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sábado, 2 de julio de 2016

El orgullo gay y… mi padre


Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Este 28 de junio fue la quinta marcha del Orgullo Gay a la que he asistido en Bilbao y probablemente la número veintitantos en toda mi vida. También ha sido la primera en la que tuve que oír cómo nos llamaban “maricones”. 

Algo muy raro está ocurriendo con las celebraciones del orgullo en Bilbao. Desde el año pasado no hay una sino dos celebraciones paralelas y descoordinadas. Y eso en una ciudad en la que muchos de los miembros de la comunidad gay todavía no quieren ser reconocidos públicamente como tales. O sea, que no les importa ir a los bares más o menos “de ambiente” pero no se les verá ni muertos en la marcha reivindicativa del día 28. Es lo que tienen las ciudades pequeñas, que al final todo el mundo te identifica. Por eso me resulta tan raro lo que está pasando. Ahora resulta que los comerciantes y bares del Casco Viejo celebran lo que han venido en llamar “Pride”: cuatro días en los que engalanan las calles, tiendas, bares y restaurantes de banderas del arco iris. Es bueno para la visibilidad, es bueno para el negocio. Hasta ahí nada que objetar. Pero es que no se molestan ni en coordinarse con las asociaciones que históricamente han organizado la marcha del orgullo durante los últimos… 40 años (desde tiempos en los que realmente se insultaba a los asistentes). Hasta el punto que este año ni siquiera han tenido la decencia de incluir el día 28 en sus festejos (Día Internacional del OrgulloGay, así celebrado en la parte del mundo en que se permite) y en algunos periódicos hemos tenido que leer que este era el “segundo año que se celebra el orgullo gay en Bilbao”. ¿Perdón? ¿Periodismo de investigación, por favor?


La primera vez que fui a una marcha del orgullo fue en los primeros 90, cuando vivía en Londres. Ya nunca pude rehabilitarme de la adicción al buen rollo, al amor y a la celebración que rodea a ese evento. El resto de años que pasé en aquella ciudad no me perdí una. Empezábamos la mañana siempre reuniéndonos en casa con un desayuno que incluía champán y croissants. Luego venía la marcha y después la celebración en un parque público con picnics, conciertos y muchas ganas de fiesta. Por ahí pasaron Jimmy Somerville, Pet Shop Boys, Boy GeorgeIncluso cuando privatizaron la celebración en el parque y los más políticos nos negamos a pagar para entrar en algo que considerábamos como nuestro, aún seguí yendo a la marcha.

El primer verano de mi vuelta a España me la perdí porque mi padre murió ese mismo día. Sí, un 28 de junio. ¡Qué simbólico! Mi aita, un obrero sin educación secundaria que cuando salí del armario me abrazó y me dijo que yo siempre seguiría siendo su hijo y que me iba a querer igual… Seguro que si le hubiera llevado a una celebración del orgullo le hubiera encantado, con lo que le gustaba la fiesta. Desde entonces todos los años el día 28 tiene para mí un cierto toque de tristeza. Pero sigo yendo a la marcha.

Ya instalado en Madrid fui testigo de la evolución de las celebraciones allí durante los primeros años del siglo XXI. De ser 100.000 el primer año que yo fui pasamos en seguida al medio millón para sobrepasar el millón en años siguientes. Así se convirtió en la fiesta de la capital que más asistentes reúne. Es verdad que se puede hablar ya incluso de masificación y de morir de éxito, pero algo es seguro: la fiesta y el buen rollo siguen garantizados. No hay un día en todo el año en Madrid con más marcha que ese.

En el año 2000 estuve en la marcha del orgullo de Roma, porque se celebraba allí el Europride (la capitalidad de las celebraciones del orgullo en Europa) y yo lo estaba cubriendo para “Nosolomusica”. Fue un día asfixiante de calor, con una combinación perfecta de celebración y reivindicación, carrozas, disfraces, pancartas y de nuevo, el buen rollo garantizado, desembocó en el Coliseo Romano. ¿Qué más se puede pedir? Por la noche Grace Jones, Marc Almond y Geri Haliwell amenizaron la fiesta. Impresionante.


