Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cine. Mostrar todas las entradas

sábado, 26 de diciembre de 2020

King Kong y la rubia

©Rob Cristo

 Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Aquello era un despropósito: ¿un gorila gigante enamorado de una chica rubia de tamaño normal? ¿Cómo era eso incluso medianamente… plausible? El solo concepto de King Kong retaba a todas las leyes de la física, de la química, de las matemáticas incluso. A ver, todos sabemos que 1+1=2, donde solo cabe 1 no caben 2 y donde caben 2 no caben… ¿200? En fin, la peli se llevó a cabo y fue un gran éxito. Tanto que dio lugar a una secuela casi inmediata e incluso a un género, el de los monstruos gigantes. Y si no que se lo pregunten a los japoneses y su mina de oro del celuloide: Godzilla. De hecho, en el último Fotogramas creo que he leído que se está preparando una nueva peli de King Kong contra Godzilla. Sí, habéis leído bien, en pleno 2020.

Corría el año 1933 y la rubia se llamaba Fay Wray. O sea, la actriz que la interpretaba. Por eso esta ilustración de Rob Cristo se titula King Kong y Fay Wray, porque ella es tan protagonista de la historia como el gorila gigante: sin ella no habría motivación para el solitario monstruo, ni tampoco redención, no sentiríamos lástima por su sufrimiento ni querríamos que se cargase al maloso que lo explota. Y ella fue el molde en el que se basaron todas las demás rubias del cine de terror y aventuras, que gritan hasta desgañitarse y las pasan canutas, aunque nunca dejen de meterse en problemas, ya sea bajando al sótano en mitad de la noche, duchándose en un motel apartado regentado por un psicópata con complejo de Edipo o haciéndole ojitos a un mono gigante. A esto se une mi admiración desde pequeñito por las rubias (si son platino, mejor, creo que siempre quise ser un poco Hitchcock), empezando por la más grande, Marilyn Monroe, y acabando por estas heroínas de película de serie B que amenizaron nuestra niñez.

Pero la historia de King Kong no es en realidad más que una copia casi caricaturesca del cuento de La Bella y la Bestia, que a su vez se basaba en los mitos griegos de Zeus transformándose en cualquier tipo de criatura para seducir a la bella de turno y continuar su progenie. Aunque también es verdad que pertenece al género -literario y fílmico- de mundos perdidos y misteriosos en un tiempo en que el planeta aún conocía sus límites, sabía que le quedaba mucho por descubrir y esto excitaba la imaginación de creadores siempre admirados, al estilo de Julio Verne, que se inventaban mundos perdidos en el centro de la tierra, en el fondo del mar o en mitad del Pacífico. Como esta tremenda isla llamada Skull Island -que bien podría haberse inventado Monsieur Verne- donde el tiempo parece haberse detenido hace siglos. Casi como aquel otro clásico mucho más filosófico, Horizontes perdidos y su añorada Shangri-La, el país perdido en el Himalaya donde la gente no envejece y se vive en una paz continua…

Parece mentira que de una idea tan pasajera e incluso grotesca pudiera surgir una saga de películas, cómics, videojuegos y hasta obras de teatro. Si la primera secuela vino justo después del original, El hijo de Kong, el primer remake tuvo lugar en 1976 y el personaje de Fay Wray lo interpretaba una sensual y jovencísima Jessica Lange, que -rompiendo todas las convenciones- pasaría a convertirse en una gran actriz de carácter. En 2005 Peter Jackson hizo otro remake, esta vez ambientado en 1933, fecha de la producción original, y con Naomi Watts en el papel de la rubia. Y en 2017 llegaría Kong: Skull island, más un reboot que un remake, con Brie Larson como la protagonista femenina. Aparte de eso, varias subproducciones japonesas y americanas y seguro que incluso algún porno. Ya se sabe que el tema de la bestialidad y la zoofilia vende mucho.

De todo esto yo me quedaría con ese mundo de fantasía en el que aún existen dinosaurios, pterodáctilos, junglas exóticas, tribus sin civilizar que hacen sacrificios humanos a su rey gigante, embarcaciones perdidas en busca de fortuna con una rubia platino que pasaba por allí, una historia de amor im-po-si-ble y el retorno a la civilización que todo lo estropea. La imagen del rey Kong en lo alto del neoyorkino Empire State Building peleando con los aviones para conseguir unos segundos de intimidad con su adorada rubia ha pasado a la historia. Clasificada como una película de fantasía, creo que la frase final del original quizá desmienta esta calificación: “No fueron los aviones, al final lo que mató a la bestia fue la belleza”. No se puede ser más romántico.

viernes, 6 de noviembre de 2020

DIVINE, la más obscena

 

