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martes, 9 de febrero de 2016

Y Bowie pasó por Bilbao

©RM

Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Sí, esto no termina nunca (la crisis) y además sin nuevo gobierno, lo que no sería tan malo si no fuera porque supone tener que aguantar unos meses más al actual “gobierno en funciones” y sus corruptelas generalizadas. Pero no todo iban a ser malas noticias. El pasado jueves, sin ir más lejos, David Bowie, sí, sí, el mismo, el camaleón del pop, el Duque Blanco, Ziggy Stardust, Starman, o como quieras llamarle, se paseó por las calles de Bilbao.


O al menos su espíritu lo hizo sin duda alguna. Seguramente nos estaría observando con orgullo desde las estrellas, a las que tantas veces cantó y en las que obviamente reside ahora con sus colegas Lou Reed y Freddie Mercury. Desde el escenario de SatéliteT, bajo el puente de Deusto, un número incontable de bandas locales rendían homenaje con sus versiones a la estrella del glam. Cada una desfiló para un único tema (aunque algunos de sus miembros demostraron ser muy promiscuos y no creer en ningún tipo de monogamia, ya que reaparecieron en diferentes formaciones) y todas juntas, al final, nos ofrecieron en el más improvisado estilo “We are the world”, el temazo: “Héroes” que daba título a la noche.

©RM

Camiseta de Rob Cristo
La convocatoria de Satélite T: “Podemos ser héroes, un día más” fue todo un exitazo. La sala estaba a tope y no te podías mover sin rozar sospechosamente a quien tuvieras al lado. Y yo que había esperado poder lucir mi nuevo modelo de camiseta de Rob Cristo homenajeando al artista, me quedé con las ganas, hubiera dado lo mismo que fuéramos desnudos, nadie se habría percatado. Eso no impidió que admirásemos a estos valientes que se atrevieron a versionar (como es lógico, unos con más arte que otros) al gran lord del pop, y quedó clara la huella que nos ha dejado a todos este auténtico héroe del atrevimiento, de la genialidad, la ambigüedad y la subversión escénica, cuya música fue siempre pareja al escándalo, a los rumores, a la reinvención y sobre todo, al no quedarse quieto. Jamás. Un auténtico ejemplo a seguir.

©RM
Se lo llevó un cáncer, como a tantas otras víctimas de esta pandemia innombrada aún por las autoridades de la OMS, pero se extiende y se extiende como los plásticos en el océano. Seguro que cada uno reflejamos sobre aquel escenario nuestras propias experiencias, nuestros propios recuerdos de las canciones del hombre de la mirada alienígena: “Let´s dance”, “Starman”, “The man who sold the world”, “Modern love”, “Ashes to ashes”, “Life on Mars”... A cada uno nos han dejado una impronta diferente y no me hubiera importado ver sobre el escenario un vídeo con los recuerdos personales que cada uno de los asistentes le ponía a la música de Bowie. Más allá de sus valores musicales, para mí fue uno de los primeros que pasó de las convenciones sobre género e identidad sexual. Él las exploró todas sobre el escenario (y dicen que fuera también), haciendo simplemente lo que le pedía el cuerpo. Como debe ser.

©RM

Se lo montaron bien los de Satélite T (prometen homenajes a otros artistas cada mes). Consiguieron que reviviéramos a Bowie por una noche (aunque eché de menos escuchar al menos un tema original). Y sí, todos nos sentimos héroes por una noche más. Aunque sólo fuera por seguir estando aquí. 