A mi regreso a Bilbao volvieron las marchas clásicas, reivindicativas, sí, pero sobrias (muy de Bilbao), podría decir que incluso secas, sin carrozas, sin disfraces (sólo puntuales), sin gritos, sin música (a excepción de la batukada del grupo de lesbianas que siempre nos ameniza la marcha, ¿qué sería de nosotros sin ellas?). Pero al menos sientes que estás haciendo acto de presencia, que te reencuentras con viejos amigos y vas tranquilamente charlando con ellos a lo largo de la corta duración del evento. Luego generalmente todo acaba con fiesta en el Casco Viejo. Menos este año. Los ánimos estaban caldeados por la “apropiación” de las celebraciones por parte de comerciantes y hosteleros y, quizá por eso, se alteró la ruta de la marcha. La organización lo justificó con un deseo de integración de otros barrios de Bilbao. Y todo acabó pasando por la calle San Francisco. Barrio donde se acumula un elevado tanto por ciento de inmigración africana. La mayoría viene de países donde la homosexualidad se castiga con penas de cárcel, lapidación o muerte, en algunos casos arrojando a las víctimas desde lo alto de un edificio. Y fue en ese barrio, claro, donde unos cuantos, nos llamaron “maricones”. Como cuando era joven. Como cuando era niño. ¿El contraste? La cantidad de gente joven que acudió este año. Ellos tomarán el relevo. Ya lo están haciendo.

En los últimos años han aumentado exponencialmente las agresiones homófobas incluso en el barrio de Chueca en Madrid. Hace sólo unas semanas se produjo el terrible atentado de Orlando en un bar gay. La semana pasada en Turquía la policía impedía a palos que se celebrara la marcha del orgullo gay. Y en Bilbao, unos pocos (todo hay que decirlo, pero uno solo ya sería suficiente), nos llamaron “maricones”. Mi padre se les hubiera echado al cuello. Yo con los años he aprendido que eso es mejor ignorarlo.

¿Conclusión? Puede que las leyes (aquí) hayan cambiado. Pero queda aún mucho odio por deshacer, mucha incultura por superar, muchas leyes por cambiar en todo el mundo y mucha educación por recibir. Aún hay gente que se pregunta por qué seguimos celebrando el Día del Orgullo Gay. ¿Hace falta que dé una respuesta?

viernes, 9 de enero de 2015

La Marca España y los desahucios

©RM Disobedient Objects

Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). ¡Uupss! Se me olvidaba que el gobierno ha dado por terminada la crisis. Igual con la nueva Ley de Seguridad Ciudadana (o Ley Mordaza) me pueden ya poner una multa por escribir estas líneas. Al fin y al cabo, cualquier forma de expresión que vaya en contra de los dictados de este gobierno democrático por antonomasia (o sea, la masía del Antonio, ¡uupss! que la masía es catalana, igual también me multan por esto) puede entrar en esa nueva ley que quedará en los anales de los casi 40 años de democracia (tantos o más de los que duró el franquismo, si es que alguna vez acabó) como una de las más inmundas y represivas.


Pero no todo van a ser críticas al gobierno en este recién estrenado año de crisis. De hecho, algo debemos agradecerles. Os estaréis estrujando el cerebro pensando qué puede ser eso que les tenemos que agradecer a estos “sabios” que tan bien han sabido llevar nuestra situación no sólo política, sino también económica y cultural. Y ahí está el quid de la cuestión. Sí, señoras y señores, en la cultura. ¿Qué? ¿Cómo? ¿Es que el gobierno del PP ha decidido por fin bajar el IVA cultural que ellos mismos subieron y que está hundiendo a todas las empresas de ese ámbito? ¿O es que han optado finalmente por pagar las subvenciones que deben a los productores españoles desde el principio de su legislatura para así pagar los daños que han hecho a estos artistas que, a su pesar, han conseguido que el 2014 fuera el año con más asistencia de público a ver cine español? ¿O quizá han sacado por fin adelante su nueva ley de mecenazgo? ¿O es que han decidido no entrar a saco con el control del crowdfunding? ¡Qué va! Mucho mejor que todo eso: han conseguido, por fin, llevarnos a formar parte de una exposición en el prestigioso y maravilloso Victoria & Albert Museum de Londres, institución cuyo punto
©RM
fuerte es el diseño. ¿Diseño? –diréis pasmados- ¿Qué tiene que ver el gobierno español con el diseño aparte de los privilegios que otorgan a los impuestos de las grandes marcas de moda? Pues os sorprenderá saber que en estos momentos y hasta el 1 de febrero, en ese museo se puede disfrutar una curiosa exposición titulada “Disobedient objects”, dedicada a mostrar la importancia de los objetos y su diseño en los cambios sociales de los últimos 40 años. Y claro, ¿cuál es la única mención a España en dicha exposición? Pues los desahucios. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) y el taller fotográfico TAF han llevado a cabo una iniciativa para que las personas que pierden su vivienda debido a esta injusta y abusiva situación creada entre el gobierno y los bancos no se queden en ser meros números y pasen a tener un rostro y un nombre propio. Son imágenes con primeros planos de estas personas que se expusieron primeramente en las fachadas de los bancos que han expulsado –y siguen expulsando- a las familias incapaces de pagar sus hipotecas. En formato postal también se enviaron a los bancos y a los políticos para dejar constancia de que estas personas no son únicamente estadísticas.