©Rob Cristo

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Divine, sex symbol, cantante, actriz, actor, drag queen, trans, obscena, ridícula, atrevida, musa underground, rompedora, sinvergüenza, gay, performer… Es casi imposible definir lo que era Divine, cuyo trabajo se extendió por las décadas de los 60, 70 y 80. En una de sus más famosas películas, Pink Flamingos, se la describía como “la persona más inmunda del mundo”. Y no era para menos, ya que en la escena final del film la actriz se comía, entre arcadas, en un plano rodado sin cortes, la caca recién excretada de un perro callejero. Hace ya tiempo, cuando vi la película en un cine de culto que funcionó durante años en los sótanos del Mercado Fuencarral en Madrid, me sorprendí al notar como un tío que estaba sentado en la fila de atrás, se masturbaba durante esta escena. Me imagino que hay gustos para todo. Un compañero de trabajo me confesó que durante años tuvo pesadillas recordando semejantes fotogramas. ¿Se puede ser más rompedora? Por eso es la última adquisición de mi galería de Chicas Malas

La verdad que mis primeras memorias del personaje son de los años 80, cuando Divine estaba intentando lanzar su carrera como cantante con éxitos tan infames como “You think you’re a man” o “I’m so beautiful”, con una voz más que desagradable y aspecto de drag queen trasnochada cuando el término aún ni siquiera se había popularizado. Era como una versión travestida de Torrente después de haberse tomado un ácido. Enseguida empecé a ver sus películas, todas ellas dirigidas por el rompedor director estadounidense John Waters (predecesor y seguro que inspiración del primer Almodóvar), de quien era musa. Años después tuve la oportunidad de entrevistar a este director en el Festival de San Sebastián y cuál sería mi sorpresa al darme cuenta de que el rey del cine underground de Baltimore (también ciudad origen de Divine) era en realidad un auténtico caballero que bien podría haber nacido en Cambridge… Con él rodó Divine la mayor parte de sus películas, incluyendo la ya mencionada Pink Flamingos y títulos como Polyester (que usaba el innovador sistema conocido como Odorama, gracias al cual se podía oler lo mismo que la protagonista, un ama de casa con un sentido olfativo superdesarrollado y un marido de lo más guarro) y su gran éxito, Hairspray (que años más tarde sería remakeado en versión musical con John Travolta en el papel de Divine; si Travolta tuvo que recurrir a prótesis de todo tipo -muy dignamente, todo hay que decirlo- en el caso de Divine, todo lo que se veía era real).

Si empezó su carrera como peluquero de señoras y tuvo una tienda de ropa vintage, su lucha por ganarse un lugar en el firmamento de la fama a costa de rodar escenas transgresoras le llevó a escapar varias veces de la policía, protagonizando situaciones al más puro estilo Hollywood huyendo en un coche a alta velocidad con las sirenas azules a sus espaldas. Llegó incluso a compartir pantalla con la famosa heredera/terrorista Patty Hearst… Sus problemas de sobrepeso le provocaron una muerte temprana (en 1988 a los 43 años), cuando su fama estaba empezando ya a tocar el circuito comercial interpretando incluso papeles de hombre. Su falta de prejuicios y moralidad, su gusto por el riesgo y por quebrantar las normas, su atrevimiento (que no hubiera desentonado en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón) y su desfachatez nos hacen pensar que hoy en día hacen falta más personas como ella porque hacen del mundo un sitio mucho mejor. O al menos mucho más divertido.

viernes, 23 de octubre de 2020

Cleopatra Jones y la Blaxploitation

 

©Rob Cristo

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid)Cleopatra Jones fue una de las primeras heroínas que elegí para mi serie de ilustraciones titulada Chicas Malas. Malas en el sentido de “traviesas, inconformistas, aguerridas, atípicas, representativas, luchadoras, sexis, protagonistas…” Era la continuación de mi primera serie Bad Boys, en la que los personajes solo entraban por ser barbudos y sexis, con lo cual ya suponía un paso adelante. Cleopatra Jones tenía ganado su lugar en este altar a las chicas con las que crecí, por derecho propio, solo por sus estilismos delirantes, sus  outfits tan 70s e irrepetibles, pero también por su presencia rotunda de mujer con agallas, capaz de plantarse delante de un grupo de malosos (o malosas) con una metralleta y llenar la pantalla por sí misma.

Porque Cleopatra Jones es un personaje cinematográfico de lo que se conoce como la Blaxploitation (o Blackploitation), movimiento cinematográfico surgido en los Estados Unidos a principios de los 70, que tenía como protagonistas a personajes afroamericanos (principalmente policías y detectives, pero también criaturas más fantásticas como vampiros) que patrullaban la ciudad (o más bien el barrio de Harlem) a ritmo de funk. Las bandas sonoras y los estilismos eran lo más remarcable de estas películas de serie B que contaron con gran éxito de público, con hits como el de nuestra protagonista (tuvo dos películas, Cleopatra Jones y Cleopatra Jones y el Casino de oro), Blackula (versión negra del clásico Drácula) o Las noches rojas de Harlem. Aunque a Cleopatra la interpretó en ambas películas la bellísima Tamara Dobson, la que de verdad se llevó el gato al agua dentro de este movimiento fue Pam Grier (especialmente en Foxy Brown), recuperada años después por Tarantino para protagonizar Jackie Brown. Y se puede decir que de estos éxitos saldría también la famosa serie de televisión Shaft, más adelante remakeada para el cine.

