Mostrando entradas con la etiqueta oriente próximo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta oriente próximo. Mostrar todas las entradas

sábado, 3 de noviembre de 2012

La salvación

Imagen 1
Imagen 2


Imagen 3

















Bilbao 2012, definitivamente año del fin del mundo. Mientras el pueblo español (y parte del europeo, o al menos el europeo del sur, es decir, los pobres de esta supuesta “gran familia”) se siente cada vez más como en la imagen 1, buscando esa salvación (que no rescate) de la situación de ruina y represión en la que nos vemos cada vez más metidos, nuestros políticos, nuestros banqueros y nuestros grandes empresarios siguen empeñados en cocinar el caldo de cultivo ideal para llegar a la imagen 2. Veamos cuánto tardamos en hacerla realidad. Desde luego, si imitáramos al gobierno y tomáramos como medida los resultados de las elecciones gallegas, estaríamos más como en la imagen 3, es decir, inmóviles e idiotizados, confiados en esa “solución divina” que nos prometieron cuando ganaron las elecciones. De lo que no se quiere hacer cuenta el gobierno es de la bajada de votos que han tenido en Euskadi y del descenso del voto en general, porque afrontémoslo, el pueblo cada vez confía menos en el sistema y en particular en los políticos. Es más, en esas múltiples encuestas de opinión que se empeñan en hacer, los españoles encuentran que su mayor problema es… ¡la clase política! Y si no que vean los resultados en Euskadi del partido “Escaños en blanco”, que trata de llenar los parlamentos de escaños vacíos para que no haya tanto chupóptero viviendo como reyes de nosotros, su pueblo, los que les votamos.

Pero hoy me he propuesto no hablar de política, que ya sabéis cómo me pongo… Hoy voy a dispersarme un poco con temas mucho más banales, que luego me acusan deremover los fuegos de la revolución... Y para ello os propongo una banda sonora de lo más relajante: se trata de Martha Wainwright, la hermanísima del conocido (y super gay) Rufus Wainwright.



¿Carlota, Carolina o Grace...?
Con poco que me conozcáis (o que me hayáis leído), os habréis dado cuenta de que a mí el mundo del “corazoneo” me importa más bien poco. Vamos, que como diría Rhett Butler, “me importa un pimiento” (aunque en el original sea mucho más fino y diga “I don´t give a damn”). Ésa sí que era una sonrisa de medio lado (de las de granuja de buen corazón)… Pero a lo que íbamos, a mí un cotilleo me gusta como al que más. Pero uno de alguien cercano, que conozca personalmente, y a poder ser con quien trabaje o haya trabajado, así para comentar entre compañeros, ya me entendéis. Pero es que a mí la nueva deriva de la prensa rosa no me llega, me parece vulgar y en general algo así como palomitas para el populacho. Me pongo malo cuando voy en el metro y veo chicas jóvenes con sus libros de la universidad… ¡leyendo el “Cuore”! Vamos, si yo fuera su profesor les diría: “lo siento mucho, señorita, pero tendrá que elegir, o los libros o el Cuore, porque esto es un oxímoron que yo no puedo tolerar…!” Eso claro, si yo fuera un profe de universidad de los de antes, de los que usaban el “usted” y palabras como “oxímoron(que a mi amiga Nieves le gusta tanto, si no sabéis lo que significa, ya sabéis, wikipedia toca). De hecho en aquellos tiempos las revistas de cotilleos tenían una cierta envergadura seudoartística y desde luego mucho más glamour, porque en ellas se podía leer sobre los últimos matrimonios de Elizabeth Taylor o sobre la decadencia de Ava Gardner. Eran gente que había hecho algo para ganarse un pedestal en la gloria. Incluso cuando aparecían imágenes de Carolina de Mónaco y del príncipe Carlos de Inglaterra bailando en una fiesta, al menos te hacían soñar aún con un supuesto romance que nunca llegó de una gente que se suponía inalcanzable. Claro, luego ellos también caerían en la decadencia… Pero es que hoy, si abro una revista de ésas (cosa que no hago a menudo, lo juro por Dickens o por “Mad Men”) lo único que veo son chonis y bakalas que a lo más que han llegado en la vida es a aparecer en un reality. Claro que hoy en día mi espíritu republicano me hace pensar que incluso eso es probablemente más de lo que hayan hecho cualquiera de esos príncipes y princesas (al menos Gracia de Mónaco, en su encarnación anterior, había sido heroína de algunos clásicos del todopoderoso Hitchcock y eso ya la redimía como para engordar de melancolía en un aburrido palacio…). Sin embargo por ahí van los tiros hoy. Porque el otro día, en las páginas de sociedad del periódico (de verdad que era el periódico), vi una imagen que me dejó impactado, consternado, sorprendido, asombrado, anonadado, aterido… No era otra que Carlota Casiraghi, la nietísima de Grace Kelly, saliendo de una fiesta. Os preguntaréis por qué me impactó tanto esa foto… Pues simplemente porque en un primer momento pensé que se trataba de una vieja imagen de su madre, Carolina, de cuando la leía yo en los “Hola!” de los 70… Pero no, se trataba de una imagen actual pero de la hija. ¿Cómo es posible? –pensé sin comprender nada, ¿se tratará de una clon en lugar de una hija natural? Y es que el parecido era tan asombroso, tan perfecto… que me recordó a algunas de mis fantasías distrópicas… Aquellas en las que la madre y la hija son tan idénticas que en la película las interpreta la misma actriz con diferente peinado… Pero es que aquí hasta el peinado era el mismo… ¿Sería una nueva versión de “Fedora”?