©RM

©RM












Esto es todo lo que tenemos que agradecer a este gobierno que pasará a la historia como el más antisocial y antidemocrático de toda nuestra historia (aparte del de Franco, claro, pero al fin y al cabo, no dejan de ser más que sus herederos encubiertos). Gracias al gobierno porque, a pesar de ellos –y no por ellos-, hemos llegado a formar parte de una importante exposición en Londres. Hasta allí ha llegado la cacareada “Marca España”. Pero no como a ellos les gusta predicarla.  

martes, 29 de mayo de 2012

Lo que de verdad importa

©RM
El Casco Viejo, como si fuera Estocolmo
©RM
Atardece en Bilbao

Bilbao, 2012. Año del fin del mundo. Y si es verdad que llega, que nos pille bailando. De nuevo. Así que vamos a empezar la sesión con algo de música: 


Se trata de James, con su hit “Sit down”. Para los que nunca los hayáis escuchado os contaré que, a pesar del vídeo, al cantante se le conoce por no parar quieto en el escenario en sus actuaciones en directo. Y os puedo dar fe de ello, pues cuando los vimos en Madrid
El grupo James
hace ya un par de años, aunque eran bastante más mayores de lo que aparecen el videoclip, él no paró de moverse en ningún momento… A pesar de que estaba con muletas por un accidente. Llevaba la cabeza afeitada y una camiseta con dos pechos reproducidos de tal manera, que según le diera la luz de los focos, parecía que realmente tenía tetas. Pero lo que más flaseados nos dejó a mi marido y a mí (me encanta hacer referencias a mi estado civil, así, a tontas y a locas) fue que el trompetista no sólo tenía el pelo como el mudo de los hermanos Marx pero en moreno, sino que (sin ningún tipo de parafernalia travesti ni mucho menos, todo muy hetero) llevaba puesto un vestido de señora y también bailaba sin parar de lado a lado del escenario… Surrealista como la vida misma.
Los infatigables Hermanos Marx

Os pincho hoy esta canción porque me ha salido en mi MP3 mientras estaba en la playa (casi vacía) mirando las olas, y me ha dado unas ganas de vivir enormes. Ha sido mi primer día de playa, después de una primavera infernal de lluvias y bajadas de temperatura. Me he acercado sólo a ver el mar porque hacía medio bueno, pero una vez allí no he podido evitar despelotarme y tumbarme al sol. ¡Qué maravilla! Ésta era una de las razones por las que quería volver a Bilbao, para estar más cerca del mar y aprovecharlo en ratos muertos. En Madrid me iba a sentar bajo un árbol junto al Museo del Prado. Aquí me voy a ver el mar. Además, para mí la playa de Larrabasterra está muy conectada a mi juventud, a tardes, mañanas, días pasados allí, con amigos, con parejas, en soledad (como hoy) y siempre, siempre, me ha dado un sentido de libertad que en pocos sitios más he conseguido (quizá recorriendo alguna ciudad nueva por primera vez, también solo). Puede que sea simplemente por estar allí sin ropa, en plena naturaleza, con los montes detrás enmarcándolo todo. Recuerdo cuando estaba en la uni que en mañanas nubladas me iba yo solo cruzando la ría en “el gasolino” (todavía no había metro) y luego cogiendo el antiguo tren de la margen derecha. Muchas veces tenía la playa para mí solo, rodeado de niebla, otras veces me encontraba allí con amigos que habían tenido la misma idea. También recuerdo con especial cariño confesiones y conversaciones íntimas sobre un saliente de rocas en forma de semicírculo que se adentra en el mar…