miércoles, 10 de octubre de 2012

Por fin de vuelta

Foto publicada en El País sobre las protestas en Grecia contra Merkel
Ahora sí. Ahora sí que puedo volver a escribir eso de “Bilbao, 2012. Año del fin del mundo”. Porque ya estoy de vuelta en mi tierra, después de uno de los veranos más duros que recuerdo. Lo que decía, ya lo venía vaticinando en este blog desde su principio: esto se acaba, muchachos y muchachas. Los mayas tenían razón. ¿O eran los aztecas? El calendario acaba aquí. La fecha dada es diciembre de 2012. Y la verdad que desde que he vuelto de Oriente Próximo cada vez lo veo más claro. Si allí la primavera árabe todavía colea en muchos de sus países, mientras en Siria la guerra civil es una doliente realidad que deja miles de refugiados cada día en los países vecinos (con los que nadie sabe qué hacer y que se apilan en zonas desérticas), aquí, en plena civilización occidental, el estado de bienestar ya se ha acabado y el mundo, tal y como lo conocíamos, ha llegado a su fin. ¡Y lo que queda por llegar! Mi visión esta vez une las realidades de Grecia, Italia, Portugal y España, es decir, la Europa mediterránea, o más bien lo que ha sido siempre, la Europa pobre, que se ve invadida por protestas callejeras cada vez más violentas mientras sus respectivos gobiernos continúan castigando a la población con nuevos recortes, con nuevas pérdidas de libertades, con nuevas miserias, ajenos por completo al sentir y el pensar de su gente. Pero llegará un día en que en uno de estos países (puede que por una muerte violenta a manos de la policía en una  manifestación, puede que por otro cambio de ley particularmente doliente…) el pueblo se eche a la calle definitivamente y tome el parlamento expulsando a sus políticos del gobierno. Entonces el país de al lado seguirá su ejemplo, y luego el siguiente y el siguiente. Y puede que hasta en algunos de los países ricos se produzca el contagio, quién sabe, en Inglaterra por ejemplo, o en Francia. Y entonces la Merkel y los gobernantes de los demás países ricos, quizá se den por enterados y se den cuenta de que no es posible gobernar de espaldas al pueblo, de que no es posible fustigarlo continuamente sin darle agua de vez en cuando. Y quizá decidan cambiar su estrategia, o quizá les entre el miedo y se vayan por su propio pie. O quizá esperen a que su pueblo, también harto, acuda a las escaleras del parlamento para derrocarlo. Quién sabe. Pero esto se acaba, está claro. ¿Qué vendrá después? Ésa es la gran incógnita. Por lo pronto, y aquí mismito, el gobierno español (al que tantos piden ya que dimita) está esperando a anunciar nuevos recortes (y cómo no, el consabido rescate con todo lo que conlleva) a que pasen las elecciones en Euskadi y Galicia, para no perder aún más votos de los que ya les vaticinan todas las encuestas (ésas que según qué periódicos las publiquen, se inclinan más hacia un lado o hacia otro, como todo en este país de pandereta).

Pero no os echéis las manos a las cabezas (las varias que tenemos cada uno en estos tiempos de multitasking), al fin y al cabo si realmente algo no funciona siempre será mejor intentar cambiarlo. Y está claro que estos políticos (no solamente los españoles, la crisis no la iniciaron ellos, aunque contribuyeran y mucho) no han hecho más que llevarnos a la ruina mientras ellos se enriquecen. Así que ha llegado el momento de que dejen de gobernarnos. Quizá parezca una utopía, pero a lo largo de la historia ya ha ocurrido en múltiples ocasiones, sin ir más lejos ahí queda la Revolución Francesa, o el poder pacifista de Gandhi o la ya mencionada primavera árabe. Francia nunca volvió a ser la misma (aunque hayan llegado a un punto muy parecido al nuestro, allí al menos van a grabar las grandes fortunas con más impuestos…). Las primaveras árabes aún están por mostrar sus efectos a largo plazo. Y en cuanto a Gandhi… No sé yo si hoy en día funcionaría. Muchos se preguntarán “¿qué va a pasar con mi trabajo? ¿Qué va a pasar con mi casa?”... Pues vaya usted a saber. Si por lo menos tenéis una casa o un trabajo por el que preocuparos es que no estáis tan mal… Pero hay muchos, cada día más, que no pueden decir lo mismo, que se agolpan los lunes al sol en las colas del INEM o de LANBIDE, o que esperan con incertidumbre a que unos desalmados del banco lleguen a echarles de sus viviendas. Lo que está claro es que lo que no podemos hacer es quedarnos en casa calladitos, como quiere nuestro señor presidente (fumándose un puro). Eso ya pasó a la historia. Y por mucho que él se dirija a su pueblo como si fuera el mismo que agachaba la cabeza bajo el yugo franquista, no se da cuenta de que ese pueblo ha evolucionado mucho, se ha educado y se ha culturizado, está conectado y tiene muchas formas de saber lo que pasa en realidad y de asociarse y reunirse, independientemente de cuánto hayan manipulado las informaciones institucionales desde sus canales de televisión (la mayoría públicos, pagados por todos nosotros) o sus periódicos. Es un pueblo que sabe leer y pensar por sí mismo (aunque viendo las audiencias de Sálvame uno hay veces que lo duda). Y que sabe decir: “Santo Pedraz, qué razón tienes en cuanto a la decadencia de la clase política…”

