pasar una buena temporada a la sombra sólo por ese pequeño detalle. Así que en cuanto vio que se acercaban los perros, no dudó un instante y se la tragó. A todo esto, nadie nos habíamos percatado de esta línea secundaria de la trama mientras ocurría. Pero el ataque de risa dentro del coche fue general. Sobre todo porque aún teníamos una última entrevista que hacer y, como os podéis imaginar, el sonido en una entrevista es “ligeramente” importante. Os lo creáis o no, todo fue como la seda. La periodista a la que entrevistábamos era española, muy maja, y vivía en una casita muy mona en el centro de Jerusalén (en un barrio que hace décadas también fue robado a los palestinos, claro). Y aparte de un momento de la entrevista en el que comentó: “Perdona, pero ¿la pértiga del micro no debería estar dirigida a mí en vez de hacia la puerta…?” Todo lo demás fue muy bien. ¡Y la entrevista se oye incluso mejor que las otras…! Parece que el sistema digestivo de nuestro técnico de sonido estaba más que acostumbrado a sustancias ilícitas… ¡Bendito!
 
©RM
Guardia en la Ciudadela de Ammán
Y hasta aquí han llegado mis andanzas en el Próximo Oriente. En estos momentos me encuentro en mi querido Books Café (por casualidad parte del montaje lo hacemos en la Royal Film Commission, que se encuentra justo enfrente), que sigue siendo uno de los únicos sitios donde comer algo antes de las 8 de la tarde. Recordad que aquí aún es Ramadán. A mí me quedan sólo seis días en Jordania y ya me parecen demasiados. No puedo decir que lo echaré de menos porque cada uno está hecho para una tierra. Y la mía es claramente verde, tiene montes y está cerca de la playa. Aunque llueva. Y aunque nos miremos demasiado el ombligo. Así que aviso, llego el día que empieza la Aste Nagusia en Bilbao. Marijaia, prepárate, que tengo muchas ganas de ti…

domingo, 29 de julio de 2012

Perdido en Ramadán


©RM Judería de Jerusalén


Hoy os voy a amenizar esta historia con algo de música de Beach House, que fue el último grupo que vi en concierto antes de empezar mi periplo por el Oriente Próximo, los vimos en Biarritz cuatro días antes de marcharme, un conciertazo: 

http://www.youtube.com/watch?v=prhI9mrB4So 

En este lado del mundo, la mayor parte de la gente lleva ya casi una semana sin probar bocado, desde que amanece hasta que anochece. No sólo eso, sino que tampoco les está permitido beber líquido alguno. Y dicen que nada de sexo. Y no, no se trata de que los recortes de Rajoy hayan llegado hasta Jordania, ni de que Gallardón haya iniciado otra cruzada moral. Ni siquiera que Andreita Fabra haya dicho “que se jodan los pobres, yo me como todos los pasteles…” Es algo que dura 30 días y que se llama Ramadán. Eso sí, en cuanto oscurece las reuniones familiares y de amigos se multiplican para celebrar la gran comilona. Todas las noches. Me cuentan que es como una Nochebuena que durase 30 días seguidos. Hay incluso regalos. ¿Os lo podéis imaginar? Si a la mayoría de nosotros ya la idea de dos noches así en una semana nos resultan difíciles de digerir… Y es verdad que las calles de Ammán, o más bien sus carreteras, están estos días extrañamente tranquilas (si tenemos en cuenta la furia con la que conducen habitualmente mientras hablan sin parar por sus móviles). Estos días hay muy poco tráfico, la mayor parte de restaurantes y bares están cerrados durante el día y la gente funciona a menos revoluciones. La comunidad internacional me cuenta que en sus trabajos la mayor parte de la gente tiene horarios especiales para ajustarse a las necesidades del Ramadán y que ellos se retiran discretamente a comer para no llamar la atención ni herir sensibilidades. Un poco como lo que pasa en España cuando hay fútbol, que a todo el mundo le resulta natural que la gente se coja tardes libres. Siempre me imagino lo que pasaría si yo me cogiera una tarde libre para ir al cine o ver la entrega de los Oscars… En fin, es lo que tienen las religiones y los deportes, como sabéis santos de mi devoción (y nunca mejor dicho). Por cierto, que gracias al Ramadán nos hemos quedado casi sin agua en casa. Resulta que en Jordania, como os podéis imaginar, el agua escasea. Y mucho. Así que la gente normal, la de a pie, se tiene que conformar con un suministro siempre pequeño. Sin embargo, en las casas de los internacionales, como en la que yo vivo, no solamente hay guardias en las entradas para protegernos de posibles revueltas, atentados y demás, sino que hay un suministro continuo de agua corriente. Para que nos sintamos como en Europa. Menos en Ramadán. Como todo funciona a medias durante este mes porque la gente vive en continuo agotamiento (es lo que tiene no poder comer ni beber desde las 4 de la mañana hasta las 8 de la tarde y luego darse un festín todas las noches) pues resulta que los del ayuntamiento, encargados de traer el agua a nuestro depósito, sólo han traído una mínima cantidad, así sin avisar, y sin decir cuándo volverán con más. Así que andamos en casa sin poder ducharnos, llenando el lavabo para hacer nuestras abluciones diarias, esperando cada día que la cisterna del báter no se seque… Quizá sea bueno ir acostumbrándonos para cuando en España no se pueda uno pagar ya la cuenta del agua y de la luz y volvamos a la posguerra…
©RM Ammán al atardecer