El monte y el mar. No sé si ya os lo había dicho, pero fueron dos potentes razones para volver a mi tierra. Deben de estar entroncados en mi ADN, porque llevaban años llamándome, trayéndome de vuelta como antiguas sirenas... Y desde luego, los amigos, la familia, los conocidos… Encontrarse con tanta gente por la calle, en el metro, en las tiendas… Las Navidades pasadas, en mi visita anual a Londres, quedé para tomar un café con una amiga alemana que en mis tiempos allí fue mi jefa durante muchos años (una de las mejores que he tenido nunca). Marina tendrá unos añitos más que yo y en los últimos tiempos ha sufrido la pérdida de varios de sus mejores amigos por esa terrible enfermedad que es el cáncer. Total, que hablando de lo divino y de lo humano (y nunca mejor dicho), nos preguntábamos qué sentido tenía todo esto, la vida, el paso del tiempo, nuestra presencia aquí (sobre todo para los que no tenemos hijos ni vamos a tenerlos), y Marina me dio la clave que en el fondo yo siempre había sabido: LA GENTE, LAS PERSONAS, LOS AMIGOS. Me dijo: “¿No te das cuenta de que cuando miras fotos del pasado, lo único que realmente te interesa son las caras, los rostros de los amigos con los que compartiste experiencias? Los edificios, los paisajes, están allí, pero ya los viste en su momento y hoy en día los puedes encontrar con mucha más calidad en internet. Lo que realmente importa son las personas que hemos conocido a lo largo de la vida.” Y qué razón tenía Marina (por cierto, nombre de sirena también). ¿No os ha pasado muchas veces que daríais lo que fuera por tener una instantánea de una experiencia concreta, de un día, de una tarde, de un café, de una conversación… para poder atesorarla y contemplarla tantas veces como queráis rememorar ese momento? ¿Y por qué? Pues por la gente con la que lo compartimos. 

©RM
Mi Bilbao de película
¡Cómo se nota que hoy sí que estoy cumpliendo lo de no hablar de política ni de religión…! No pienso ni mencionar que el presidente del Consejo del Poder Judicial se va de rositas tras haberse pegado unos buenos viajes a Marbella a cuenta del erario público. Ni siquiera tendrá que dimitir. Sin embargo Garzón, ya vemos dónde está. Y a Javier Krahe le juzgan por blasfemia porque en el año 77 sacaron en televisión un corto suyo en el que enseñaba una receta para cocinar… un cristo crucificado. ¡Por blasfemia, en el año 2012! Sólo podía pasar en este país de pandereta. Y mientras ellos siguen sin pagar el IBI, sin pagar por abusos a menores y por robos de bebés… Pero no me tiréis de la lengua que ya sabéis cómo me pongo… Así que sigamos. 