“Fedora” (1978) fue una de las últimas películas rodadas por el otro todopoderoso (como soy agnóstico, en realidad puedo tener varios dioses, ¿no?), Billy Wilder.  Bajo el onírico nombre del título se escondía una vieja actriz de Hollywood (papel en un principio pensado para Marlene Dietrich, pero interpretado finalmente por una belleza muy años 70, Marthe Keller) que había vivido retirada en una lujosa isla los últimos 30 años (vamos, algo así como la divina Greta Garbo). El caso es que un antiguo amor suyo, un productor interpretado por el antaño atractivísimo (y bisexual) William Holden, descubre que la vieja gloria en realidad sigue milagrosamente tan joven como siempre, gracias al trabajo de un cirujano plástico, y la convence para que protagonice uno de los más renombrados regresos de la historia del cine. Hasta ahí todo muy futurístico y una auténtica premonición de lo que más tarde pasaría con las grandes estrellas, como Susan Sarandon, que a su paso por Donosti a sus 60 y tantos años, parecía casi más joven que cuando protagonizó “Thelma y Louise” (y desde luego tenía más pecho). Al final de la película se descubre que Fedora es en realidad la hija de su madre (como todo el mundo), es decir, es la hija de la actriz, a la que la vieja ha conseguido volver medio loca transformándola a través de la cirugía en una réplica exacta de lo que ella fue de joven… ¿Será Carlota Casiraghi la nueva Fedora? ¿Tratará de seguir los pasos de su abuela interpretando quizá un remake de “Atrapa a un ladrón” con George Clooney en el lugar del elegante (y bisexual) Cary Grant?
©RM Ese Bilbao que me gusta tanto...
¿Veis como cuando quiero yo también me puedo poner de lo más petardo? Vamos, si a Boris Izaguirre le pagan tanto por decir petardadas, será cuestión de probar suerte… Pero como todavía nadie ha llamado a la puerta de mi blog para publicarlo en un dominical o algo parecido (mi sueño sería ser la nueva Elvira Lindo, que lo mismo te habla de política que de la última famosa con la que se ha cruzado), os comentaré que ya hay quien me ha dicho: “Oye, lo de nuevo en Bilbao ya tendrás que ir cambiándolo, que enseguida hará casi dos años que llegaste…” Pero qué quieres que te diga, Miguel, a mí el título todavía me resulta descriptivo de mi nueva situación. Seguiré siendo nuevo en Bilbao mientras siga sorprendiéndome al mirar a lo alto de los edificios y ver el interior de un salón señorial iluminado por una lámpara de pie (y preguntarme cómo se viviría allí), o al ver los montes al final de una calle, o continuar asombrándome de lo bonita que se ve la ría con sus puentes… Y desde luego, mientras siga encontrando actividades estimulantes en la ciudad… Os cuento lo que he hecho desde mi regreso de Oriente Próximo (no todos los años se pasa uno varios meses tan lejos, así que mejor fardar de ello, aunque mis adeptos ya sepáis que mejor olvidarlo…). Podría resumirlo en dos exposiciones, un concierto y un espectáculo multimedia. Las exposiciones son las dos estrellas de los museos de Bilbao esta temporada. Una es la de Egon Schiele en (¡cómo no!) el Guggenheim. De verdad os lo digo, cuando yo estudiaba Bellas Artes allá por los 80 todos queríamos hacer lo que él había hecho ya a principios del siglo XX. Y es que el señor éste, obsesionado con los enfermos mentales y con las prostitutas, sería hoy mismo de lo más moderno. ¡Si todo lo que nosotros queríamos hacer ya lo había hecho él! Esas líneas que consiguen extraer sensualidad de la anorexia, de la pedofilia, de la sordidez… ¡son casi dibujos de cómic postmoderno! Ya quisieran muchos de los que se las dan de modernos hoy… La otra expo no podía ser otra que la de Botero en el Museo de Bellas Artes. ¡Qué felicidad de volúmenes! ¡Qué alegría de colores! Estos dos artistas son, de hecho, la antagonía pura y dura, porque si al colombiano siempre le adjudican el sanbenito de pintar mujeres gordas (él dice que pinta volúmenes y mujeres sensuales) casi nunca se enfatiza lo suficiente el brillante colorido con el que ilumina sus obras, la alegría de vivir que te entra al ver tanto volumen, tanta carne y tanto colorido… Seguro que a García Márquez le encanta, porque podría ilustrar cualquiera de sus novelas…





El concierto. He de decirlo, acabó con mi espalda. Últimamente reconozco que elijo mucho los conciertos a los que voy porque, de verdad, termino siempre deseando que no hagan un bis porque mi espalda no lo resiste. Y desde que volví de Jordania he estado sufriendo terriblemente (tensiones acumuladas, tirón incluido, lo sé). Así que cuando The Wedding Present anunciaron hacia el final del concierto que eran de esos grupos raros que no hacen bises, casi doy saltos de alegría (suavitos, no vaya a ser que mis lumbares no lo resistan, ¡qué triste hablar de lumbares a mi tierna edad…!). Os paso un link a una de sus canciones:


En realidad no es que sean mi tipo de música favorito, pero fue un regalo que le hice a mi marido por su cumpleaños. Al fin y al cabo fueron uno de los grupos que él escuchaba en los 80 y no quiero que tenga la sensación de que por esta ciudad no pasan grupos interesantes (ya sabéis que es un fanático de la música, particularmente la indie). El caso es que yo pretendía regalarle entradas para ver a Patti Smith, que viene este mes a actuar en el Guggy. Pero estaban agotadísimas… Así que me conformé con un segundo plato. Me hizo gracia que los teloneros (de los que no había oído hablar en mi vida, eran locales) intentaran mantener su aura de rockeros, pero que sólo consiguieran que la gente se animara cuando hicieron una versión de los 80 de Alaska… Si es que el poder de la petardada siempre acaba funcionando. Pincha Alaska o Fangoria en cualquier fiesta y verás cómo todo el mundo se pone a bailar…

Y por último también disfruté hace unos días de una performance multimedia (cuando bromeaba con convertirme en artista multimedia para ver si por fin consigo ganarme un futuro, mi amigo Javi sugirió: “¿Y no sería mejor artista con medias”? Habrá que pensárselo…) que mezclaba danza contemporánea (con desnudos), coros, música, autómatas gigantes, luces y la narración de varios periodistas de guerra, incluido Jon Sistiaga. Claro, iba sobre escenarios de guerra y sobre su sinsentido. Era original y se presentaba en el novísimo y brillantísimo pabellón de los deportes de Miribilla (una de esas otras obras artísticas que inundan la ciudad). Y la verdad que nada mejor pudimos hacer en esa aciaga noche en la que la palabra “tormenta” se quedaba corta para describir la que caía. ¿Se habría pasado esa noche el divino Thor por Bilbao? (me refiero al maridísimo de la Pataky, claro)