©RM Un desfiladero te lleva a la ciudad escondida de Petra





Esto es lo que me he encontrado a mi regreso de Jordania, tras un verano que me gustaría borrar de mi memoria. No voy a entrar en detalles. Sólo os contaré que un par de semanas después de mi vuelta soñé con mi amigo Iñaki. Iñaki murió de SIDA en los años 90 y era una de las personas más cariñosas y luchadoras que he conocido, un auténtico amigo de sus amigos. La última vez que lo vi, en el hospital, cuando físicamente era ya una sombra de lo que había sido, aún mantenía la chispa en los ojos y en la sonrisa. Le hizo mucha ilusión que fuéramos a verle y me dijo algo que nunca he olvidado: “los amigos son como un jardín, lo tienes que regar todos los días un poco porque si no se marchita”.  Quizá por eso soñé con él hace poco, porque necesitaba que alguien me lo recordase, para no caer en lo fácil y pensar que el jardín se pudre en cualquier momento y que no ha merecido la pena. De todas formas, hasta de la peor experiencia se puede sacar algo positivo. Y el conocer una cultura como la palestina, es algo que nunca olvidaré. Como tampoco olvidaré el haber paseado por los caminos llenos de polvo del desierto de Petra, esa misteriosa ciudad que debió de ser increíblemente exuberante en su momento álgido. Os prometí que os la relataría y aquí está: “Petra, una ciudad mágica”. El misterio empieza incluso desde el momento de la entrada. Porque al estar rodeada de montañas de roca, a su interior se accede a través de un irreal desfiladero, por un camino estrecho rodeado de rocas gigantes por el que hace ya cientos de años transitaron mercaderes de todo el mundo montados en caballos y camellos, transportando sus mercancías a la luz de faroles encendidos con aceite… Más de un kilómetro por este camino te lleva a la primera sorpresa: un espectacular templo labrado en la roca y conservado a base de calor. No se puede acceder a su interior, pero da igual, ahí queda su fachada. Y a partir de ahí ya no paras, se abre toda una ciudad cavada en colinas de rocas 
©RM El camino a Petra iluminado por farolillos mágicos 

©RM Petra 
por donde transitaron las mejores sedas e inciensos de su época (no pude evitar imaginarme al guapo Marco Polo de aquella serie de televisión de los primeros 80, montado en camello, llegando a esta ciudad sacada de “Las 1001 noches”). Creo que un río atravesaba este escondido valle y lo convertía en un vergel vibrante de actividad, muy diferente al centro turístico que es hoy, en mitad de un desierto, con sólo unos cuantos mercaderes que viven de vender souvenirs sin demasiado interés a turistas que ya no se dejan asombrar por falsos brillos. Parece que viven allí mismo, dentro de las paredes y las cuevas, (a veces en improvisadas tiendas de campaña, sin agua ni ninguna comodidad) esperando día tras día la llegada de algún nuevo turista que les dé unos dinares. Había una niña particularmente lista con la que nos encontramos al principio y al final del día. Tenía unos ojos enormes, llenos de vida, grandes y almendrados, que miraban con soltura y descaro. Se acordaba de ti y te recordaba lo que habíais hablado anteriormente, se comunicaba en un inglés aceptable y sabía regatear. En cualquier otro sitio saldría adelante sin problemas. Allí, la verdad, no sé lo que será de ella. La ruta sigue y la visita se convierte en algo realmente impresionante cuando, tras una subida de casi una hora por un angosto camino que te lleva a la cima de una de las montañas de roca, llegas al último templo. “El templo”, magnífico, gigantesco, sin sentido(su interior es casi diminuto comparado con el exterior).  Allí se rodó una de las películas de Indiana Jones, creo que la tercera. Me imaginaba a los actores y al equipo siendo trasladados todos los días hasta allí en helicóptero, porque no me los puedo imaginar, ni siquiera al estupendo (entonces)  Ford (uno de mis iconos de adolescencia, esa sonrisa de medio lado de Han Solo, ese hoyuelo…) ni al ya maduro Sean Connery, durmiendo en tiendas de campaña en lo alto de la montaña. Aquí quedan algunas de las fotos que os prometí, como prueba de tanta maravilla.