El otro día, o mejor dicho, la otra noche, soñé que entraba en un bar y pedía… ¡¡¡una Mirinda de limón!!! ¿Os lo podéis creer? Y ni siquiera era un corto de Álex de la Iglesia… El caso es que es verdad que yo, cuando era pequeño, pedía siempre Mirinda de limón, especialmente cuando estaba con mi primo, porque aparte de que nos gustaba su sabor, también nos encantaba que en la mayoría de los bares no la tenían, con lo que los pobres camareros tenían siempre que dar explicaciones a nuestros padres. Y ellos siempre nos decían: “¿Por qué no os pedís otra cosa?” Y nosotros: “No, queremos una Mirinda de limón”. ¡Cómo nos debían de odiar aquellos camareros…! El caso es que en mi sueño estaba viajando con mi marido y con mi madre y llegábamos al pueblo de la Rioja donde, de pequeño, pasaba a veces vacaciones y fines de semana porque mis tíos tenían allí una casa. Total, que entramos los tres en un bar en la plaza del pueblo y pedimos… ¡Mirinda de limón! Y claro, no tenían y nos tuvimos que conformar con un Kas de naranja… ¡Qué curioso, es lo que nos pasaba de pequeños! Después he leído que ya están experimentando con la wifi para… ¡Introducir publicidad en los sueños! ¿Estaré siendo objeto sin saberlo de un experimento para ver si funciona? La verdad que cuando me desperté no tenía unas especiales ganas de tomarme una Mirinda de limón (hace años que no bebo refrescos, los encuentro absurdos). Pero lo que sí que tenía unas enormes ganas de hacer era… Volver a vivir uno de esos días de libertad que disfrutaba en aquel pueblecito, con mi prima y mi cuadrilla de allí… son de los mejores momentos que recuerdo de mi niñez. Y no tengo casi ninguna foto de ellos. Me encantaría por ejemplo haber inmortalizado uno de los momentos en los que nos tumbábamos en las toallas, mojados después de habernos bañado en el río, y nos dejábamos llevar por charlas trascendentes o intrascendentes… Para mí la sensación de oír aquellas voces amigas, sentir el calor del sol sobre mi piel mojada, escuchar el sonido del río a mis espaldas… Es uno de los recuerdos fetiche a los que he vuelto una y otra vez a lo largo de los años. Aquellos rostros, aquellas voces, eran mis mejores amigos de la niñez. Revisitaría esos momentos cualquier día, en cualquier momento, con o sin fotos. Las excursiones en bici, las carreras de vuelta del río cuando nos sorprendían tormentas de verano y volvíamos a empaparnos, nuestras absurdas representaciones teatrales (siempre de terror, las llamábamos Nosferatu y las numerábamos…), las sesiones de espiritismo… ¡Dichosa máquina del tiempo! ¿Dónde estás cuando la necesitas? Definitivamente son las personas las que importan. Con aquellas en concreto yo aprendí a ser amigo. Y empecé a acunar en mi interior una valoración especial hacia la amistad.

Creo que confirmé este sentimiento cuando entré en el instituto y conocí a las personas que hasta día de hoy, han sido y son, mis más viejos y queridos amigos. Quizá lo veo así porque mañana he quedado con ellos para comer, en plan íntimo (me llevaré la cámara, no sea que dentro de unos años me arrepienta). Pero es verdad que a lo largo de los años (y son ya muchos, nos conocemos desde que teníamos 14) hemos compartido lo mejor y lo peor que nos ha pasado: amistades, rencillas, amores, desamores, enfermedades, muertes, trabajos, vacaciones, bodas, hijos, separaciones, casas, ilusiones, sueños, rutinas… ¿Qué más se puede pedir? Con ellos fue con los primeros que salí del armario cuando aún tenía sólo… 16 añitos. Hace nada, en realidad. Y desde un
Jesús Vázquez, tan gupo como siempre
primer momento fueron mi mayor apoyo. Y eso que en aquel tiempo ni siquiera existía la expresión “salir del armario”. Ni habían llegado Jesús Vázquez ni Boris Izaguirre, ni Iñigo Lamarca… Quizá esté particularmente sensible a las amistades de mi promoción desde que un compañero de instituto nos contó que tiene metástasis… Así que para todos los compis, coleguis, amigos y amigas que han pasado a lo largo de los años, os dejo aquí un vídeo de buen rollito que te da ganas de estar allí y ponerte a bailar con ellos: 


Es una flashmob de ésas que están tan de moda últimamente. Lo mejor es quedarse con las caras de felicidad de la gente que se encuentra la sorpresa de un poco de música y baile a primera hora de la mañana, camino del trabajo. ¿No os encantaría? A veces la vida debería dejar de ser una monserga y transformarse en un musical como los de antes, en plan “Cantando bajo la lluvia”. ¡Todo el mundo a bailar!