Y ya que os he hablado de mi espalda os contaré algo más de mis conclusiones de estos últimos dos meses. Resulta que sí, mi espalda llegó a un punto tan extremo que mi médico de cabecera (sanidad pública, no gratis como nos dicen, sino pagada por todos nosotros) me envió a rehabilitación a Santa Marina, un hospital que hay por aquí en el monte. Y he de decir que no tardaron en darme cita, que me atendieron de maravilla durante las dos semanas que estuve yendo a diario y que me reafirmó en lo que he aprendido durante la estancia de mi madre en el hospital por una operación de rodilla. La rehabilitación a ella le tocó en el hospital de Gorliz, una maravilla de edificio junto al mar que más parece un balneario decimonónico que un centro de rehabilitación. Estuvo allí ingresada durante algo más de una semana y la trataron con profesionalidad y mucho cariño (algo muy importante para gente de esa edad). Cuando íbamos a visitarla, mi tío Juliantxu no hacía más que decir: “Esto no podemos permitir que desaparezca”. Se refería a la sanidad pública, ésa que tanto nos hemos peleado por conseguir durante años y que ahora nos están ya quitando (todo empieza con euro por receta y acaba como ya sabemos…). Si no nos movemos, esto es sólo el principio, hermanos y hermanas… Y ahí acabo, con el mismo cuadro con el que empecé, para que no nos olvidemos de que está muy bien ser petardos de vez en cuando. Pero seamos responsables y luchemos por lo que tenemos… Este mes hay una huelga general, yo creo que debería ser indefinida…


miércoles, 10 de octubre de 2012

Por fin de vuelta

Foto publicada en El País sobre las protestas en Grecia contra Merkel
Ahora sí. Ahora sí que puedo volver a escribir eso de “Bilbao, 2012. Año del fin del mundo”. Porque ya estoy de vuelta en mi tierra, después de uno de los veranos más duros que recuerdo. Lo que decía, ya lo venía vaticinando en este blog desde su principio: esto se acaba, muchachos y muchachas. Los mayas tenían razón. ¿O eran los aztecas? El calendario acaba aquí. La fecha dada es diciembre de 2012. Y la verdad que desde que he vuelto de Oriente Próximo cada vez lo veo más claro. Si allí la primavera árabe todavía colea en muchos de sus países, mientras en Siria la guerra civil es una doliente realidad que deja miles de refugiados cada día en los países vecinos (con los que nadie sabe qué hacer y que se apilan en zonas desérticas), aquí, en plena civilización occidental, el estado de bienestar ya se ha acabado y el mundo, tal y como lo conocíamos, ha llegado a su fin. ¡Y lo que queda por llegar! Mi visión esta vez une las realidades de Grecia, Italia, Portugal y España, es decir, la Europa mediterránea, o más bien lo que ha sido siempre, la Europa pobre, que se ve invadida por protestas callejeras cada vez más violentas mientras sus respectivos gobiernos continúan castigando a la población con nuevos recortes, con nuevas pérdidas de libertades, con nuevas miserias, ajenos por completo al sentir y el pensar de su gente. Pero llegará un día en que en uno de estos países (puede que por una muerte violenta a manos de la policía en una  manifestación, puede que por otro cambio de ley particularmente doliente…) el pueblo se eche a la calle definitivamente y tome el parlamento expulsando a sus políticos del gobierno. Entonces el país de al lado seguirá su ejemplo, y luego el siguiente y el siguiente. Y puede que hasta en algunos de los países ricos se produzca el contagio, quién sabe, en Inglaterra por ejemplo, o en Francia. Y entonces la Merkel y los gobernantes de los demás países ricos, quizá se den por enterados y se den cuenta de que no es posible gobernar de espaldas al pueblo, de que no es posible fustigarlo continuamente sin darle agua de vez en cuando. Y quizá decidan cambiar su estrategia, o quizá les entre el miedo y se vayan por su propio pie. O quizá esperen a que su pueblo, también harto, acuda a las escaleras del parlamento para derrocarlo. Quién sabe. Pero esto se acaba, está claro. ¿Qué vendrá después? Ésa es la gran incógnita. Por lo pronto, y aquí mismito, el gobierno español (al que tantos piden ya que dimita) está esperando a anunciar nuevos recortes (y cómo no, el consabido rescate con todo lo que conlleva) a que pasen las elecciones en Euskadi y Galicia, para no perder aún más votos de los que ya les vaticinan todas las encuestas (ésas que según qué periódicos las publiquen, se inclinan más hacia un lado o hacia otro, como todo en este país de pandereta).

Pero no os echéis las manos a las cabezas (las varias que tenemos cada uno en estos tiempos de multitasking), al fin y al cabo si realmente algo no funciona siempre será mejor intentar cambiarlo. Y está claro que estos políticos (no solamente los españoles, la crisis no la iniciaron ellos, aunque contribuyeran y mucho) no han hecho más que llevarnos a la ruina mientras ellos se enriquecen. Así que ha llegado el momento de que dejen de gobernarnos. Quizá parezca una utopía, pero a lo largo de la historia ya ha ocurrido en múltiples ocasiones, sin ir más lejos ahí queda la Revolución Francesa, o el poder pacifista de Gandhi o la ya mencionada primavera árabe. Francia nunca volvió a ser la misma (aunque hayan llegado a un punto muy parecido al nuestro, allí al menos van a grabar las grandes fortunas con más impuestos…). Las primaveras árabes aún están por mostrar sus efectos a largo plazo. Y en cuanto a Gandhi… No sé yo si hoy en día funcionaría. Muchos se preguntarán “¿qué va a pasar con mi trabajo? ¿Qué va a pasar con mi casa?”... Pues vaya usted a saber. Si por lo menos tenéis una casa o un trabajo por el que preocuparos es que no estáis tan mal… Pero hay muchos, cada día más, que no pueden decir lo mismo, que se agolpan los lunes al sol en las colas del INEM o de LANBIDE, o que esperan con incertidumbre a que unos desalmados del banco lleguen a echarles de sus viviendas. Lo que está claro es que lo que no podemos hacer es quedarnos en casa calladitos, como quiere nuestro señor presidente (fumándose un puro). Eso ya pasó a la historia. Y por mucho que él se dirija a su pueblo como si fuera el mismo que agachaba la cabeza bajo el yugo franquista, no se da cuenta de que ese pueblo ha evolucionado mucho, se ha educado y se ha culturizado, está conectado y tiene muchas formas de saber lo que pasa en realidad y de asociarse y reunirse, independientemente de cuánto hayan manipulado las informaciones institucionales desde sus canales de televisión (la mayoría públicos, pagados por todos nosotros) o sus periódicos. Es un pueblo que sabe leer y pensar por sí mismo (aunque viendo las audiencias de Sálvame uno hay veces que lo duda). Y que sabe decir: “Santo Pedraz, qué razón tienes en cuanto a la decadencia de la clase política…”