Pero regresemos a Israel, o mejor a Palestina, tras mi llegada, cuando aún nos alojábamos en el hostal de la “granny”, cerca del auténtico Portal de Belén. Mi primer contacto con la religión musulmana fue al escuchar la llamada a la oración a eso de las 9 de la noche. Las primeras veces resultaba muy exótico. Luego te das cuenta de que también suena sobre la 1 del mediodía, y creo que sobre las 4 de la tarde. Y ya piensas, “bueno” y sigues con lo que estás haciendo mientras la grabación se reproduce con altavoces desde los minaretes con luz de neón verde (color del Islam, el verde, no el neón). Pero es que una noche me desperté a eso de las 3 y media de la mañana con la dichosa llamadita a la oración. Lo raro es que no la hubiera oído las noches anteriores, debía estar agotado. Pero lo peor fue que a eso de las 8 de la mañana me despertó el sonido de… ¡las campanas de una iglesia católica que había cerca! ¡Dios mío –pensé- ahora sí que estoy en la cuna de las civilizaciones… religiosas! Y son tan pesadas las unas como las otras… Si yo lo único que quiero es dormir, que es domingo y mi único día libre de toda la grabación…

Y claro, luego está la otra gran religión de la zona: la judía. No sé si habréis oído en las noticias últimamente que hay un gran revuelo en Israel porque el estado está pensando en obligar a los ultraortodoxos extremos a cumplir con el ejército, como el resto de los ciudadanos, que cumplen tres años ellos y dos ellas. Y yo, ya sabéis, no soy amigo de ningún ejército ni mucho menos de que sea obligatorio. Pero es que el motivo por el que esos hombres de negro están exentos es simplemente… ¡porque dedican toda su vida a estudiar la torá, o sea, la biblia judía! Y no sólo eso, sino que debido a tanto estudio teológico no pueden ni siquiera trabajar y son sus mujeres las que lo hacen… de por vida. Y como generalmente tienen del orden de 6 ó 7 hijos, pues el gobierno les tiene que dar subvenciones y becas para que sigan tan plácidamente viviendo la vida espiritual que han elegido. Claro, no pagan impuestos, no contribuyen a la seguridad social y encima reciben todo tipo de ayudas. Así que la parte laica del estado israelí está hasta el moño de pagarles todo a estos píos estudiosos. Y parece que están empezando a rebelarse. Ellos se defienden diciendo que forman “el ejército de Yahvé”… La verdad que miedo sí que dan, con sus levitas y sombreros negros, las barbas canas, los rizos por delante de las orejas (eso es lo
©RM Árabes judíos o Judíos árabes, también los hay