 

domingo, 26 de febrero de 2012

La máquina del tiempo



©RM
Bilbao año 2012
Bilbao. Año 2012. Año del fin del mundo. Vuelvo a casa tras un fin de semana fuera para celebrar mi cumpleaños y me pregunto cuántos mensajes tendré en el teléfono fijo felicitándome. Escucho con ansiedad la voz de esa mujer borracha que me lee los mensajes a través del aparato -¡¡¿Cómo podrá beber tanto y todos los días?!!- “Tiene… 1 mensaje nuevo.” ¿Un mensaje? ¿Sólo uno? ¿Cómo es posible? ¿De quién será? Con gran sorpresa escucho la voz de mi amiga Marie, la que el día del funeral de Lady Di me arrastró por las calles de un Londres tan desierto que parecía postapocalíptico para elegir su vestido de novia. Me llama desde Liverpool, donde ahora vive, y me desea un Happy birthday con el más profundo acento livepooliano, o como se diga, nunca entendí eso de los gentilicios… Total, que me hace muchísima ilusión porque no he oído su voz en un par de años, cosas de la vida. Y claro, entiendo inmediatamente por qué sólo tengo un mensaje en el contestador del fijo: porque todas las demás felicitaciones me han llegado vía móvil. Alguna que otra también por correo electrónico. Ninguna por Facebook, mis amigos saben que no soy un fanático de las redes sociales… Y es que en el año 2012 ya casi nadie deja mensajes en el contestador automático del teléfono fijo… De hecho ya cada vez menos gente tiene fijo en casa. Igual es que no les gusta la voz de la borracha, quién sabe. O quizá es que los tiempos han cambiado tanto y tan rápido en tan sólo unos años… ¡Ay, los tiempos! El tiempo… 

 Y como en mi entrega anterior mencionaba a H.G. Wells, me puse a pensar en su obra, La máquina del tiempo. Recuerdo una peli de los años 60, de ésas de serie B, que aquí se tituló El tiempo en sus manos, y que adaptaba la obra de Wells. De hecho, Rod Taylor (el prota de Los pájaros) interpretaba al propio autor metido en su novela y llevando a cabo su particular viaje en el tiempo… Vamos, que rizaba el rizo de la paradoja temporal y del metalenguaje mucho antes de que estos términos fueran de uso habitual entre los “intelectuales”. A lo que iba, Rod Taylor se encontraba en sus viajes por el tiempo con Yvette Mimieux, una actriz guapísima que acabaría también perdida en los extraños vericuetos del tiempo… O de la vida, que al fin y al cabo es lo mismo (¡qué paradójico es todo hoy!). Otra de las películas que versionaba la obra de Wells era de los años 70 y se tituló Los pasajeros del tiempo; en ella de nuevo el propio Wells, esta vez interpretado por Malcom McDowell (el de La naranja mecánica), viajaba al presente para seguir a Jack el destripador, que se había colado no se sabe cómo en su máquina del tiempo… Cosas del destino. Y de Hollywood. Más tarde vendría una versión inmunda de los 2000 con el único interés de ver a Guy Pearce (el de Priscilla, reina del desierto) medio desnudo danzando por las entelequias temporales…

Con todo esto se puede apreciar que a mí, la idea del viaje en el tiempo, me ha atraído desde mi más tierna infancia. No digamos ya cuando se recreaba en series míticas como Star Trek, en las que las paradojas temporales daban lugar a vidas alternativas… ¡Ay, las vidas alternativas! ¡Cómo quisiéramos todos saber qué hubiera pasado si…! Pero de eso ya hablaré otro día. Hoy me toca contar mi particular viaje en el tiempo, justo después de mi cumpleaños. Y sólo puedo avanzar, que no cumplía 20. Desgraciadamente. Aunque tal y como está la cosa, no sé yo… 