©RM Un desfiladero te lleva a la ciudad escondida de Petra





Esto es lo que me he encontrado a mi regreso de Jordania, tras un verano que me gustaría borrar de mi memoria. No voy a entrar en detalles. Sólo os contaré que un par de semanas después de mi vuelta soñé con mi amigo Iñaki. Iñaki murió de SIDA en los años 90 y era una de las personas más cariñosas y luchadoras que he conocido, un auténtico amigo de sus amigos. La última vez que lo vi, en el hospital, cuando físicamente era ya una sombra de lo que había sido, aún mantenía la chispa en los ojos y en la sonrisa. Le hizo mucha ilusión que fuéramos a verle y me dijo algo que nunca he olvidado: “los amigos son como un jardín, lo tienes que regar todos los días un poco porque si no se marchita”.  Quizá por eso soñé con él hace poco, porque necesitaba que alguien me lo recordase, para no caer en lo fácil y pensar que el jardín se pudre en cualquier momento y que no ha merecido la pena. De todas formas, hasta de la peor experiencia se puede sacar algo positivo. Y el conocer una cultura como la palestina, es algo que nunca olvidaré. Como tampoco olvidaré el haber paseado por los caminos llenos de polvo del desierto de Petra, esa misteriosa ciudad que debió de ser increíblemente exuberante en su momento álgido. Os prometí que os la relataría y aquí está: “Petra, una ciudad mágica”. El misterio empieza incluso desde el momento de la entrada. Porque al estar rodeada de montañas de roca, a su interior se accede a través de un irreal desfiladero, por un camino estrecho rodeado de rocas gigantes por el que hace ya cientos de años transitaron mercaderes de todo el mundo montados en caballos y camellos, transportando sus mercancías a la luz de faroles encendidos con aceite… Más de un kilómetro por este camino te lleva a la primera sorpresa: un espectacular templo labrado en la roca y conservado a base de calor. No se puede acceder a su interior, pero da igual, ahí queda su fachada. Y a partir de ahí ya no paras, se abre toda una ciudad cavada en colinas de rocas 
©RM El camino a Petra iluminado por farolillos mágicos 

©RM Petra 
por donde transitaron las mejores sedas e inciensos de su época (no pude evitar imaginarme al guapo Marco Polo de aquella serie de televisión de los primeros 80, montado en camello, llegando a esta ciudad sacada de “Las 1001 noches”). Creo que un río atravesaba este escondido valle y lo convertía en un vergel vibrante de actividad, muy diferente al centro turístico que es hoy, en mitad de un desierto, con sólo unos cuantos mercaderes que viven de vender souvenirs sin demasiado interés a turistas que ya no se dejan asombrar por falsos brillos. Parece que viven allí mismo, dentro de las paredes y las cuevas, (a veces en improvisadas tiendas de campaña, sin agua ni ninguna comodidad) esperando día tras día la llegada de algún nuevo turista que les dé unos dinares. Había una niña particularmente lista con la que nos encontramos al principio y al final del día. Tenía unos ojos enormes, llenos de vida, grandes y almendrados, que miraban con soltura y descaro. Se acordaba de ti y te recordaba lo que habíais hablado anteriormente, se comunicaba en un inglés aceptable y sabía regatear. En cualquier otro sitio saldría adelante sin problemas. Allí, la verdad, no sé lo que será de ella. La ruta sigue y la visita se convierte en algo realmente impresionante cuando, tras una subida de casi una hora por un angosto camino que te lleva a la cima de una de las montañas de roca, llegas al último templo. “El templo”, magnífico, gigantesco, sin sentido(su interior es casi diminuto comparado con el exterior).  Allí se rodó una de las películas de Indiana Jones, creo que la tercera. Me imaginaba a los actores y al equipo siendo trasladados todos los días hasta allí en helicóptero, porque no me los puedo imaginar, ni siquiera al estupendo (entonces)  Ford (uno de mis iconos de adolescencia, esa sonrisa de medio lado de Han Solo, ese hoyuelo…) ni al ya maduro Sean Connery, durmiendo en tiendas de campaña en lo alto de la montaña. Aquí quedan algunas de las fotos que os prometí, como prueba de tanta maravilla.

©RM El auténtico templo de Indiana Jones
 
Tras el accidentado verano, la vuelta tampoco fue fácil. Al de poco de llegar, una amiga del instituto me llamó para comunicarme que un compañero nuestro había muerto. De cáncer. Sabíamos que tenía metástasis, pero le habíamos visto poco antes de mi viaje y, aunque dañado físicamente, conservaba su espíritu luchador y una actitud muy positiva. Lo mismo que su mujer. Hacía poco que habían adoptado un niño y tenían mucho por lo que pelear. No le sirvió de mucho, sólo aguantó un año desde que le dijeron que tenía metástasis. Es duro tener que decir adiós a gente que ha estudiado contigo, a la que conociste siendo casi un niño… Me acuerdo hace unos años, cuando planeaba mi primer documental (organicé una reunión de toda mi promoción del instituto, en el mismo edificio, para celebrar que hacía 20 años que habíamos acabado nuestros estudios allí) y trataba de que mis compañeros de promoción se confesaran delante de la cámara para contar su trayectoria vital desde que habíamos saltado a la vida con 18 añitos. A él no lo había visto probablemente desde entonces, pero en cuanto le conté mi idea por teléfono me dijo inmediatamente que sí, que confiaba en mí y en lo que hiciera con ese material. Me sorprendió cómo el vínculo que habíamos creado de adolescentes seguía vigente después de tantos años sin vernos, cómo la confianza sobrevivía al paso del tiempo. Ahí me demostró que él también era de los que creía en los jardines bien regados. Hay más gente cercana a mí que en estos momentos están luchando contra el cáncer. ¿Quién no tiene o ha tenido a alguien? Esta batalla me hace pensar siempre si en algún momento declararán esta enfermedad como epidemia. Sí, ya sé que no se contagia, pero al final se lleva en los genes, ¿no? ¿Y qué estamos haciendo tan mal para que se haya extendido tanto? ¿Será nuestra forma de vivir, será que nos están envenenando las grandes compañías a las que nadie se atreve a investigar, será un poco de todo esto?