©RM El auténtico templo de Indiana Jones
 
Tras el accidentado verano, la vuelta tampoco fue fácil. Al de poco de llegar, una amiga del instituto me llamó para comunicarme que un compañero nuestro había muerto. De cáncer. Sabíamos que tenía metástasis, pero le habíamos visto poco antes de mi viaje y, aunque dañado físicamente, conservaba su espíritu luchador y una actitud muy positiva. Lo mismo que su mujer. Hacía poco que habían adoptado un niño y tenían mucho por lo que pelear. No le sirvió de mucho, sólo aguantó un año desde que le dijeron que tenía metástasis. Es duro tener que decir adiós a gente que ha estudiado contigo, a la que conociste siendo casi un niño… Me acuerdo hace unos años, cuando planeaba mi primer documental (organicé una reunión de toda mi promoción del instituto, en el mismo edificio, para celebrar que hacía 20 años que habíamos acabado nuestros estudios allí) y trataba de que mis compañeros de promoción se confesaran delante de la cámara para contar su trayectoria vital desde que habíamos saltado a la vida con 18 añitos. A él no lo había visto probablemente desde entonces, pero en cuanto le conté mi idea por teléfono me dijo inmediatamente que sí, que confiaba en mí y en lo que hiciera con ese material. Me sorprendió cómo el vínculo que habíamos creado de adolescentes seguía vigente después de tantos años sin vernos, cómo la confianza sobrevivía al paso del tiempo. Ahí me demostró que él también era de los que creía en los jardines bien regados. Hay más gente cercana a mí que en estos momentos están luchando contra el cáncer. ¿Quién no tiene o ha tenido a alguien? Esta batalla me hace pensar siempre si en algún momento declararán esta enfermedad como epidemia. Sí, ya sé que no se contagia, pero al final se lleva en los genes, ¿no? ¿Y qué estamos haciendo tan mal para que se haya extendido tanto? ¿Será nuestra forma de vivir, será que nos están envenenando las grandes compañías a las que nadie se atreve a investigar, será un poco de todo esto?

Y para dejaros con un sabor más animoso en la boca (sí, ya sé, me ha salido una entrada bastante oscura, será reflejo de mi estado de ánimo últimamente), os voy a contar un último episodio de mi estancia en Palestina, porque siempre hay luces entre las sombras. Para ello os tendréis que conectar con el link de la última canción de la estupendísima Adele, que será banda sonora de James Bond:

No sé si os acordaréis de que durante el rodaje nos alojábamos en el hostal de la granny, esa abuelita que se empeñaba en que comiéramos más huevos antes de irnos a trabajar cada mañana. Bueno, pues cuando ya llevábamos unos días allí y habíamos descubierto que había una terraza en la parte de arriba del edificio donde se podía cenar (lo que nosotros lleváramos, claro, generalmente humus, raciones de queso frito, paté de berenjenas para untar…). Bueno, pues en una de estas improvisadas cenas en las que nos reuníamos todo el equipo, agotados tras otra larga jornada de rodaje, apareció un personaje misterioso. Era así como fuertote, de ojos claros y mirada turbia, vestía siempre con una camisa verde militar y decía que era americano (aunque su acento nos hacía dudar). Desde el primer momento mostró mucho interés en lo que hacíamos, pero nosotros le evitábamos. Principalmente porque algunos (o sea, yo) estábamos obsesionados con que el Mossad (servicio de inteligencia israelí) nos estaría ya investigando y seguro, pero vamos, segurísimo, que nos iba a poner un espía. O sea, que íbamos a tener nuestra propia versión, en israelí, de James Bond (de nuevo Sean Connery, encima no nos iba a caer el blando de Roger Moore). Así que claro, enseguida le adjudicamos el pape al recién llegado. Lo más sospechoso era que, nos levantáramos a la hora que nos levantáramos (y en un rodaje de esas características esto varía mucho de un día a otro), él siempre estaba allí para desayunar con nosotros. Una noche en la que nuestro técnico de sonido se encontró a solas con él en la terraza, le acabó contando todo lo que hacíamos (me imagino que motivado por ciertos fumeteos) y allí ya, nuestro agente secreto vio la oportunidad para empezar a preguntarnos por el documental cada mañana, que quién lo financiaba, que si habíamos hablado con algún representante del gobierno israelí… Claro, nosotros nos salíamos por los cerros de Úbeda y en cuanto podíamos pasábamos a hablar en castellano (la mitad del equipo éramos de aquí). El caso es que nuestro agente secreto se convirtió en parte de nuestras bromas diarias durante el rodaje y un día se me ocurrió testarle para saber si también hablaba español. Así que a la siguiente mañana, cuando me lo volví a encontrar en la mesa del desayuno (rodeados de huevos), en cuanto bajaron mis colegas me puse a soltar una perorata absurda en castellano, a una velocidad que ni el que leía las instrucciones a las viejas de “Aquí no hay quién viva”… Era algo así como: “Esta mañana me he levantado muy pronto y he visto a la abuela recogiendo huevos en una cesta, mientras bailaba un aurresku y tocaba el txistu cantando una sardana…” Mi colega, el dire de foto, se me quedó mirando como si me hubiese vuelto loco, pero al segundo siguiente respondió con la mayor naturalidad del mundo: “No sé, no la veo yo a la granny como para bailar muchos aurreskus…” El agente secreto (que lo era) simplemente continuó mirándonos con esos ojos turbios y una cierta sonrisa… A la mañana siguiente había desaparecido sin dejar rastro. ¿Acabaría en una de las cuevas excavadas en Petra?

©RM Al entrar en Petra te encuentras con esto...
©RM Las estancias excavadas en la roca
  
















Y para acabar, en estos tiempos en los que la cultura parece que ya no le importa a nadie (desde luego no a los mandatarios), os dejo este link y os recomiendo que lo disfrutéis en pantalla completa. ¿Es necesaria la cultura? ¿Es imprescindible la belleza? Vosotros diréis.












martes, 29 de mayo de 2012

Lo que de verdad importa

©RM
El Casco Viejo, como si fuera Estocolmo
©RM
Atardece en Bilbao

Bilbao, 2012. Año del fin del mundo. Y si es verdad que llega, que nos pille bailando. De nuevo. Así que vamos a empezar la sesión con algo de música: 


Se trata de James, con su hit “Sit down”. Para los que nunca los hayáis escuchado os contaré que, a pesar del vídeo, al cantante se le conoce por no parar quieto en el escenario en sus actuaciones en directo. Y os puedo dar fe de ello, pues cuando los vimos en Madrid
El grupo James
hace ya un par de años, aunque eran bastante más mayores de lo que aparecen el videoclip, él no paró de moverse en ningún momento… A pesar de que estaba con muletas por un accidente. Llevaba la cabeza afeitada y una camiseta con dos pechos reproducidos de tal manera, que según le diera la luz de los focos, parecía que realmente tenía tetas. Pero lo que más flaseados nos dejó a mi marido y a mí (me encanta hacer referencias a mi estado civil, así, a tontas y a locas) fue que el trompetista no sólo tenía el pelo como el mudo de los hermanos Marx pero en moreno, sino que (sin ningún tipo de parafernalia travesti ni mucho menos, todo muy hetero) llevaba puesto un vestido de señora y también bailaba sin parar de lado a lado del escenario… Surrealista como la vida misma.
Los infatigables Hermanos Marx

