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domingo, 4 de octubre de 2020

Anoché soñe con un concierto de El columpio asesino

 


Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Parecía que no pero sí, hay vida para la cultura (iba a decir después, pero aún no) durante la pandemia. Anoche fue la prueba perfecta. La Sala BBK deBilbao nos ofreció un auténtico lujo: ¡Un concierto! Qué digo un concierto, más bien un conciertazo. Nada más y nada menos que El columpio asesino, en vivo, en directo, como en los viejos tiempos. O bueno, casi como en los viejos tiempos. En realidad yo nunca había estado en un concierto como este. Algo así como una tercera parte del aforo (a pesar de que había llenazo), todos sentados en sillas individuales separadas a ambos lados y delante y detrás por un mínimo de metro y medio medido del resto de asistentes. O sea, una experiencia totalmente individual, ya que no se podía ni siquiera comentar con quien hubieras ido por la distancia. Así y todo, bendita sea la velada.

Hacía… ni me acuerdo del tiempo desde la última vez que había ido a un concierto. Es verdad que hoy en día, todo lo anterior al virus me parece que ocurrió hace ya un siglo -como decía alguien en Internet, cualquier serie es ya un melodrama histórico porque nadie lleva mascarillas. Pero para mí la experiencia de ir a conciertos era la de estar de pie, bailando y con una birra en la mano, comentando la jugada con quien quiera que hubiese ido. Es verdad que, obviamente, ahora todo es distinto. Porque tiene que serlo, no nos queda más remedio. Y podemos disfrutarlo. Porque así y todo fue una sensación de vuelta a la vida, de esperanza... Disfrutar de un directo un sábado por la noche, ¡guau! Y de El columpio asesino…

La acústica de la BBK es maravillosa, la música sonaba como si estuviese saliendo directamente del disco, el juego de luces era realmente envolvente, el grupo…, ¿qué voy a decir de ellos? Solo necesito cinco palabras: IM-PRE-SIO-NAN-TE. Si los pamplonicos empezaron el concierto con su último hit, “Preparada” y lo acabaron -antes de los bises- con su ya clásico “Toro”, en medio nos deleitaron con toda una saga de títulos de lo más disfrutables entre cuyas letras pululan quasi mágicamente cadáveres, lágrimas amargas, ballenas muertas, botes de humo, copas de champán, diamantes, azotes, mataderos de uralita, perlas y vicio, sobre todo mucho vicio. Porque las letras de El columpio son letras canallas, de rock, de pop electrónico y hasta de punk, de poesía casi sórdida entonada por las voces y los gritos de Cristina Martínez (me recordaba un poco a la Chrissie Hynde de Pretenders cuando les vi en Madrid hace ya muchos años) y de Albaro Arizaleta, que consiguieron que l@s asistentes “bailaran” a pesar de estar sentad@s. Algun@s se encontraban cerca del paroxismo por la imposibilidad de lanzarse a dar saltos al ritmo de sus canciones. Y se notaba que al grupo también le hacía falta que nos echásemos allí mismo a bailar desenfrenadamente. Habrá que esperar aún, pero todo llegará.

Mientras tanto, por favor, disfrutemos de los conciertos, disfrutemos de la cultura, del teatro, de la danza, del cine… Son espacios perfectamente seguros, mucho más que el interior de cualquier bar. No les tengamos miedo, seamos sensatos, pero disfrutemos. Porque aún hay vida -incluso- durante la pandemia. Y estamos deseando disfrutarla.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Gilda se cruza con Belize en la Gran Vía



Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). Algo increíble ocurrió la otra tarde en las calles de Bilbao. En plena Gran Vía. Los focos se lo perdieron, las incontables cámaras de los móviles, iphones y dispositivos varios también: Gilda se cruzó con Belize. ¿Cómo? ¿Que no sabes quiénes son? Pues está claro, o eres muy joven o muy mayor. O quizá las dos cosas a la vez. O no te gusta la música ni el cine ni los idiomas. ¿Cómo, que no te gusta la vida…? Eso hay que remediarlo.