La Blaxploitation fue en realidad una reacción al poco protagonismo que los personajes negros habían tenido históricamente en el cine de Hollywood, casi siempre reducidos a personajes secundarios hasta la llegada de SidneyPoitier y con anécdotas tan tristes como cuando Hattie McDaniel ganó el Oscar a la mejor actriz de reparto por su interpretación en la (recientemente criticada por su representación de la explotación negra) clásica Lo que el viento se llevó, pero no se le permitió estar en la sala de ceremonias con sus compañeros de profesión blancos. Los años 70, sin embargo, habían pasado ya por Martin Luther King, Malcolm X y los Black Panthers, así que era necesario que algo cambiase.

Cleopatra Jones lucía estupenda en su papel de detective privada, con colores explosivos, afros que harían morir de envidia a Llongueras y unos pantalones de campana dignos de colgar de la misma Notre Dame. Los argumentos de sus dos películas la enfrentaban siempre a bandas de malosos regentadas por mujeres fuertes (y, oh, sorpresa, blancas y lesbianas) interpretadas en la primera entrega por ShelleyWinters y en la segunda por Stella Stevens. Recuerdo tener mi primer encuentro con el personaje en las sesiones de cine de los domingos por la tarde en el represivo colegio religioso en el que cursé la primaria y pensar: “estos curas no se enteran de nada”, porque me pareció increíble que nos mostrasen una peli tan libidinosa y llena de feromonas a un público de preadolescentes ansiosos de experiencias pecaminosas cuando desde su posición de poder criticaban y humillaban cualquier salida de tono…

Sea como fuere, Cleopatra Jones permaneció en mi altar particular de mujeres fuertes y glamurosas con esa garra y ferocidad tan camp que aún tardaría años en saber apreciar. Y hoy en día, tras el “Me too” y el “Black Lives matter” podemos decir que ese afro, esas campanolas y esa escopeta en ristre están de rabiosa actualidad en un tiempo en el que, desgraciadamente, tanto el machismo como el racismo siguen campando a sus anchas. Quizá haya llegado el momento en que Cleopatra Jones vuelva a coger su fusil para dar unas cuantas lecciones…

viernes, 9 de octubre de 2020

Viggo Mortensen mi ídolo

 

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). No sé si os habré contado alguna vez lo mucho que me ha gustado siempre Viggo Mortensen. Sí, está claro, es el prototipo nórdico, rubio, guapo y con ojos azules. Es verdad que cuando empecé a verle en películas como Crimen Perfecto o Psicosis (remakes, malos, de los clásicos de Hitchcock) solo me fijaba en eso. Luego llegó El señor de los anillos y poco a poco me empezó a parecer mucho mejor actor de lo que vaticinaba. Entonces leí varias entrevistas, me enteré de su pasado argentino, de lo bien que hablaba español (siendo yo mismo entre otras cosas profe de castellano, eso siempre me impresiona), pero además aprendí que también era artista, fotógrafo, poeta y no sé cuántas cosas más. Y ahora, tras haber visto su estreno como director de cine -Falling-, ya mi admiración se convierte en idolatría.

Porque, en esta maravillosa, poética y altamente recomendable película, Viggo Mortensen no solamente dirige, sino que además es uno de los dos protagonistas principales, cuyo personaje (en distintas edades) está casi en cada plano. Y al leer los títulos de crédito, tras esa maratón emocional de contención que es esta historia, me entero de que también ha escrito el guion (siendo yo también guionista, entre otras cosas, repito, pues os podéis imaginar…), ha producido el film y… ¡Hasta ha compuesto la banda sonora! Un auténtico hombre orquesta. Y todo esto así, sin darse mayor importancia, sin aparecer por ahí haciendo alardes de ego (como hacen muchos en su profesión). Más bien todo lo contrario, construyendo siempre su persona pública de una manera suave, discreta, casi secreta. Porque no sé si sabréis que lleva años viviendo en Madrid con la también actriz Ariadna Gil. Pero, ¿les habéis visto aparecer por ahí haciendo gala de superpareja? Pues no. Pues eso.