Total, que en cuanto la mujer borracha me dijo que mi único mensaje se había terminado y que no tenía más (mira que es vengativa la condenada), colgué el teléfono e inmediatamente supe que me preparaba para un viaje temporal. Sabía que la primera vez que cruzara la entrada de uno de los fosteritos que inundan Bilbao, ocurriría. Y así fue. Me vi metido en un tumulto, como en aquel anuncio de colonia para hombres, y acabé… en el Bilbao de los 80, el que yo conocí tan bien cuando era incluso más joven que ahora. De pronto estaba saliendo de la estación de La Naja, del tren que venía de la margen izquierda y que tenía parada al principio del puente del Arenal. Todo era gris a mi alrededor, el cielo, los edificios, los coches, las personas… Bueno, las personas no tanto. En realidad las personas eran lo menos gris que había entonces en Bilbao. Porque era la época de las tribus urbanas y por la calle lo mismo se veían punkis que hippies, que te cruzabas con borrokas o posmodernos,  rockabillys, pijas, yonkis (bueno, esos no eran una tribu urbana precisamente)… Era toda una oda a la diversidad. De hecho, yo mismo en aquella época, me consideraba posmoderno. O nuevo romántico. Vaya, que las fotos enrojecerían hoy a cualquiera. Pues así bajaba yo por el puente del Arenal en mi personal viaje temporal, ataviado como el miembro pródigo de Spandau Ballet. El Arriaga estaba hecho un fantasma pues todavía no había sido restaurado. Y el Casco Viejo vivía su rehabilitación tras las inundaciones. Recuerdo que siempre entraba por las calles del Casco, pero que me daba miedo ir por la Ribera, porque a varios de mis amigos les había atracado allí algún yonki con una jeringa manchada de sangre (eran los tiempos más inciertos del SIDA). Así que yo entraba por la calle Bidebarrieta y luego seguía por Jardines, para hacer mi acostumbrada parada en la tahona y comprarme un pastel vasco. (¡Qué curioso que la tahona siga estando aún all mismo hoy día y que sea exactamente igual a como está en mi viaje temporal a los 80!) De ahí, seguía hasta llegar al Lamiak, que era el sitio donde generalmente quedábamos, aunque siempre me daba vergüenza que todo el mundo te mirase al entrar. El local está más viejo que como es hoy en el 2012, pero las mesas son las mismas y los cuadros probablemente eran entonces mucho más modernos que ahora. Mis amigos (algunos de los cuales serían los mismos si quedase allí hoy en día) llegarían puntuales. Hay que recordar que en aquellos tiempos no existían los móviles y por lo tanto no se podía avisar a última hora con el típico sms: “Llego tarde, enseguida estoy allí.” Así que la gente llegaba a la hora y luego las conversaciones no se interrumpían continuamente porque alguien tuviera que salir del local para hablar por el móvil ni tampoco nadie se pasaba media hora enviando mensajitos mientras tú hablabas… Eso sí, los cafés, los bares, las discotecas, estaban llenos de humo y siempre llegabas a casa apestando a tabaco aunque tú no fumaras. ¡Ah! Imprescindible: por si acaso conocías a alguien, había que llevar un boli para apuntar su teléfono (fijo, claro). Y claro, luego tocaba esperar a que te llamase. No podías enviar el típico: “Me ha encantado conocerte” o “¿Nos vemos?” Y encima, como todavía vivíamos en casa con padres, hermanos y demás, si por un casual te llamaban, tenías que tirar del cable del teléfono todo lo posible para meterte en tu habitación y tener un mínimo de privacidad en la conversación. Hoy en día, sin embargo, a todo el mundo le importa un pimiento su privacidad y la gente cuenta sus escarceos amorosos a grito pelado en pleno autobús… Además, en aquellos no tan lejanos 80 ni siquiera existía el contestador automático. Así que tocaba eso de llegar a casa y preguntar todo el tiempo: “Ama, ¿me ha llamado alguien?” A lo que generalmente te contestaban: “¿Pero quién te tiene que llamar?” Y ahí ya tenías que salir por peteneras, porque lo principal para nosotros, entonces, era la privacidad. Éramos así de modernos. 

©RM
Distorsión Bilbao 2012

Total, que mi noche en los 80 no sería probablemente muy distinta de una de ahora. O quizá sí: bebería mucho más sin miedo a resaca, bailaría hasta el amanecer y la música sería mucho mejor, eso sin duda. Probablemente a lo largo de la noche escucharía algo de Radio Futura (qué pena, se ha muerto esta semana Enrique Sierra), Alaska y los Pegamoides, Spandau Ballet, Duran Duran, Fine Young Cannibals, Mecano, David Bowie, Pretenders, Burning, Olé-Olé, Prince, Bob Marley, El último de la Fila, Duncan Dhu y si había suerte igual hasta caía “La chica de ayer” de los maravillosos Nacha Pop… No tendríamos que aguantar nada de Reggaeton ni chunda-chunda barato ni triunfitos. Eso sí, hasta las 5.20 de la mañana no había tren de vuelta. De todas formas, casi siempre volvíamos más tarde.