 peor, lo confieso) y los ojos metidos en las cuencas de una expresión cadavérica. No sonríen, se lo debe prohibir su religión. Y claro, nunca hablan con los que nos son como ellos. Por las juderías de Jerusalén vi escenas que podrían haber sido sacadas de hace siglos, callejones que no han cambiado, hombres al otro extremo vestidos igual que sus tatarabuelos… ¿Qué pensarán de la ocupación, de las tierras palestinas que han robado y de la tortura en la que han convertido las vidas de sus habitantes? Pues parece que hay gustos para todos. Los más extremistas piensan que no se debería llevar a cabo la ocupación hasta que llegue el Mesías, entonces sí. Los siguientes parece que piensan que el primer paso para la llegada del Mesías es la ocupación de la Tierra Prometida, así que los que ya estuvieran allí que se aguanten (“que se jodan”, como diría la Fabra, lo sé, no puedo evitarlo). Y luego hay otros muchos que no saben o no quieren saber o saben y no les importa. Porque viven muy bien. Porque les llegan subvenciones de todo el mundo, principalmente de EEUU y de la UE (acabo de leer que los americanos van a dar no sé 
©RM Las cúpulas de Jerusalén

cuántos millones al ejército israelí), para resolver los entuertos que ellos han creado y lavar sus conciencias. Y así sigue todo, los israelíes gobiernan, ocupan, aterrorizan. Y los palestinos sufren y se aguantan. Algunos luchan. Como los niños. Pero entonces los meten a la cárcel por tirar piedras, a veces con 10 años, con 12, con 14 o con 16… Los juzgan en cortes militares, sin pruebas ni testigos, y los condenan a penas que dependen de si confiesan o no. En este último caso suelen pasar más tiempo detenidos, para así evitar que los siguientes hagan lo mismo.

Las primeras familias que visitamos, en los días previos al rodaje, fueron las que más me impresionaron. Yo siempre he sido de lágrima fácil (lo he debido heredar de mi aita, que lloraba el pobre hasta con “Heidi”) y reconozco que hubo dos momentos en los que tuve que retirar la mirada. En ambos casos fue con madres de estos niños que habían sido detenidos. Cuando llegabas a sus casas lo primero que hacían era recibirte con un “welcome” que estaba siempre dispuesto a salir de sus bocas. Fue mi primer contacto con la cultura palestina y me inició en la forma de ser de una gente cuyo máximo orgullo es la hospitalidad. La cantidad de veces que he oído esa palabra desde entonces. Luego te ofrecían café y té y a veces galletas o pastas. También insistían en que te quedases a comer. Y estamos hablando de familias que difícilmente pueden alimentarse a sí mismos. Las madres nos contaban los detalles de cómo el ejército israelí entró en sus casas en mitad de la noche para llevarse a sus hijos (lo más parecido a un secuestro legal que he oído), destrozando las casas entretanto. Teníais que ver los ojos de esas madres cuando nos lo contaban, estaban llenos de frustración y también de resignación, pero a la vez conseguían mantener una sonrisa increíblemente tierna. En un par de ocasiones, cuando me decían lo que les habían hecho a sus familias, a sus casas, no pude evitar decirles “tienes una casa muy bonita” o “tienes una familia estupenda”, a lo que ellas invariablemente me contestaban: “Y tú tienes unos ojos muy dulces.” Aunque me imaginaba que era una expresión árabe de agradecimiento, tenía que apartar la mirada porque veía que se me saltaban las lágrimas. Eran loables sus esfuerzos por mantener sus hogares impecables y sus familias unidas, a pesar de las terribles circunstancias en las que viven. En un momento concreto del rodaje, mientras grabábamos una de las entrevistas, una de esas madres se echó a llorar cuando menos lo esperábamos (también es verdad que no entendíamos lo que nos decía hasta que la parte palestina de nuestro equipo nos lo traducía). Ninguno de nosotros fue capaz de reaccionar para captar ese primer plano que tanto adora la pantalla. Nos quedamos petrificados. Pero nunca se me olvidará la mirada de esa madre que sufría por su hijo…