Falling es una historia seca -a pesar de la poesía que lo invade todo- precisamente por esa contención de sentimientos de la que hablaba. Viggo interpreta al hijo gay de un granjero americano (Lance Henriksen de mayor, Sverrir Gudnason de joven, dos maestros de la interpretación a los que no conocía) más que difícil, porque lo tiene todo: es tirano, sexista, xenófobo, homófobo, salido, maleducado, enfadado con el mundo y consigo mismo e incapaz de mostrar sus sentimientos. Y encima está perdiendo la cabeza al final de su vida. O sea, el típico personaje al que te apetece dar un buen puñetazo al de poco de empezar la película. Sus hijos (Viggo y una -exquisita como siempre- Laura Linney en su versión adulta y unos estupendos niños actores en la versión infantil, e iba a decir más frágil, pero los adultos tampoco están exentos de esa fragilidad) intentan lidiar con esta desquiciante personalidad en una continua batalla interna para no estallar y poner sobre la mesa todo el sufrimiento que les ha causado a lo largo de sus vidas. Y para más inri, el marido de Viggo es de origen oriental, su hija es hispana y los hijos de Linney no se quedan cortos: uno tiene el pelo azul y la otra está cubierta de tatuajes y de piercings. El show está garantizado. En otras manos este drama se hubiese regodeado en discusiones de alto voltaje, en escenas que dieran a sus protagonistas ese halo de “gran diva” que a muchos actores de Hollywood tanto gusta. Sin embargo, Mortensen se decanta por el minimalismo expresivo en todo momento (menos en uno, claro, tiene que haber un climax). Por ejemplo, la única -e intensa- escena con la hermana, es un manual del menos es más, de la retención, de la moderación: Linney intenta mantener todo el tiempo un optimismo y una brillante sonrisa que todos intuimos que en cualquier momento puede transformarse en sollozo. Incluso Viggo, en su representación (excelsa) de un hombre gay adulto que está empezando a hacerse mayor, minimiza los manierismos y la relación con su marido y su hija fluye sin artificios. Seguro que en algunos círculos criticarán que haya protagonizado él mismo la película en lugar de elegir a un actor que sea gay en la vida real. ¡Qué aburrimiento de discusión! Por favor, si son actores, la esencia de su profesión es representar ser lo que no son desde las grandes tragedias griegas…

Así que ya tenemos otro nuevo Leonardo (da Vinci), otro Durero, hombres renacentistas que lo mismo te pintaban un retrato que se inventaban una perspectiva o una máquina para volar. Viggo Mortensen toca muchos palos diferentes pero todos con arte, con sensibilidad y honestidad. Una excusa perfecta para volver a las salas de cine. Que son seguras, que os están esperando, que la cultura sigue existiendo y nos sigue necesitando a tod@s. Y nosotr@s a ella. Porque sin cultura no somos nada. 


miércoles, 7 de septiembre de 2016

La puerta abierta... al buen cine


Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Hoy, miércoles, día del espectador en muchos cines, te recomiendo que vayas a ver “La puerta abierta”, primer largo de la directora Marina Seresesky y, tengo que decirlo, la película que le gustaría hacer hoy en día a Almodóvar. Y lo digo así, sin acritud. No porque me sienta traicionado cada vez que voy a ver uno de sus estrenos y salgo con la misma decepción del cine. Siempre busco un atisbo de aquel Almodóvar de los 80 que tanto nos hizo reír y soñar, que reflejaba como nadie la nueva realidad que veíamos en las calles. O la que nos gustaría haber visto. Sin embargo su obra actual (todos sus últimos años, a excepción de “Volver”, e incluyendo el culebrón “Julieta”, absurda decisión de la Academia hacer que represente a España en la carrera hacia los Oscar…) me resulta plana, sobreactuada, teatral, sin sentido, incluso aburrida, y me pregunto si no es el resultado de la mente de alguien que hace demasiado tiempo que no vive.  Todo lo contrario que “La puerta abierta”.

Y hago la comparación almodovariana, porque en sus tres personajes centrales (o debería decir cuatro, incluyendo a la magnífica niña) encuentro ecos de aquella maravillosa “Qué he hecho yo para merecer esto”. Hay aquí un estupendo trabajo actoral, qué grande Terele Pávez, qué tremenda, cómo me ha recordado por primera vez a su hermana (Emma Penella, la doña Concha de “Aquí no hay quien viva”), qué bombón de personaje para una señora de su edad, para una de las grandes damas de nuestra escena. ¡Qué cruel y qué tierna a la vez! Y qué decir de Carmen Machi. Su amargado personaje destila realidad por todos los poros de su imperfecta piel, como aquella Carmen Maura (también amargada) del éxito ochentero de Almodóvar. Machi es el centro de la historia, no intenta despertar simpatía, es lo que es, como le dice su madre en la película (la Pávez): “puta y amargada”. Porque en esta historia todas son putas. Hasta las que no lo son. Por eso todo resulta tan sórdido, tan real, casi se puede oler ese piso-desastre en una corrala madrileña habitada por putas e hijas de puta (muy similar estéticamente a la que yo disfruté durante mis años de vida en Madrid, pero allí sólo tuvimos a un chapero durante unos meses como vecino), todas amargadas, todas haciéndose la vida imposible
las unas a las otras. El único rayo de luz proviene de la casi-inocencia de la transgénero interpretada con dulzura por Asier Etxeandia (otro grande de nuestro panorama actoral, hay que verlo en musical, en comedia, en drama… Yo tuve el honor de trabajar con él en mi corto “Encruzijados”, un auténtico profesional), que tiene que trascender lo increíble de su caracterización para que nos creamos a su tierno personaje, el único que aún conserva cierta ilusión por la vida, ciertos sueños (en su caso un buen par de tetas).