Os pincho hoy esta canción porque me ha salido en mi MP3 mientras estaba en la playa (casi vacía) mirando las olas, y me ha dado unas ganas de vivir enormes. Ha sido mi primer día de playa, después de una primavera infernal de lluvias y bajadas de temperatura. Me he acercado sólo a ver el mar porque hacía medio bueno, pero una vez allí no he podido evitar despelotarme y tumbarme al sol. ¡Qué maravilla! Ésta era una de las razones por las que quería volver a Bilbao, para estar más cerca del mar y aprovecharlo en ratos muertos. En Madrid me iba a sentar bajo un árbol junto al Museo del Prado. Aquí me voy a ver el mar. Además, para mí la playa de Larrabasterra está muy conectada a mi juventud, a tardes, mañanas, días pasados allí, con amigos, con parejas, en soledad (como hoy) y siempre, siempre, me ha dado un sentido de libertad que en pocos sitios más he conseguido (quizá recorriendo alguna ciudad nueva por primera vez, también solo). Puede que sea simplemente por estar allí sin ropa, en plena naturaleza, con los montes detrás enmarcándolo todo. Recuerdo cuando estaba en la uni que en mañanas nubladas me iba yo solo cruzando la ría en “el gasolino” (todavía no había metro) y luego cogiendo el antiguo tren de la margen derecha. Muchas veces tenía la playa para mí solo, rodeado de niebla, otras veces me encontraba allí con amigos que habían tenido la misma idea. También recuerdo con especial cariño confesiones y conversaciones íntimas sobre un saliente de rocas en forma de semicírculo que se adentra en el mar…

El monte y el mar. No sé si ya os lo había dicho, pero fueron dos potentes razones para volver a mi tierra. Deben de estar entroncados en mi ADN, porque llevaban años llamándome, trayéndome de vuelta como antiguas sirenas... Y desde luego, los amigos, la familia, los conocidos… Encontrarse con tanta gente por la calle, en el metro, en las tiendas… Las Navidades pasadas, en mi visita anual a Londres, quedé para tomar un café con una amiga alemana que en mis tiempos allí fue mi jefa durante muchos años (una de las mejores que he tenido nunca). Marina tendrá unos añitos más que yo y en los últimos tiempos ha sufrido la pérdida de varios de sus mejores amigos por esa terrible enfermedad que es el cáncer. Total, que hablando de lo divino y de lo humano (y nunca mejor dicho), nos preguntábamos qué sentido tenía todo esto, la vida, el paso del tiempo, nuestra presencia aquí (sobre todo para los que no tenemos hijos ni vamos a tenerlos), y Marina me dio la clave que en el fondo yo siempre había sabido: LA GENTE, LAS PERSONAS, LOS AMIGOS. Me dijo: “¿No te das cuenta de que cuando miras fotos del pasado, lo único que realmente te interesa son las caras, los rostros de los amigos con los que compartiste experiencias? Los edificios, los paisajes, están allí, pero ya los viste en su momento y hoy en día los puedes encontrar con mucha más calidad en internet. Lo que realmente importa son las personas que hemos conocido a lo largo de la vida.” Y qué razón tenía Marina (por cierto, nombre de sirena también). ¿No os ha pasado muchas veces que daríais lo que fuera por tener una instantánea de una experiencia concreta, de un día, de una tarde, de un café, de una conversación… para poder atesorarla y contemplarla tantas veces como queráis rememorar ese momento? ¿Y por qué? Pues por la gente con la que lo compartimos. 

©RM
Mi Bilbao de película
¡Cómo se nota que hoy sí que estoy cumpliendo lo de no hablar de política ni de religión…! No pienso ni mencionar que el presidente del Consejo del Poder Judicial se va de rositas tras haberse pegado unos buenos viajes a Marbella a cuenta del erario público. Ni siquiera tendrá que dimitir. Sin embargo Garzón, ya vemos dónde está. Y a Javier Krahe le juzgan por blasfemia porque en el año 77 sacaron en televisión un corto suyo en el que enseñaba una receta para cocinar… un cristo crucificado. ¡Por blasfemia, en el año 2012! Sólo podía pasar en este país de pandereta. Y mientras ellos siguen sin pagar el IBI, sin pagar por abusos a menores y por robos de bebés… Pero no me tiréis de la lengua que ya sabéis cómo me pongo… Así que sigamos. 

