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sábado, 26 de diciembre de 2020

King Kong y la rubia

©Rob Cristo

 Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Aquello era un despropósito: ¿un gorila gigante enamorado de una chica rubia de tamaño normal? ¿Cómo era eso incluso medianamente… plausible? El solo concepto de King Kong retaba a todas las leyes de la física, de la química, de las matemáticas incluso. A ver, todos sabemos que 1+1=2, donde solo cabe 1 no caben 2 y donde caben 2 no caben… ¿200? En fin, la peli se llevó a cabo y fue un gran éxito. Tanto que dio lugar a una secuela casi inmediata e incluso a un género, el de los monstruos gigantes. Y si no que se lo pregunten a los japoneses y su mina de oro del celuloide: Godzilla. De hecho, en el último Fotogramas creo que he leído que se está preparando una nueva peli de King Kong contra Godzilla. Sí, habéis leído bien, en pleno 2020.

Corría el año 1933 y la rubia se llamaba Fay Wray. O sea, la actriz que la interpretaba. Por eso esta ilustración de Rob Cristo se titula King Kong y Fay Wray, porque ella es tan protagonista de la historia como el gorila gigante: sin ella no habría motivación para el solitario monstruo, ni tampoco redención, no sentiríamos lástima por su sufrimiento ni querríamos que se cargase al maloso que lo explota. Y ella fue el molde en el que se basaron todas las demás rubias del cine de terror y aventuras, que gritan hasta desgañitarse y las pasan canutas, aunque nunca dejen de meterse en problemas, ya sea bajando al sótano en mitad de la noche, duchándose en un motel apartado regentado por un psicópata con complejo de Edipo o haciéndole ojitos a un mono gigante. A esto se une mi admiración desde pequeñito por las rubias (si son platino, mejor, creo que siempre quise ser un poco Hitchcock), empezando por la más grande, Marilyn Monroe, y acabando por estas heroínas de película de serie B que amenizaron nuestra niñez.

Pero la historia de King Kong no es en realidad más que una copia casi caricaturesca del cuento de La Bella y la Bestia, que a su vez se basaba en los mitos griegos de Zeus transformándose en cualquier tipo de criatura para seducir a la bella de turno y continuar su progenie. Aunque también es verdad que pertenece al género -literario y fílmico- de mundos perdidos y misteriosos en un tiempo en que el planeta aún conocía sus límites, sabía que le quedaba mucho por descubrir y esto excitaba la imaginación de creadores siempre admirados, al estilo de Julio Verne, que se inventaban mundos perdidos en el centro de la tierra, en el fondo del mar o en mitad del Pacífico. Como esta tremenda isla llamada Skull Island -que bien podría haberse inventado Monsieur Verne- donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos. Casi como aquel otro clásico mucho más filosófico, Horizontes perdidos y su añorada Shangri-La, el país perdido en el Himalaya donde la gente no envejece y se vive en una paz continua…

Parece mentira que de una idea tan pasajera e incluso grotesca pudiera surgir una saga de películas, cómics, videojuegos y hasta obras de teatro. Si la primera secuela vino justo después del original, El hijo de Kong, el primer remake tuvo lugar en 1976 y el personaje de Fay Wray lo interpretaba una sensual y jovencísima Jessica Lange, que -rompiendo todas las convenciones- pasaría a convertirse en una gran actriz de carácter. En 2005 Peter Jackson hizo otro remake, esta vez ambientado en 1933, fecha de la producción original, y con Naomi Watts en el papel de la rubia. Y en 2017 llegaría Kong: Skull island, más un reboot que un remake, con Brie Larson como la protagonista femenina. Aparte de eso, varias subproducciones japonesas y americanas y seguro que incluso algún porno. Ya se sabe que el tema de la bestialidad y la zoofilia vende mucho.

De todo esto yo me quedaría con ese mundo de fantasía en el que aún existen dinosaurios, pterodáctilos, junglas exóticas, tribus sin civilizar que hacen sacrificios humanos a su rey gigante, embarcaciones perdidas en busca de fortuna con una rubia platino que pasaba por allí, una historia de amor im-po-si-ble y el retorno a la civilización que todo lo estropea. La imagen del rey Kong en lo alto del neoyorkino Empire State Building peleando con los aviones para conseguir unos segundos de intimidad con su adorada rubia ha pasado a la historia. Clasificada como una película de fantasía, creo que la frase final del original quizá desmienta esta calificación: “No fueron los aviones, al final lo que mató a la bestia fue la belleza”. No se puede ser más romántico.

viernes, 16 de octubre de 2020

David Bowie: El Duque

 

©Rob Cristo

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). No sé si será porque en mis años universitarios un querido amigo insistía en llamarme el Duque o porque mi primer novio me contó que David Bowie era el primer bisexual famoso y confeso de la historia y que la archiconocida Angie (por la canción y porque por aquel entonces era su esposa) se lo encontró en la cama con Mick Jagger (hecho creo que nunca probado y que ha pasado a formar parte de las leyendas urbanas relacionadas con famosos, como que Michael Jackson siempre quiso ser Diana Ross y que él y su hermana La Toya eran la misma persona o que uno de los componentes de Modern Talking -creo que el moreno- se cayó al suelo en mitad de un acto sexual y se rompió el pene… Ejem). El caso es que desde que, siendo un adolescente, descubrí las fotos de Bowie en los 70 con aquellos estilismos que pasaban de la androginia a la transgenética o incluso transespecie interplanetaria (mucho antes de que se inventase siquiera el concepto de género fluido), con aquellos vestidos largos acampanados y su melena rubia, que poco a poco se iría moldeando en una estética glam sideral glorificada por su personaje de Ziggy Stardust, me provocó una fascinación que iba -va- mucho más allá de la admiración como profesional o la atracción sexual.