Si las otras vecinas, la cubana, la rusa, son putas, no lo es menos la única que no se dedica a ello profesionalmente, la portera (Sonia Almarcha, tremenda en “La soledad”), que en su propia amargura se comporta como una auténtica hija de puta. Y la que sí lo es, la niña rusa interpretada (y muy bien) por Lucía Balas, encierra en
Sonia Almarcha y la niña Lucía Balas
su mirada la sabiduría que una cría nunca debería tener, por haber visto y oído demasiado, ese instinto de supervivencia que no la hace menos vulnerable. Ella es la que desencadena la riada de sentimientos que quizá llevaba demasiados años encerrada en el interior de estas dos prostitutas ajadas, una vieja (y ya retirada) y la otra a punto de serlo, madre e hija, que se odian, se desprecian, se gritan, pero a la vez te hacen reír. Esas miradas de la Machi, de persona que ya no espera nada, que ya no se cree nada, desmontada por la ternura desesperada de la cría. Esos ojos desorbitados de la Pávez, que se cree su pasado inventado de celebridad. Y esa baratez de todo lo que las rodea. Incluso el licor de la Nochevieja: “era el más caro del chino”… Pero todo puede cambiar cuando menos te lo esperas. Sólo hace falta dejar la puerta abierta.

Terele Pávez y Carmen Machi
Buen cine, simple, bien narrado (sólo me sobra la pistola, esto no es cine americano, aquí no nos hacen falta, ya lo demostró Carmen Maura en aquella maravillosa película con la pata de jamón…), personajes sólidos, interpretaciones que salen de dentro y que se salen de la pantalla… Y, a pesar de lo que pueda parecer, una película divertida, con diálogos chispeantes (el guión estaba pensado para Machi y Amparo Baró, ambas colegas de “7 vidas”, pero Baró falleció durante el proceso) y mucha fantasía (representada en esas pestañas postizas “tan caras”, en las pelucas, las fotos de Sara Montiel). Cine realizado con pocos medios, sin grandes productoras por detrás y sin gran campaña de publicidad. Probablemente si pestañeas desaparecerá de la pantalla. Así que mejor no lo hagas. Vete al cine. Y disfruta. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

“A cambio de nada”: auténtico cine de un actor-director


Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). Seguro que conocéis a Daniel Guzmán. Así, de nombre, igual no, pero si os digo que es el actor que interpretaba a Rober, el novio de La Pija en “Aquí no hay quién viva”, seguro que ya le ponéis cara. Sí, es ese chico de barrio guapete y simpático que te puedes colgar como un llavero (a más de uno/una le gustaría)… Bueno, pues nos ha dado una agradable sorpresa con su primera peli como director: “A cambio de nada”.

Y ahora os preguntaréis que cómo es que no empiezo con algo de política, estando tan cerquita de las elecciones locales. Pues qué queréis que os diga que no esté ya dicho. El Gran Wyoming dixit: “el peor enemigo de la Espe no es La Sexta sino Google”. Vale para todos los políticos. Y yo añado que el peor enemigo de este país es la desmemoria, porque no me explico si no la subida repentina del PP en las encuestas, como si un tsunami de olvido nos invadiera borrando las bajadas de salarios, la ley mordaza, los trabajos basura, la corrupción, los sobresueldos, la financiación ilegal, la caja B, el IVA cultural, la ley Wert de deseducación, la incompetencia de un presidente inexistente, las mentiras, la desfachatez, la burla, la represión y el saqueo del fondo de pensiones. Pero como no me quiero poner serio, yo como los escritores, aquí he venido a hablar de cine. Y en este caso, de buen cine.


Guzmán y el prota, Miguel Herrán

Antonio Bachiller y Miguel Herrán
“A cambio de nada”, como os decía, es la ópera prima de Guzmán. El chaval (siempre en nuestra memoria con esa edad que nos repiten en uno de esos canales de repeticiones) dice que le ha costado diez años sacarla adelante. Y lo raro es que, estando los tiempos como están lo haya conseguido. Sobre todo porque entre el elenco de actores que dan vida a su historia sólo resalta el del siempre maravilloso Luis Tosar, siempre coherente, siempre sexy, siempre creíble… Pero igualmente deberían destacar los dos actores principales (que son los que llevan todo el peso de la trama): Miguel Herrán y Antonio Bachiller. Estupendos y reales a pesar de no ser actores profesionales (¿y qué importa? Quizá por eso sean tan reales), divertidos, tiernos, cercanos, creíbles, cachondos… Herrán es fácilmente imaginable como un joven Guzmán, por algo parte de sus recuerdos están en esta película (además es también menudo, mono, ese chico promete). Y esa señora, Antonia Guzmán… Sí, el apellido la delata, es la abuela del director en la vida real y tiene… ¡¡¡92 años!!! Y lo que es aún más sorprendente, esta es su primera película. Es como un cruce entre la Chus Lampreave de Almodóvar y la Margarita Lozano de “La mitad del cielo”.