Y para dejaros con un sabor más animoso en la boca (sí, ya sé, me ha salido una entrada bastante oscura, será reflejo de mi estado de ánimo últimamente), os voy a contar un último episodio de mi estancia en Palestina, porque siempre hay luces entre las sombras. Para ello os tendréis que conectar con el link de la última canción de la estupendísima Adele, que será banda sonora de James Bond:

No sé si os acordaréis de que durante el rodaje nos alojábamos en el hostal de la granny, esa abuelita que se empeñaba en que comiéramos más huevos antes de irnos a trabajar cada mañana. Bueno, pues cuando ya llevábamos unos días allí y habíamos descubierto que había una terraza en la parte de arriba del edificio donde se podía cenar (lo que nosotros lleváramos, claro, generalmente humus, raciones de queso frito, paté de berenjenas para untar…). Bueno, pues en una de estas improvisadas cenas en las que nos reuníamos todo el equipo, agotados tras otra larga jornada de rodaje, apareció un personaje misterioso. Era así como fuertote, de ojos claros y mirada turbia, vestía siempre con una camisa verde militar y decía que era americano (aunque su acento nos hacía dudar). Desde el primer momento mostró mucho interés en lo que hacíamos, pero nosotros le evitábamos. Principalmente porque algunos (o sea, yo) estábamos obsesionados con que el Mossad (servicio de inteligencia israelí) nos estaría ya investigando y seguro, pero vamos, segurísimo, que nos iba a poner un espía. O sea, que íbamos a tener nuestra propia versión, en israelí, de James Bond (de nuevo Sean Connery, encima no nos iba a caer el blando de Roger Moore). Así que claro, enseguida le adjudicamos el pape al recién llegado. Lo más sospechoso era que, nos levantáramos a la hora que nos levantáramos (y en un rodaje de esas características esto varía mucho de un día a otro), él siempre estaba allí para desayunar con nosotros. Una noche en la que nuestro técnico de sonido se encontró a solas con él en la terraza, le acabó contando todo lo que hacíamos (me imagino que motivado por ciertos fumeteos) y allí ya, nuestro agente secreto vio la oportunidad para empezar a preguntarnos por el documental cada mañana, que quién lo financiaba, que si habíamos hablado con algún representante del gobierno israelí… Claro, nosotros nos salíamos por los cerros de Úbeda y en cuanto podíamos pasábamos a hablar en castellano (la mitad del equipo éramos de aquí). El caso es que nuestro agente secreto se convirtió en parte de nuestras bromas diarias durante el rodaje y un día se me ocurrió testarle para saber si también hablaba español. Así que a la siguiente mañana, cuando me lo volví a encontrar en la mesa del desayuno (rodeados de huevos), en cuanto bajaron mis colegas me puse a soltar una perorata absurda en castellano, a una velocidad que ni el que leía las instrucciones a las viejas de “Aquí no hay quién viva”… Era algo así como: “Esta mañana me he levantado muy pronto y he visto a la abuela recogiendo huevos en una cesta, mientras bailaba un aurresku y tocaba el txistu cantando una sardana…” Mi colega, el dire de foto, se me quedó mirando como si me hubiese vuelto loco, pero al segundo siguiente respondió con la mayor naturalidad del mundo: “No sé, no la veo yo a la granny como para bailar muchos aurreskus…” El agente secreto (que lo era) simplemente continuó mirándonos con esos ojos turbios y una cierta sonrisa… A la mañana siguiente había desaparecido sin dejar rastro. ¿Acabaría en una de las cuevas excavadas en Petra?

©RM Al entrar en Petra te encuentras con esto...
©RM Las estancias excavadas en la roca
  
















Y para acabar, en estos tiempos en los que la cultura parece que ya no le importa a nadie (desde luego no a los mandatarios), os dejo este link y os recomiendo que lo disfrutéis en pantalla completa. ¿Es necesaria la cultura? ¿Es imprescindible la belleza? Vosotros diréis.












domingo, 12 de agosto de 2012

No sin mi pasaporte


©RM
Una estrella en Ammán
Me queda menos de una semana en el Cercano Oriente. Y la verdad que no puedo esperar para llegar y besar suelo bilbaíno. Así, como el papa (con minúsculas, como se merece). Y eso que en la última semana he visto algunos de los sitios que hacen que merezca la pena visitar este país. Recordaréis que hacía casi dos meses que no veía a mi marido y que venía a visitarme. Desde luego fue un feliz encuentro. Nos fuimos a Petra, uno de esos enclaves que debería ser considerado como una de las maravillas del mundo, realmente impresionante. No os puedo deleitar con las fotos que sacamos porque se están revelando… (¿Recordáis cuando volvíamos de las vacaciones y teníamos que esperar una o dos semanas a tener las fotos reveladas? ¡Cómo progresamos en algunas cosas…! Y mientras, alah, venga a perder derechos civiles…) En realidad la cámara acabó en la maleta de mi marido cuando se volvió a Inglaterra, así que tendréis que esperar a mi regreso para poder verlas en mi próxima entrega. Sólo os puedo decir que es para quedarse con la
©RM
La Ciudadela de Ammán
boca abierta. Igual que lo es la experiencia de conducir por las carreteras de Jordania, sobre todo por la ciudad o intentando entrar y salir de ella. Tienes que usar todos los sentidos para evitar un accidente. Aquí la gente conduce mientras habla incesantemente por el móvil o incluso contesta sms o comprueba su email. A ello se une una idea generalizada de que las señales de tráfico son orientativas, los intermitentes son aleatorios (da igual para la derecha que para la izquierda) a la vez que voluntarios (los usas… si te da la gana), es lícito cambiar de carril en cualquier momento, en las rotondas puede más el que más empuja y los peatones pueden lanzarse a la carretera en cualquier punto porque no hay pasos de cebra y las aceras se acaban cuando se acaban (o son interrumpidas por arbustos y matorrales). Vamos, que esto se convierte en una carrera de obstáculos más que en un caos circulatorio. Nos vimos en situaciones tan surrealistas como tratar de avanzar en un atasco en el que a la vez que un camión se te echa encima porque viene marcha atrás desde un aparcamiento sin señalizar, otro coche sale de repente sin mirar a los lados porque el conductor va leyendo su móvil y el de más adelante decide abrir su puerta de golpe frente a ti… A todo esto varios peatones se abalanzan casi encima de tu coche y tú te sientes como el protagonista de un videojuego macabro… En fin, no recomendable, sobre todo sin GPS en un país en el que la mayoría de las señales nunca las entenderás porque están en árabe y donde nadie conoce los nombres de las calles. Ni los taxistas. Así y todo fue un descanso de las tensiones del montaje. Eso sí, en ningún momento dejé de llevar el pasaporte en el bolsillo, sentirlo allí me da una sensación de seguridad. Y antes de explicaros el porqué os voy a dejar la banda sonora de esta entrada. Se trata de un tema de Moby que, sorprendentemente, a mí siempre me ha dado mucha marcha:

 
Desde que llegué a Oriente Próximo el pasaporte se ha convertido en mi posesión más preciada. Me explico. Las primeras semanas que pasé en los territorios ocupados de Palestina, me acostumbré a la idea de que (como ya os he contado) varias veces al día tenías que pasar por un checkpoint (os adjunto una foto para que veáis lo mucho que se
©RM
Checkpoint de carretera
parecen a los peajes de autopista, aunque luego los hay mucho más cutres cuando están hechos para peatones y se llenan de colas por la mañaa de la gente que intenta ir a trabajar al otro lado de su propia tierra…) lo que suponía tener siempre el pasaporte a mano, pues era nuestra única manera de que nos dejasen en paz. Durante los días del rodaje, siempre antes de dejar el hostal de la “granny” y mientras ella salía a la puerta a ofrecernos aún más huevos para el desayuno, nosotros nos preguntábamos unos a otro: “¿Llevas el pasaporte?” Y aunque todos sabíamos con certeza que estaba en nuestros bolsillos, así y todo comprobábamos que sí, que era cierto, que nadie nos lo había robado a lo largo de la noche y que no se nos había caído debajo de la cama mientras nos vestíamos. Porque no había nada que nos preocupara más que llegar al jodido checkpoint y tener el pasaporte en la boca cuando el antipático soldadito (o soldadita) de turno nos pidiera con acento parecido al francés (no me preguntéis por qué):
©RM
Soldaditas en entrenamiento
“Paggssport?” En este punto habría que aclarar que viajábamos en un 4x4 con matrícula diplomática jordana, con lo cual por lo general no nos daban muchos problemas. Los pasaportes españoles eran nuestro segundo salvoconducto. Pero es que, aparte de los tres bilbaínos que encabezábamos el equipo, el técnico de sonido y el coproductor eran palestinos (con pasaporte israelí pero con restricciones, ya os expliqué lo complicado que era todo). Si la que conducía era Raquel (rubia y con ojos azules) generalmente no nos pedían mucho más. Si el que conducía era Ossama (moreno, con barba y ojos oscuros), a pesar de su aspecto de español, en cuanto abría la boca se daban cuenta de que hablaba hebreo con acento palestino (o sea, árabe). Y ahí sí, empezaban las preguntas: que qué hacía con los españoles, que de dónde veníamos, que adónde íbamos… Claro que a todo esto, Ossama, muy acostumbrado a lidiar con estos tragos desde su más tierna infancia, se hacía pasar por el estereotipo que los israelíes tienen de los palestinos, o sea, que son tontos. Así que a la pregunta de “qué hacía con nosotros” respondía con un “ganándome la vida”. A “de dónde venís”, con un abstracto “de por ahí…” Y a “adónde vais”, respondía lacónicamente con un “hacia allá”, haciendo gestos de lejanía con obtusa dejadez. Vamos, como que fuera idiota. A todo esto tenéis que recordar que el
©RM
Y los soldaditos en todas partes...
capó del coche iba lleno hasta arriba de material de cámaras, luces, sonido, etc., debidamente cubierto para que no se viera a primera vista. Si decidían abrirnos el coche, podíamos pasar horas intentando explicar qué hacíamos con todo aquello, particularmente cuando nosotros tres teníamos visado de turistas y no podíamos trabajar en el país (ocupante). Y evidentemente tampoco podíamos contarles a los soldaditos (y soldaditas) israelíes, que estábamos rodando un documental sobre los maltratos del ejército israelí a los niños palestinos… Me da la impresión de que no hubiéramos salido muy bien parados. Así que toda nuestra obsesión era que no nos parasen en los checkpoints. Y claro, para pasar por turistas españoles nada mejor que poner flamenquito a tope en el coche… No estaba mal el ardid y nos sirvió. O al menos hasta el último día.
©RM
Mercado en zona israelí