©RM El Books Café de Ammán

Continuaré con esta historia en mi próxima entrega, pero ahora para romper el dramatismo os contaré que me he venido a escribir esto al Books, ese café moderno, semi gay de Ammán, que claro, es de los pocos que sigue abriendo durante el Ramadán. Y os puedo contar que hoy, sábado al mediodía, aquí no se reúne sólo la comunidad internacional. Aquí hay muchos árabes que, obviamente, no mantienen el ayuno. Así me gusta. Y yo, mientras tanto, celebrando en solitario mi quinto aniversario de boda. Menos mal que esta mañana he conseguido hablar con mi marido por teléfono (la conexión a internet también nos está fallando y hacía días que no hablábamos, ¿será por el Ramadán?). En cuatro días está aquí para visitarme (no nos hemos visto en casi dos meses) y nos iremos a descubrir Petra. Más o menos a la vez, el mundo entero recordará el 50 aniversario de la muerte de uno de los mayores iconos del siglo XX, la rubia entre las rubias, la que hizo mundialmente famosas las iniciales MM, un lunar falso, unos labios carnosos y unos ojos miopes. Era además, una gran actriz. Aunque muchos no lo hayan descubierto aún. Su silueta y su pelo platino siguen apareciendo en publicidad, en carteles, pósters, postales, películas… Te la encuentras donde menos te lo esperas. Va por ti, Marilyn. ¡Salud!

Guapa como ella sola

Única    

Sensual, frágil

lunes, 16 de julio de 2012

¿En tierra santa? Permítame que lo dude…



©RM Mezcla en el mercado de Jerusalén


(banda sonora oficial de la entrada de hoy: Mando Diao con su "Gloria", para darle un poco de caña)

Nada  más montarme en el avión me vi sumergido en una marea de familias israelíes, todas con varios hijos y cada uno de ellos con sus correspondientes maletas (sí, he dicho maletas, no equipaje de mano). Entre tanta familia había varias ultraortodoxas, ésas que se caracterizan (aparte de por la cantidad de niños que procrean, algo casi propio del Opus) porque ellos se dejan los rizos largos por delante de las patillas, así para que cuelguen por debajo de sus amplios sombreros negros (tipo cordobés). Ellas, las que no llevan la cabeza cubierta por un pañuelo anudado a la moda de los 70, cubren su pelo con pelucas. Sí, ése es su secreto, no es que todas ellas tengan un penoso pelo sin brillo ni matiz, cortado por el peor enemigo de sus madres, es que por humildad se pasan la vida con peluca (lo que debe hacer maravillas por su cuero cabelludo, el real). El caso es que para cuando llegué a mi asiento tuve que vérmelas y deseármelas para escurrir mi exigua bolsa de viaje (la de mano) en un hueco diminuto. A lo largo de todo el viaje, sin exceptuar un simple minuto, había algún niño llorando. La comida vino acompañada de su debido certificado de ser auténtico “kosher”, es decir, que cumplía las exigencias judías de no mezclar los cárnicos con los lácteos (ni sus vajillas). Pero estaba buena, lo reconozco. 

Y así de agradablemente llegué al aeropuerto de Tel-Aviv, donde antes incluso de recoger mi maleta ya tenía adjudicada a mi propia “agenta de aduanas” (flipo, no me lo marca el corrector de Word). Esta vez no se parecía a la cerdita Peggy, era mucho más adusta y, desde el minuto 1 me dejó muy claro que no se creía ni patata de lo que le estaba contando. Me preguntó una y otra vez qué iba a hacer en su país, por qué no podía darle el nombre del hotel en el que me iba a quedar y, sobre todo, por qué no venían mis amigos a buscarme al aeropuerto. Ésta no se fijó mucho en mi edad, pero creo que se pensaba que quería entrar en su país para vagabundear… Y claro, es que mi billete de avión tenía la vuelta para más de dos meses después. Y por mucho que le conté que sólo me quedaba dos semanas en Israel y que el resto lo pasaba en Jordania en casa de mis amigos diplomáticos, ella a lo suyo, que consistía en preguntarme repetidamente los apellidos de mis amigos y cómo iba a llegar hasta Jerusalén yo solito desde el aeropuerto. Menos mal que tenía ya un plan que me había elaborado mi marido (yo no había tenido ni tiempo, tanto preparar el proyecto y mis coartadas), según el cual en el mismo aeropuerto cogería un taxi compartido y por unos 50 shekels podía llegar hasta el punto de encuentro con el resto del equipo (al parecer el único al que te llevan desde el aeropuerto en Jerusalén este, zona palestina, y es que incluso esta ciudad aparentemente santa está dividida por motivos político-económicos).