Herrán y Antonia Guzmán
Y la historia. Tan fresca, tan divertida, tan de las que te llegan al corazón… Y a la vez tan cruda, tanta soledad, tanta insensatez en esas vidas que se intuyen perdidas pero para las que aún queda ese rayito de esperanza… Es un cine callejero sin llegar a los quinquis de Carlos Saura o Eloy de la Iglesia, una historia de hoy como las de Fernando León de Aranoa o Icíar Bollaín, que nos habla de esta sociedad en la que vivimos, tan poco preparada para las crisis (de cualquier tipo), que tan poco apoya a los desfavorecidos (y eso que en este caso no estamos hablando de inmigrantes - tal y como nos han dejado la vida, hoy en día el desfavorecido es cualquiera). Pero al mismo tiempo nos cuenta el despertar de dos adolescentes a la vida, con sus aventuras y escarceos, siempre salidos, con su inocencia aún de niños y esos equívocos roles de comportamiento que tanto necesitan seguir… Por momentos temí que la historia cayera en la tragedia, en un punto sin retorno al que nos hubieran llevado Ken Loach o incluso Mike Leigh, pero muchas gracias, Daniel: nos has dejado entrever que siempre hay un mañana. Y eso, en tiempos como los que corren, es muy de agradecer. 


jueves, 2 de octubre de 2014

Hablemos de cultura y cine otra vez


Bilbao, año 6 d.c. (después de la crisis). Hoy (como siempre) me he propuesto no hablar de política. Hoy quiero hablar de cultura. Sí, esa palabra tan denostada por nuestros gobernantes (ya empezamos). ¿Que por qué quiero hablar de cultura? ¿Y por qué no? La verdad es que todo viene porque el otro día fui al cine y me llevé una sorpresa. Primero, porque había colas para entrar a pesar de ser lunes (o quizá por ello, 4 euros la entrada, ¿quiere o no quiere la gente ir al cine cuando le dan precios razonables?). Me recordó mucho a los días de mi niñez en los que hacía cola con mi hermano para entrar a ver sesiones matinales dobles… ¿Qué película iba a ver? Una española. Sí, señores, han oído bien. A mí siempre me ha gustado el cine español (unas veces más que otras, como el americano, el argentino o el alemán). Pero es verdad que cada vez encuentro más interés en nuestra cinematografía. Segunda sorpresa: la sala donde ponían “La isla mínima”, de Alberto Rodríguez (estupendo cineasta andaluz, os recomiendo reviséis su filmografía, además majo tío, le entrevisté una vez hace siglos…) estaba a rebosar. Durante la proyección el ambiente se podía masticar, todos estábamos intrigados, angustiados ante lo
Gutiérrez y Arévalo
que este narrador visual nos estaba contando en medio de esas marismas andaluzas. ¡Cuánta poesía entre tanto cutrerío y sordidez! Esas imágenes aéreas del coto de Doñana, esos pájaros, esas miradas de Javier Gutiérrez (“Águila roja”) y Raúl Arévalo (“Con el culo al aire”). Por cierto, a este último le vi el otro día en el Festival de Cine de San Sebastián y es mucho más mono en persona de lo que parece en la pantalla…

Este título de reciente estreno, unido al de “El niño”, de Daniel Monzón, “8 apellidos vascos”, de Emilio Martínez Lázaro y la próxima “Torrente 5”, de Santiago Segura (con Alec Baldwin, el ex de la Basinger), han subido a tal nivel el porcentaje de público que ha ido este año a ver cine español que sólo con eso los ministros de Industria y Cultura (aunque a él le pegue mejor la in-cultura) deberían disculparse ante el país entero y en especial ante el mundo del cine español por la mala prensa y el terrible trato que le han dado a lo largo de toda esta inmunda legislatura que pasará a la historia como una de las peores de la democracia (sino la peor, espero que no lleguen después otros que les hagan parecer buenos). Quizá debería insultarles ahora que el Fiscal General ha dado permiso para hacerlo en la red (a Ada Colau no le han aceptado su denuncia contra Cristina Cifuentes por llamarla etarra basándose en la libertad de expresión), pero no voy a caer en sus artimañas para que luego me pongan una multa o me lleven a la cárcel como a otros cuyo único crimen fue tirar una tarta o protestar ante un desahucio… Al fin y al cabo bastante tengo con que Facebook me siga censurando mi blog de cine y televisión (no os lo perdáis, es estupendo y necesito subir visitas, compartirlo, haceros miembros, criticarlo, alabarlo: www.robmadrugada.esy.es).