Al volver a meterme a la estación de tren, para ir a casa y llegar antes de que se levantase mi abuelo, me ocurrió algo extraño (aunque habitual en los viajes temporales): nada más coger el tren supe instantáneamente que ya no estaba en Bilbao, ni siquiera en los 80. Eran los 90 y yo vivía en Londres. Así que salí del metro en la estación de Highbury & Islington, crucé el parque y me fui a casa. Al despertar por la mañana, como aún era mi cumpleaños, esperaría con ansiedad el sonido de las cartas al caer por la ranura de la puerta. Era el momento favorito del día. Me llegaban a montones, desde días antes de la fecha. Largas y exquisitas cartas de amigos y familia. Con qué ilusión las leía y contemplaba las distintas caligrafías, los dibujitos con que las decoraban, los paquetes de pipas que me enviaban o la revista Fotogramas para que estuviese al día de lo que ocurría en el Nuevo Cine Español. Algunos también llamaban por teléfono, pero entonces las conferencias internacionales eran prohibitivas. Y recuerdo recorrerme cabinas de teléfono, de esas rojas que salen en las películas, para hablar con algún amigo especial o con mis padres, porque salía más barato que desde casa. Los amigos de allí, los de Londres, me dejaban interminables mensajes en el contestador. Porque ¡por fin había llegado! La preciada maquinita que se enchufaba al teléfono y tenía dentro una cinta de casete pequeñita que a veces se enredaba y te estropeaba, justo, ese mensaje que estabas esperando porque le habías escrito el teléfono en una servilleta a alguien… 


©RM
De vuelta a Bilbao 2012
Según me dirigía a la celebración de mi cumple en un restaurante indio no se me ocurrió otra cosa que meterme de nuevo en el metro. Y claro, acabé saliendo en plena estación de Chueca, en Madrid. En los 2000. Aún quedaba algún travesti trasnochado por la plaza. Y allí sí que sí. Allí ya me felicitaban por e-mail, alguno todavía por carta, aunque eso fue muriendo sin remedio, muchos me dejaban mensajes en el contestador (que ya estaba incorporado dentro del mismo teléfono) y otros incluso me llamaban al móvil. Claro, eso fue cuando por fin decidí comprarme uno. Ya que durante años, me resistí y, gracias a eso, me libré de un montón de marrones en el trabajo. Cuando surgía una urgencia, la jefa siempre llamaba a alguno de mis compañeros con móvil porque llamar al fijo le resultaba demasiado personal… ¿Y hoy? ¿Hay algo que todavía sea demasiado personal? Las compañías de teléfonos te llaman indistintamente al fijo o al móvil a cualquier hora, se dirigen a ti con extraños acentos por nombre y apellido e interrumpen lo mismo desayunos que comidas o cenas. Y las conversaciones no digamos, todo el mundo acaba hablando del último modelito en iphone, ipad, i esto i aquello... El otro día alguien me enseñaba una aplicación del smartphone que te indicaba con total exactitud (y foto incluida) los gays que se encontraban a tu alrededor, concretando incluso la distancia (¿¿??). También me hablaron de otra aplicación que, estés donde estés, siempre te indica dónde está Cuenca (vaya usted a imaginarse por qué). Así que yo, sin ir más lejos, al finalizar mi particular viaje temporal, ya de vuelta en Bilbao en 2012, no he podido resistirme a hablar a través de skype, con una amiga que vive en Jordania, y saludar a través de la pantalla a su hija pequeña, que estaba muy mona. ¿Quién se lo hubiera dicho a H.G. Wells? ¿O a Mr Spock, de Star Trek? Todavía no nos teletransportamos, como hacían ellos. Pero tranquilos, todo llegará. Claro, eso será si no se acaba el mundo este año. O si Urdangarín no acaba con sus huesos en prisión y desbarata el poco orden cósmico que aún queda…