Total, que el resto de pasajeros de mi avión ya había pasado y allí estaba yo, solo frente a mi “agenta”. No me quiero ni imaginar lo que será si tratas de entrar en el país para trabajar… Estaba claro que mi historia como turista no le convencía y en breve se le unió un policía secreto al que sólo le interesaba cuánto dinero llevaba encima. Pero no, no escondía ninguna intención de soborno. De pronto, sin más ni más, mi agenta me selló el pasaporte con un rápido movimiento de muñeca y me dejó pasar, así, sin explicaciones. Pero al salir de allí, mientras trataba de recoger mi maleta solitaria, me esperaba otro agente de aduanas, diseñado especialmente para mí, ya que hablaba perfectamente español con acento latino. Así que vuelta a empezar con las explicaciones. Pero éste debía tener ganas de marcharse y no insistió demasiado. Así que las puertas de Israel se abrieron ante mí y respiré hondo. Enseguida me vi montado en mi taxi compartido (sherut). Viajábamos 9 personas: un par de mujeres judías (también se las distingue porque visten como ursulinas o simoninas, de nuevo las analogías entre religiones, con la moda que Laura Ingalls desechó de pequeñita por rancia), cinco hombres ultraortodoxos con sombrero, un israelí laico y yo, el único occidental. Uno de los hombres con sombrero de ala ancha (muy mayor, parecía que le habían pegado una paliza o que se había bebido una botella de ginebra) me pidió de malas maneras que le dejara el móvil. Y la verdad, que ante las tarifas internacionales empezando a 3 euros el minuto, ni me lo pensé. Y así empezó la ruta, mucho campo abierto con luz de atardecer salpicado de coquetas urbanizaciones de casitas color ocre. La entrada en Jerusalén no fue tan idílica: barrios hacinados donde Almodóvar podría haber rodado sin problemas “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” Por las calles de barrios obviamente ultraortodoxos sólo se veían sombreros negros y pelucas. Las únicas mujeres que llevaban el pelo a la vista (eso sí, con horquillas hacia atrás o con coleta) eran las niñas. Todas ellas con medias y manga larga en pleno junio, temperatura rondando los 30º, para no incitar. Incluso vi a una madre con una silla de niños cubierta por una caja de cartón enorme… ¡debajo de la cual salían las piernecitas de un niños! (Dios mío, pensé, hereje de mí, ¿dónde me he metido?) Enseguida me di cuenta que yo iba a ser el último del taxi en ser llevado a su destino, así que me resigné y empecé a disfrutar con ese anti-exotismo tan radical. Por fin llegué al American Colony Hotel (5 estrellas, no, no nos hospedábamos allí), donde me esperaban mi amiga Raquel, impulsora del proyecto, y Carlos, el dire de foto (tres bilbainitos de pro perdidos en Israel). Tras los saludos de rigor nos fuimos a nuestra base en Beit Sahour, un pueblecito próximo a Belén, donde según la leyenda nació el niñito Jesús. Claro, que antes de llegar tuvimos que pasar por mi primer checkpoint.