  

¿Que la gente no va al cine? Yo más bien diría que no va cuando los precios no se ajustan a la realidad económica de este país. Sin ir más lejos hace un par de semanas tuve el placer de disfrutar gratis, en pantalla grande, con buen sonido y en versión original de “Desayuno con diamantes(tremenda Audrey Hepburn, bellísimo George Peppard) y “Cantando bajo la lluvia(qué gozada de historia, qué alegría de vivir, qué colorido… y eso que a mí no me gustan los musicales). Y de nuevo, los dos días la sala estaba a rebosar: gente mayor, gente joven, gente mediana, hipsters, marujas, empollones, gafapastas… Al final de la sesión, aplausos. ¿Que a la gente no le gusta el cine? Ja.  

"Singin' in the rain"

"Breakfast at Tiffany´s"













¿Y qué me decís de los libros? Sí, está claro que cada vez se ve a más gente en el metro leyendo sus e-books, pero eso también es lectura, ¿no? Y la verdad que no me extraña porque en este país (¿o debería decir república bananera controlada por los mismos de siempre?) el precio de los libros es tan desproporcionado que por menos de 20 euros es ya imposible comprarse una novedad (incluso en tapas blandas). Claro, están las bibliotecas. Pero cuando la gente tiene que elegir entre pagar veintitantos euros o bajárselo gratis de internet… ¿Tú, qué harías? Para mí (que para ciertas cosas soy un anticuado), nada se puede comparar al tacto del papel, el peso, el poder mirar cuántas páginas me quedan para acabar y sufrir con esa dulce agonía de la proximidad del final… Pero reconozco que aquí sólo me compro de año en año alguna edición barata de algún título pasado. Donde realmente consumo libros es en Inglaterra. Allí sí que saben proteger la cultura. Allí por 6 ó 7 libras te compras una edición reciente. Y con la cantidad de tiendas de ofertas o de segunda mano que hay, al final siempre encuentras obras increíbles por 2 ó 3 euros. A esos precios, ¿quién se puede arrepentir incluso si al final no te gusta? Y es que, ¿sabéis cuál es el IVA sobre los libros en Gran Bretaña?: 0%. Flipemos. Y los museos son de acceso gratis. Así, ¿quién no consume cultura? Comparémoslo con España, donde casi cualquier manifestación cultural se graba a un 21% de IVA… Cómo no va a caer el sector… Pero claro, luego se incluyen los beneficios del tráfico de drogas y de la prostitución para aumentar el PIB(¿había dicho ya lo de república bananera?). Así que no me extraña que en algunos teatros de Madrid hayan optado por venderte una zanahoria en lugar de una entrada, para poder cobrarte un IVA más bajo. ¿Y las prostitutas cargarán el IVA? Me pregunto cuánto será por un servicio completo. ¿Variará si sólo es una manualidad? ¿Y en cuanto al tráfico de drogas, se puede grabar igual un kilo de hachís marroquí que uno de heroína colombiana? ¿Habrá también crowdfunding para el narcotráfico? En fin, que ya no sé si seguir intentando dedicarme a la cultura o pasarme al camelleo. Porque lo de la prostitución me pilla ya un poco mayor, que si no, tal y como está el país…

Poesía visual en "La isla mínima"

sábado, 30 de noviembre de 2013

I wanna be a Manic Street Preachers’ backing singer

 

Bilbao. Año 5 dc (después de la crisis). El fin de semana pasado tuve una revelación: por fin sé lo que quiero hacer en mi vida. Quiero ser la corista negra de los Manic Street Preachers. Puede que muchos no conozcáis a este grupo galés que actuó el viernes pasado en el BEC de Bilbao (deberíamos decir Barakaldo, que es donde realmente está), como parte del festival BIME. Había esperado más de 15 años para tener el gusto de verles actuar en directo. Desde que mi marido me los presentara al de poco de regresar a España e instalarnos en Madrid. Creo recordar que los vi por primera vez en uno de los últimos programas de música que RTVE se atrevió a hacer, “El séptimo de caballería”, presentado (con mucha baba) por Miguel Bosé (debería limitarse a cantar). Lo mejor que tenía aquel programa eran sus invitados y la música que tocaban en directo. Por allí pasaron REM, los Manic, Ariel Rot, Santiago Auserón, Chavela Vargas y hasta Madonna. Pero los Manic… ¡Ay, esos solos de trompeta me enamoraron! Mi marido me contó cómo uno de sus líderes, Richey, había desaparecido en los 90 y siempre se había dicho que saltó desde un puente cerca de Cardiff para sumergirse en un río y acabar con su vida. Nunca se le encontró…

 