Hay que reconocer que David Robert Jones, su verdadero nombre -su hijo es el director de cine de ciencia ficción (no podía ser menos) Duncan Jones- no era solo un tío guapo y sexy (no en el sentido estético actual probablemente) sino que fue uno de los mayores magos de la música e incluso de la contracultura de las décadas de los 70 y los 80, que sacudió los escenarios y las conciencias -aparte de la moralina de la época- de toda una generación, al menos. No me puedo imaginar lo que pensarían aquellas gentes de semejante presencia y su afán rupturista. Menos mal que le acompañaban una voz y una creatividad apabullantes, envolventes, ensoñadoras, que le llevaron incluso a varios papeles en el cine (nunca olvidaré su vampiro de El ansia, junto a unas inmensas Catherine Deneuve y Susan Sarandon…). No es verdad que tuviera un ojo de cada color (aunque yo eligiera representarlo así para contentar al des-conocimiento popular -más ilustraciones de la Aristocracia del Pop en la página de Rob Cristo). En realidad, parece que lo suyo fue consecuencia de una pelea adolescente -no olvidemos que había nacido en el conflictivo barrio londinense de Brixton- en la que una de sus pupilas quedó más dilatada que la otra de por vida, dándole así ese aspecto tan singularmente reptiliano.

Según se fue haciendo mayor fue depurando su apariencia hasta convertirse en el auténtico gentleman que llevaba dentro, ese Duque Blanco que siempre había aspirado a ser. Se casó con un personaje de cómic (¿quién mejor que Iman podía haber interpretado a Tormenta/Storm de los X-Men en una versión ochentera para el cine?), nunca dejó de trabajar y de experimentar y sus trabajos nunca defraudaron, siguiendo una línea coherente, digna, con clase, algo muy difícil de encontrar hoy en día. Poco a poco se fue asimilando con otra grande de la androginia: Tilda Swinton, que por cierto colaboró con él en el perverso vídeo-autohomenaje de una de sus últimas canciones, The stars (are out tonight). De hecho, quiero iniciar desde aquí una nueva leyenda urbana para añadir a este singular personaje. No os lo vais a creer, pero me han dicho, es más, lo sé de buena tinta, que David Bowie y Tilda Swinton son la misma persona…

martes, 9 de febrero de 2016

Y Bowie pasó por Bilbao

©RM

Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Sí, esto no termina nunca (la crisis) y además sin nuevo gobierno, lo que no sería tan malo si no fuera porque supone tener que aguantar unos meses más al actual “gobierno en funciones” y sus corruptelas generalizadas. Pero no todo iban a ser malas noticias. El pasado jueves, sin ir más lejos, David Bowie, sí, sí, el mismo, el camaleón del pop, el Duque Blanco, Ziggy Stardust, Starman, o como quieras llamarle, se paseó por las calles de Bilbao.


O al menos su espíritu lo hizo sin duda alguna. Seguramente nos estaría observando con orgullo desde las estrellas, a las que tantas veces cantó y en las que obviamente reside ahora con sus colegas Lou Reed y Freddie Mercury. Desde el escenario de SatéliteT, bajo el puente de Deusto, un número incontable de bandas locales rendían homenaje con sus versiones a la estrella del glam. Cada una desfiló para un único tema (aunque algunos de sus miembros demostraron ser muy promiscuos y no creer en ningún tipo de monogamia, ya que reaparecieron en diferentes formaciones) y todas juntas, al final, nos ofrecieron en el más improvisado estilo “We are the world”, el temazo: “Héroes” que daba título a la noche.

©RM

Camiseta de Rob Cristo
La convocatoria de Satélite T: “Podemos ser héroes, un día más” fue todo un exitazo. La sala estaba a tope y no te podías mover sin rozar sospechosamente a quien tuvieras al lado. Y yo que había esperado poder lucir mi nuevo modelo de camiseta de Rob Cristo homenajeando al artista, me quedé con las ganas, hubiera dado lo mismo que fuéramos desnudos, nadie se habría percatado. Eso no impidió que admirásemos a estos valientes que se atrevieron a versionar (como es lógico, unos con más arte que otros) al gran lord del pop, y quedó clara la huella que nos ha dejado a todos este auténtico héroe del atrevimiento, de la genialidad, la ambigüedad y la subversión escénica, cuya música fue siempre pareja al escándalo, a los rumores, a la reinvención y sobre todo, al no quedarse quieto. Jamás. Un auténtico ejemplo a seguir.

©RM
Se lo llevó un cáncer, como a tantas otras víctimas de esta pandemia innombrada aún por las autoridades de la OMS, pero se extiende y se extiende como los plásticos en el océano. Seguro que cada uno reflejamos sobre aquel escenario nuestras propias experiencias, nuestros propios recuerdos de las canciones del hombre de la mirada alienígena: “Let´s dance”, “Starman”, “The man who sold the world”, “Modern love”, “Ashes to ashes”, “Life on Mars”... A cada uno nos han dejado una impronta diferente y no me hubiera importado ver sobre el escenario un vídeo con los recuerdos personales que cada uno de los asistentes le ponía a la música de Bowie. Más allá de sus valores musicales, para mí fue uno de los primeros que pasó de las convenciones sobre género e identidad sexual. Él las exploró todas sobre el escenario (y dicen que fuera también), haciendo simplemente lo que le pedía el cuerpo. Como debe ser.

©RM

Se lo montaron bien los de Satélite T (prometen homenajes a otros artistas cada mes). Consiguieron que reviviéramos a Bowie por una noche (aunque eché de menos escuchar al menos un tema original). Y sí, todos nos sentimos héroes por una noche más. Aunque sólo fuera por seguir estando aquí.