El otro día, o mejor dicho, la otra noche, soñé que entraba en un bar y pedía… ¡¡¡una Mirinda de limón!!! ¿Os lo podéis creer? Y ni siquiera era un corto de Álex de la Iglesia… El caso es que es verdad que yo, cuando era pequeño, pedía siempre Mirinda de limón, especialmente cuando estaba con mi primo, porque aparte de que nos gustaba su sabor, también nos encantaba que en la mayoría de los bares no la tenían, con lo que los pobres camareros tenían siempre que dar explicaciones a nuestros padres. Y ellos siempre nos decían: “¿Por qué no os pedís otra cosa?” Y nosotros: “No, queremos una Mirinda de limón”. ¡Cómo nos debían de odiar aquellos camareros…! El caso es que en mi sueño estaba viajando con mi marido y con mi madre y llegábamos al pueblo de la Rioja donde, de pequeño, pasaba a veces vacaciones y fines de semana porque mis tíos tenían allí una casa. Total, que entramos los tres en un bar en la plaza del pueblo y pedimos… ¡Mirinda de limón! Y claro, no tenían y nos tuvimos que conformar con un Kas de naranja… ¡Qué curioso, es lo que nos pasaba de pequeños! Después he leído que ya están experimentando con la wifi para… ¡Introducir publicidad en los sueños! ¿Estaré siendo objeto sin saberlo de un experimento para ver si funciona? La verdad que cuando me desperté no tenía unas especiales ganas de tomarme una Mirinda de limón (hace años que no bebo refrescos, los encuentro absurdos). Pero lo que sí que tenía unas enormes ganas de hacer era… Volver a vivir uno de esos días de libertad que disfrutaba en aquel pueblecito, con mi prima y mi cuadrilla de allí… son de los mejores momentos que recuerdo de mi niñez. Y no tengo casi ninguna foto de ellos. Me encantaría por ejemplo haber inmortalizado uno de los momentos en los que nos tumbábamos en las toallas, mojados después de habernos bañado en el río, y nos dejábamos llevar por charlas trascendentes o intrascendentes… Para mí la sensación de oír aquellas voces amigas, sentir el calor del sol sobre mi piel mojada, escuchar el sonido del río a mis espaldas… Es uno de los recuerdos fetiche a los que he vuelto una y otra vez a lo largo de los años. Aquellos rostros, aquellas voces, eran mis mejores amigos de la niñez. Revisitaría esos momentos cualquier día, en cualquier momento, con o sin fotos. Las excursiones en bici, las carreras de vuelta del río cuando nos sorprendían tormentas de verano y volvíamos a empaparnos, nuestras absurdas representaciones teatrales (siempre de terror, las llamábamos Nosferatu y las numerábamos…), las sesiones de espiritismo… ¡Dichosa máquina del tiempo! ¿Dónde estás cuando la necesitas? Definitivamente son las personas las que importan. Con aquellas en concreto yo aprendí a ser amigo. Y empecé a acunar en mi interior una valoración especial hacia la amistad.

Creo que confirmé este sentimiento cuando entré en el instituto y conocí a las personas que hasta día de hoy, han sido y son, mis más viejos y queridos amigos. Quizá lo veo así porque mañana he quedado con ellos para comer, en plan íntimo (me llevaré la cámara, no sea que dentro de unos años me arrepienta). Pero es verdad que a lo largo de los años (y son ya muchos, nos conocemos desde que teníamos 14) hemos compartido lo mejor y lo peor que nos ha pasado: amistades, rencillas, amores, desamores, enfermedades, muertes, trabajos, vacaciones, bodas, hijos, separaciones, casas, ilusiones, sueños, rutinas… ¿Qué más se puede pedir? Con ellos fue con los primeros que salí del armario cuando aún tenía sólo… 16 añitos. Hace nada, en realidad. Y desde un
Jesús Vázquez, tan gupo como siempre
primer momento fueron mi mayor apoyo. Y eso que en aquel tiempo ni siquiera existía la expresión “salir del armario”. Ni habían llegado Jesús Vázquez ni Boris Izaguirre, ni Iñigo Lamarca… Quizá esté particularmente sensible a las amistades de mi promoción desde que un compañero de instituto nos contó que tiene metástasis… Así que para todos los compis, coleguis, amigos y amigas que han pasado a lo largo de los años, os dejo aquí un vídeo de buen rollito que te da ganas de estar allí y ponerte a bailar con ellos: 


Es una flashmob de ésas que están tan de moda últimamente. Lo mejor es quedarse con las caras de felicidad de la gente que se encuentra la sorpresa de un poco de música y baile a primera hora de la mañana, camino del trabajo. ¿No os encantaría? A veces la vida debería dejar de ser una monserga y transformarse en un musical como los de antes, en plan “Cantando bajo la lluvia”. ¡Todo el mundo a bailar!