Habíamos pasado ya diez días de rodaje, de madrugones, de aguantar grabaciones al sol, de escuchar historias auténticamente lacerantes de pérdida de derechos humanos (todo llegará, sólo hay que darle más cuerda a Rajoy…), de comer muchos huevos en el desayuno, de ser recibidos por la amabilidad palestina y de pasar muchos checkpoints diarios, con la antipatía que parece caracterizar a los israelíes, esperando que no nos abrieran el portaequipajes… Y la verdad que tuvimos bastante suerte (dicen que en los últimos tiempos están muy tranquilos, hace dos o tres años esto no hubiera sido tan fácil), hasta el último día de rodaje. Nos habíamos levantado muy pronto porque la primera entrevista la teníamos muy temprano y habíamos tenido un día completo en el que nos recorrimos las tierras palestinas de arriba abajo, sólo parando escuetamente para comer. Todo había salido sobre ruedas, más o menos (tan sobre ruedas como una producción de bajo presupuesto con el tiempo ajustadísimo puede salir). Eran las 8 de la tarde y nos dirigíamos hacia nuestra última entrevista en Jerusalén. La cita era a las 9 e íbamos bastante bien de tiempo. Pero al llegar al checkpoint vimos que ya habían parado a una de nuestras anteriores entrevistadas (representante de la Unión Europea). Así que cuando nos pararon a nosotros hicimos como que no conocíamos a los del coche de delante. Pero esta vez sí que nos pararon. Trajeron perros y nos pidieron que vaciáramos el coche. Todos fingiendo infinita tranquilidad fuimos llevando el aparatoso equipaje hasta el detector de metales. Claro, os podéis imaginar, cables, cámaras, micrófonos, pértigas, focos, adaptadores de todo tipo, vamos, lo que cualquier turista lleva habitualmente en el capó de su coche. Nos trataron con cierta amabilidad teniendo en cuenta lo que podía haber sido aquello. Tardamos lo suyo, pero no nos cosieron a preguntas como temíamos. Quizá fue porque Carlos, el dire de foto, no calló ni un solo momento, hablando de fútbol con el soldadito que nos estaba registrando el material. En este punto he de aclarar que desde mi llegada me sorprendió la obsesión palestina e israelí por los dos equipos estrella españoles, el Real Madrid y el Barça. Todo el mundo te preguntaba a cuál pertenecías en cuanto sabían que eras español. Y claro, yo la verdad, con lo inclinado al fútbol que soy, no podía especificar que mi favorito es Beckham, pero no precisamente por su habilidad con la pelota (en singular, ¿eh?).
©RM
Incluso entre israelíes hay buenos mozos...
Total, que salimos de allí con tiempo suficiente para llegar a nuestra última entrevista, la que clausuraría el rodaje. Lo que no nos podíamos imaginar es lo que nos contó el técnico de sonido. Parece ser que para aliviar las tensiones y el cansancio del rodaje, siempre llevaba consigo una china de costo. Pero claro, bajo la ley israelí te puedes pasar una buena temporada a la sombra sólo por ese pequeño detalle. Así que en cuanto vio que se acercaban los perros, no dudó un instante y se la tragó. A todo esto, nadie nos habíamos percatado de esta línea secundaria de la trama mientras ocurría. Pero el ataque de risa dentro del coche fue general. Sobre todo porque aún teníamos una última entrevista que hacer y, como os podéis imaginar, el sonido en una entrevista es “ligeramente” importante. Os lo creáis o no, todo fue como la seda. La periodista a la que entrevistábamos era española, muy maja, y vivía en una casita muy mona en el centro de Jerusalén (en un barrio que hace décadas también fue robado a los palestinos, claro). Y aparte de un momento de la entrevista en el que comentó: “Perdona, pero ¿la pértiga del micro no debería estar dirigida a mí en vez de hacia la puerta…?” Todo lo demás fue muy bien. ¡Y la entrevista se oye incluso mejor que las otras…! Parece que el sistema digestivo de nuestro técnico de sonido estaba más que acostumbrado a sustancias ilícitas… ¡Bendito!
 
©RM
Guardia en la Ciudadela de Ammán
Y hasta aquí han llegado mis andanzas en el Próximo Oriente. En estos momentos me encuentro en mi querido Books Café (por casualidad parte del montaje lo hacemos en la Royal Film Commission, que se encuentra justo enfrente), que sigue siendo uno de los únicos sitios donde comer algo antes de las 8 de la tarde. Recordad que aquí aún es Ramadán. A mí me quedan sólo seis días en Jordania y ya me parecen demasiados. No puedo decir que lo echaré de menos porque cada uno está hecho para una tierra. Y la mía es claramente verde, tiene montes y está cerca de la playa. Aunque llueva. Y aunque nos miremos demasiado el ombligo. Así que aviso, llego el día que empieza la Aste Nagusia en Bilbao. Marijaia, prepárate, que tengo muchas ganas de ti…

domingo, 8 de julio de 2012

Lejos de la tierra



 ©RM
Dos jordanos muy naturales... Todos no son así
Hoy no puedo decir eso de “Bilbao 2012, año del fin del mundo”. Simplemente porque no estoy en Bilbao. Llevo casi un mes fuera de mi tierra y ya echo de menos la lluvia. O sea, el verde. El caso es que aún me queda más de mes y medio hasta que pueda volver y, sinceramente, ni siquiera sé si para entonces seguirá existiendo ese país. O al menos, tal y como lo conocía, tal y como lo hemos conocido todos hasta hace poco. Por lo que veo cada vez que abro internet y porque llega la temporada de vacaciones (ésa que a nuestros políticos tanto les gusta usar para tomar las decisiones más polémicas sin que nadie se dé cuenta porque todo el mundo está al lado de la piscina con una cervecita en la mano…) me temo que el Apocalipsis, así, en negrita, o sea, el fin de la sociedad de bienestar, ya ha llegado. Y no nos engañemos, o mucho vamos a tener que pelear por ella, o ya le podemos dar nuestras honras más fúnebres.

Pero como hoy no quiero hablar ni de política ni de religión (que luego ya sabemos cómo
Annie B Sweet es española...
me pongo…) lo mejor será que me centre en explicar dónde estoy, cómo he llegado aquí y por qué. Os voy a llevar en una road movie que sólo puede ir acompañada por la música de
Annie B Sweet. Relajaros en vuestro asiento de ordenador, conectaros con el siguiente link y… “ajústense los cinturones, señoras y señores, porque se aproxima tormenta” (Bette Davis en “Eva al desnudo”)


 ©RM
Luna árabe sobre Jordania

Empiezo a escribir esta historia desde… ¡¡un centro comercial!! Y cualquiera que me conozca mínimamente se preguntará “¿pero qué hace éste en un centro comercial, si no los soporta?” Pues la verdad es que, a las tres del mediodía, en Ammán, la capital de Jordania, no hay mucho más que puedas hacer. A no ser que quieras volver a dormitar en tu sofá hasta que lleguen las 7, hora en la que todo el mundo se echa a la calle porque el sol ya ha bajado y la brisa hace que el aire se respire con agrado. Incluso algunas noches te tienes que poner algo encima (sí, venga, lo digo, una rebequita…). Vamos, casi casi como si estuvieras en Bilbao. ¿Que qué hago en Ammán? Es una larga historia. Todo empezó cuando mi amiga Raquel me propuso hace ya bastante tiempo, llevar a cabo un proyecto que ella trataba de sacar adelante y que por fin estaba tomando forma. Pero igual hay que alejarse un poco más en el tiempo para entender realmente todo esto. Así que venga, ¡flashback!: mi primer año de carrera, en Bellas Artes; la novia de uno de mis mejores amigos de clase me presenta a una chica que venía de familia de brujas. Sí, así como suena, de brujas, de las que leen el porvenir. Su abuela, su madre y también ella, habían nacido con esa capacidad: podían leer el futuro en las líneas de la mano. Y eso que no eran gitanas. Aquella chica, a la que nunca jamás volví a ver, me contó un par de cosas bastante creíbles que no se me han olvidado. Primero me dijo (o me predijo) que mi vida sentimental iba a ser muy complicada (y vaya si lo fue) y que no sería hasta una edad más o menos madura que conocería a la persona con la que iba a compartir mi vida (llevo ya más de 14 años con mi marido, con el que este mes celebraré -a distancia- cinco años de casados, eso claro, si el Tribunal Constitucional y Mariano Rajoy no nos descasan antes). La otra cosa que me dijo y que nunca se me olvidó fue que iba a elegir un trabajo que me llevaría a recorrer mundo. Y al poco de volver de Londres e instalarme en Madrid, empecé a trabajar en “Nosolomusica” y la verdad que desde entonces no he parado de viajar. De San Francisco a Moscú, de Budapest a la República Dominicana, de Washington a Estocolmo… Pero lo que nunca pensé es que acabaría pasando más de dos meses en Oriente Próximo