©RM  El auténtico Portal de Belén


Un checkpoint es como una especie de control o frontera militar del ejército israelí que controla los movimientos de los palestinos en su propia tierra, Cisjordania, ocupada por los israelíes, junto con Gaza, desde 1967. En 1948, (seguramente para lavarse la conciencia de lo que había pasado durante el Holocausto, entre otras muchas razones) la ONU decidió favorecer la creación del estado israelí. ¿Y qué pasaría con los que ya vivían allí…? Uno de los conflictos más complicados e inacabables de la historia reciente acababa de dispararse. Hoy en día Israel ocupa no sólo lo que le dieron en 1948 sino también lo que cogió en 1967. Y los ciudadanos palestinos tienen que vivir de prestado en sus propias tierras (eso los que no se fueron del país). Un gran muro separa los territorios de manera absurda y todos los movimientos están controlados por el ejército (que por cierto, es obligatorio, dos años para ellas, tres para ellos). Así que, bajo el mandato israelí existen tres clases de ciudadano, o mejor dos, porque la tercera es la de los “no ciudadanos”: los de primera categoría son los israelíes de pleno derecho (judíos religiosos o laicos); los de segunda son los palestinos con pasaporte israelí, cuyos movimientos están restringidos por las decisiones aleatorias del soldadito (o soldadita) de turno. Y por fin están los palestinos sin pasaporte, son los “no ciudadanos”, los que no tienen derechos y necesitan permisos especiales para cada uno de los checkpoints, que tienen que cruzar en infinidad de casos para ir a trabajar, al colegio o a los hospitales. Y claro, pagar por cada permiso también. En general se dice que el muro separa a israelíes de palestinos. Algunos palestinos nos dijeron que en realidad separa a palestinos de otros palestinos (familias a las que ni siquiera pueden ir a visitar). A los checkpoints te acabas acostumbrando, sobre todo si estás todo el día viajando y tienes que pasar por 4 ó 5 al día. Además, como extranjeros, por lo general te dejan en paz. Todo depende. A la monstuosidad que es el muro no sé si llegué a acostumbrarme. 

Pero volvamos a Beit Sahour y nuestro pequeño hostal allí. Lo llevaba una amable ancianita a la que enseguida cogimos cariño y a la que llamábamos afectuosamente “granny”. Era muy pequeñita y nos miraba siempre hacia arriba, sin entender ni la mitad de lo que le decíamos. Y su principal obsesión era… que comiéramos muchos huevos en el desayuno. Todos los días. Cuantos más, mejor. A veces, incluso salía a despedirnos a la puerta por las mañanas, cuando nos íbamos a rodar. Su hostal pertenecía a la Asociación de Ayuda a las Mujeres Árabes. Granny era cristiana, así que no llevaba ningún tipo de velo ni turbante ni peluca. De hecho, en Beit Sahour y en Belén había una gran comunidad cristiana, me imagino que por cercanía al pesebre.

©RM  Aquí derramó su leche la Virgen


Al día siguiente a mi llegada me llevaron a ver el Portal de Belén, el de verdad. O eso dicen. Yo, como soy ateo, agnóstico y hereje, me remito a las pruebas. Lo que allí había era una bonita iglesia, con un sótano (lleno de dorados, algo tendría que decir al respecto nuestra querida Chus Lampreave) donde en un agujero como de chimenea decían que había nacido Jesús. Yo lo único que vi fue la espalda de una mujer arrodillada que limpiaba incesantemente (creo que había algo que se podía besar, ¡¡¡puaghhh!!!). A la vuelta de la esquina había otra iglesia, más discreta, donde dicen que la Virgen dio de mamar al niño y donde (hasta qué punto pueden llegar algunos “detalles históricos”… ¡Qué memoria tienen algunos!) parece ser que se le escapó ese chorrito de leche que tantas veces se ha representado en la historia del arte. En fin, nunca pensé que pisaría Tierra Santa. Ni que me impresionaría tan poco, al menos espiritualmente. Y ahora, seguro que por contar todo esto ya me he ganado el infierno, donde seguramente me las tendré que ver con Rajoy, o con Andreita Fabra (jodida ya para entonces eternamente a pesar de su familia, sus prebendas y sus loterías)  ¡qué aburrimiento! Están empeñados en devolvernos a la España ésa de la posguerra y la miseria que mi abuela recordaba con tanta aprensión, llena de hambre,  analfabetismo e insalubridad. ¿Se dedicarán también a inaugurar pantanos? Mira que igual eso traía trabajo…

La Chus Lampreave
Miseria que vuelve

Mientras tanto yo escribo esto sentado en una terraza de Ammán, tomando una bebida no alcohólica, en un descanso de la preparación del montaje de nuestro proyecto, escuchando música árabe y rememorando mi primera impresión de Israel. La calle donde estoy se llama Rainbow Street y es la única, probablemente en toda Jordania, donde existe un local cuyo dueño es abiertamente gay y donde, al parecer, se reúne la reducida comunidad gay internacional que aquí habita. ¿Será coincidencia lo del nombre de la calle?

©RM  No es San Francisco, sino Ammán