Desde entonces estuve enamorado de la música de los Manic y me sirvió como banda sonora mientras escribía uno de mis guiones para largometraje. En él contaba, o más bien fantaseaba, sobre los acontecimientos que habían rodeado a la muerte de mi aita, uno de los hechos más traumáticos que había experimentado hasta entonces. Lo curioso es que aquel proyecto me llevó hasta un concurso organizado por la distribuidora Universal en el que buscaban creadores de nuevos proyectos. ¡Y quedé finalista! Llegué hasta los escenarios del Festival de Cine de San Sebastián para defenderlo. Éramos 12 creadores con ganas de dar el salto al largo, todos –o casi todos, el que ganó ya tenía su experiencia- éramos principiantes, inocentes y creíamos que aquello, aunque no ganáramos, nos abriría las puertas. ¡Qué nervios! Nunca me había visto sobre un escenario delante de una multitud (me salvó ver entre el público a mi amiga Nieves sonriendo) y un jurado (que incluía a una bastante borde Candela Peña y al encantador guionista de “El hijo de la novia”). Teníamos que defender el proyecto y presentar algo que lo apoyase. Yo había preparado un monólogo representado por dos de mis amigos actores, Aitor y Ainhoa, basado en uno de los capítulos del guión. También había preparado una grabación de cómo me imaginaba el look de la peli. La banda sonora, desde luego, era “Ocean spray”, de los Manic. Podeís escucharlo si abrís el link en otra pestaña:


El solo de trompeta estaba dedicado a uno de los pasajes más emotivos de la historia de mi aita (mitad ficción-mitad realidad).


Cuando el viernes pasado llegamos al BEC empecé a darme cuenta de la magia de todo este círculo. Resulta que estábamos en un edificio que se había construido sobre el suelo que antiguamente ocupaba la fábrica de Altos Hornos de Vizcaya, en la que habían trabajado toda su vida mi abuelo, mis tíos y, claro, mi aita. Allí era donde íbamos los domingos a esperarle para dar un paseo y aquellos pasillos eran los que él se habría recorrido innumerables veces en sus turnos de trabajo. Un espacio gigantesco, frío, sin demasiada alma, casi imposible de llenar para los conciertos programados. Nada más llegar, conocimos a una curiosa viajera, Deborah, inglesa, que se recorría el mundo para ver a su banda favorita, los Manic Street Preachers. Los había visto ya cerca de 100 veces, en sitios tan diversos como Japón, Australia y ahora Bilbao. En cuanto le conté mi preferencia por esta maravillosa canción, me informó con toda seguridad que no la iban a tocar, porque en esta gira no era una de las que estaban usando.

John Grant
Antes que los Manic actuaba John Grant, uno de los últimos exitazos de las radios mundiales. Todo un caballero. Ya talludito, con aspecto de oso (barba pelirroja, camisa de leñador, gorro de lana y movimientos de backing singer-corista). Abiertamente gay, canta con la masculinidad de un Sinatra cualquiera mezclado con Richard Hawley (ex de Pulp) o incluso Nick Cave. Canciones melódicas tan pegadizas como ésta:



En ellas utiliza un vocabulario abierto, que a algunos les puede parecer hasta grosero: “I´m the greatest mother fucker…” Y en uno de sus conciertos salió del armario como portador del VIH. Olé sus huevos. Se presentó en un castellano dulce e impoluto, al que regresó en diferentes momentos de la actuación, probando incluso algo de euskera con su “eskerrik asko”. Ya quisieran las Ana Botella de este mundo desenvolverse así de bien con los idiomas.

Algo que me llamó mucho la atención de estos conciertos es que la gente fumaba como si la ley antitabaco nunca hubiera existido. Y los guardias de seguridad brillaban por su ausencia, sólo les interesaba que no entrases con alcohol para que tuvieras que pagar los 8 euracos que costaba el katxi de cerveza.

Y entonces llegaron los Manic. ¡Qué gustazo! Empezaron fuerte con su “Motorcycle emptiness”:


¿Y a que no sabéis cuál fue la tercera canción? Pues sí, “Ocean spray”. Yo estaba extático… El solo de trompeta me llegó al alma. Casi pude percibir la presencia de mi aita sonriéndome, agradeciéndome el homenaje en el que había sido su lugar de trabajo durante tantos años… Fue un concierto monumental, casi un grandes éxitos. Había esperado quince años para escucharles en directo pero había merecido la pena, los tenía ahí delante, muy cerquita porque no había demasiada gente. Y tocaron tantos de los temas que yo había usado durante años como banda sonora de mis reportajes enNosolomusica Como decía, todo un homenaje. Viéndoles me di cuenta que había encontrado mi vocación: quería ser backing singer (suena mucho mejor que corista) de los Manic. Pero eso sí, negra, que tienen mucha mejor voz y sus movimientos de caderas son más sensuales…


¿Y de mi proyecto de guión? Bueno, evidentemente no gané, se lo llevó el único que ya tenía experiencia probada dirigiendo. Pero sí que lo acabé, lo pulí, lo moví por varias productoras y una de Andalucía estuvo casi a punto de aceptarlo (y eso que toda la historia se desarrollaba en Bilbao). Pero nunca llegó a hacerse. Se llamaba “Fresas en septiembre”. Hace poco lo estuve revisando y me seguía gustando. Tanto que incluso me surgió la idea de recobrar los personajes 15 años después y ver qué había sido de ellos. ¿¿¿Os imagináis cuál será la banda sonora???

Manic Street Preachers