 ©RM
Jerusalén, foco de conflicto
Esta aventura empezó a mediados del mes pasado, más concretamente el 12 de junio. El mismo día que acabé el curso de inglés que he estado dando a un grupo de simpáticas dependientas a través de una empresa de formación, volví a casa, conseguí cerrar mi maleta sin tener que sentarme encima (cosa que mi amiga Mª Mar tuvo que hacer un par de veces para ayudarme cuando me iba a Londres) y llegar a tiempo de coger el autobús a Madrid (viaje que me conozco de memoria sobre todo tras la cantidad de veces que lo hice el año pasado, cuando me trasladé a Bilbao pero mi marido seguía en la capi). Me recibió mi querida Lourdes y nos fuimos a tomar unas cañas, como hacíamos siempre cuando aún vivía allí. En la terraza, o más bien la calle, de “La Escondía”, con Lidia. Como en los “ya” viejos tiempos de Madrid (al final todo acaba convirtiéndose en eso, en viejos tiempos). Con ellas compartí mis temores de lo que pasaría al día siguiente, cuando tuviera que entrar en Israel por la puerta grande. O sea, por el aeropuerto. (Perdón, tengo que contarlo, acaba de sentarse en la mesa de al lado mío una chica muy joven con burka negro y gafas de ver. Os parecerá una tontería pero es la primera que veo desde que estoy aquí que cumple todas esas características) ¿Dónde estaba? ¡Ah, intentando entrar en Israel. Os parecerá una tontería, pero no es moco de pavo. Depende de quién te toque en la aduana, te puede tocar todo lo que quiera, incluidas las narices. El caso es que yo volaba con Iberia (o eso creía), lo que me daba cierta tranquilidad. Pero nada más llegar a la T4 (tras pagar los 4 euros que la Espe ha impuesto para el metro al aeropuerto y por cuyas protestas ya ha detenido a varias personas tratándolas “supuestamente” casi como a terroristas) me encontré con que no, con que Iberia simplemente ponía el nombre al vuelo pero realmente viajábamos con una línea israelí. Y allí empezaron las molestias. Antes incluso de facturar, aún en suelo español, tuve que pasar el interrogatorio de una simpática rubia que se parecía bastante a Ms Piggy, pero
Cómo se parecía la agente de aduanas...
era mucho más tonta que la agradable cerdita. Tras preguntarme repetidamente lo que iba a hacer a Israel, con quién y por qué (gran táctica para potenciar el turismo en el país), con cara de no creerse una mierda de lo que yo le respondía, empezó a darle vueltas a mi pasaporte. Y venga a mirarme y a murmurar algo entre dientes. La verdad es que yo ya no me parezco nada a la foto del pasaporte, que tiene más de cinco años, y en la que aparezco con el pelo oscuro, más o menos largo-borroka y con perilla. Unos días antes de coger el vuelo se me ocurrió afeitarme la cabeza y no sé qué brillaba más si mis sienes, mis miedos o las canas cortadas al 1. El caso es que finalmente la cerdita Peggy me dijo que había algo erróneo, que era demasiado joven para la fecha de nacimiento que aparecía en mi pasaporte… No me lo podía creer, cuando ya me acerco más a los 50 que a los 40, con la cantidad de canas que peino, aún alguien me dice eso… “¿Y es un problema?”-le dije, “pues a mí me has alegrado el día”. A la cerdita le debió de parecer divertido y me dejó pasar, no sin antes ponerme una calificación en el pasaporte, que ciertamente no se correspondía con “limpio de toda sospecha”, por lo que comprobaría después. Ah, también me preguntó, claro, si alguien me había dado algo para llevar a mis amigos de Jordania, porque no sería la primera vez que algo así pasaba. “¿Y sabes lo que había en el paquete que les habían dado?” –me dice la cerdita con los ojos abiertos por la incredulidad: “¡Una bomba!” Y yo abro los ojos aún más que ella, fingiendo estar patidifuso por la sorpresa, y exclamo: “¡Oh, no! ¿De verdad? ¿Pero cómo es posible?” Ella se queda contenta de haberme sorprendido tanto y me deja pasar. Y yo me voy hacia la puerta de embarque pensando “si esto ha sido antes de montar en el avión, no me quiero imaginar cómo será al llegar allí”.

 ©RM
Mercado de Jerusalén
Quizá os preguntéis por qué me preocupaba tanto la llegada y el interrogatorio. Bueno, principalmente porque el proyecto en el que iba a trabajar era una denuncia de las prácticas abusivas del gobierno israelí sobre los niños palestinos. Y aunque no llevaba nada en mi equipaje ni en mi persona que me delatara, y pensaba entrar como turista, la culpabilidad se lleva en el rostro. Y a mí nunca se me ha dado bien mentir. Además, había leído ya lo suficiente sobre la insistencia de las fronteras israelís como para no apetecerme demasiado el asunto. Sobre todo porque ni siquiera podía decir a qué hotel iba, porque la ONG para la que trabajábamos no había sido capaz de confirmárnoslo. Y es que educarse en un colegio de salesianos dictadores y caprichosos deja huella en el carácter de uno cuando se trata que enfrentarse a la autoridad... Y al fin y al cabo, eran los israelís los que debían dejarme entrar en su país militarizado. Lo más que podía pasar era que me deportaran. Hasta ese momento de mi vida, nunca me habían deportado. ¿Qué se sentiría?