Belize
Fue un gran acontecimiento. A eso de las 19.45, en el cruce entre El Corte Inglés, Zara, y varios bancos de esos que te cobran comisión doble, se produjo un encuentro irrepetible. Los de Belize, esa fantástica banda que por ahora suena en Radio 3 pero que muy fácilmente podría sonar en cualquier otra cadena, salían de su presentación en la FNAC. Y Gilda, sí, la incomparable, la única Rita Hayworth (“There never was a woman like Gilda” – “Nunca hubo otra mujer como Gilda” – leía la publicidad de la película, y qué razón tenía) se dirigía, embutida en su encorsetado vestido negro con sus inconfundibles guantes largos y su estola de visón blanca, hacia la Sala BBK, donde se proyectaba la película que la convirtió en leyenda, en pantalla grande y en versión original. En glorioso blanco y negro.

Los cuatro componentes de la presentación acústica de su último álbum, nos sorprendieron con unas canciones frescas y maduras al mismo tiempo. Frescas como ellos, como su presencia de niños recién salidos del instituto (sé que no los son, pero lo parecen). Y maduras como sus voces, cascadas, profundas, de una calidez que quién diría que han vivido mucho en sus cortas vidas. Nos sorprendieron porque verles y oírles era como dos experiencias completamente distintas. Si sólo los escuchabas, te imaginabas a dos
Belize al completo
personas adultas, vividas, quizá una dama del jazz y un cavernoso cantante trasnochado en mil garitos. Si sólo los mirabas, veías a unos chavales alegres, frescos (son hermanos, nos dijeron), disfrutando de su música y del hecho de estar allí, con un montón de experiencias todavía por vivir pero que hacen una creación única. Y digo única no sólo por cómo suenan, por esa potencia poética que nos embargó, sino por el hecho de que cantaban a la vez en inglés y español.


Sí, ya sé que muchos grupos cantan en ambos idiomas, ¡pero no al mismo tiempo! Me explico. En las canciones de “Belize” (título también de este su último y reciente álbum) los estribillos en inglés se mezclan con coros en español y al contrario. O sea, que estás oyendo al mismo tiempo ambos idiomas. Me resultó una apuesta arriesgada, original y con un resultado increíblemente suave; ciertamente te entraba por los poros. Igual que su optimismo y sus sonrisas. ¡Qué jóvenes! Cada vez me ocurre más que los que actúan en los conciertos YA podrían ser mis hijos. Y me recuerdan a mi propia energía de entonces…

Gilda a punto de pecar
Y hablando de energía, a la vuelta de la esquina de la FNAC, justo después, nos esperaba otro evento mágico y gratis. Ver a Rita-Gilda-Rita (“Todos los hombres se acostaban con Gilda pero se despertaban con Rita”, según confesaría ella misma amargamente) en el apogeo de su belleza. Y también mezclando el inglés con el castellano. Versión original subtitulada, como tiene que ser. Para apreciar esas voces sensuales, esas inflexiones, esa manera de vocalizar… Y esos labios pintados de rojo bermellón (aunque los veamos en blanco y negro). Gilda, con sus insinuantes movimientos de caderas y de piernas, con ese
giro de melena (parece que durante el rodaje le lavaban el pelo cada cinco minutos para que estuviera perfecto), involucrada en esa trama noir que en realidad a nadie interesaba porque lo que todo el público quería ver era cómo sufría Glenn Ford (tan joven también, podría haber formado parte de Belize) en las manos de esa pérfida pelirroja (que al final se descubre no lo era tanto, ups, spoiler), cómo la abofetea después de que se quite el famoso guante (antes ya le había abofeteado ella a él). En realidad era una historia de resentimiento, de amor y odio mezclado hasta tal punto que era imposible distinguirlos (“Johnny, te odio tanto que soy capaz de hundirme a mí misma para arrastrarte conmigo…”). Si todo el mundo esperaba la conocida escena del guante no nos impactó menos ese otro baile con el vestido blanco –“Amado mío”-, ese movimiento perfecto de piernas (Rita venía de padre español bailarín y Fred Astaire la calificó como “la mejor pareja de baile que había tenido nunca”) y la forma en que el vestido escondía púdicamente su ombligo como mandaba el Código Hays de la época, que hacía que realmente quisieras vérselo...

Se odian-se aman-se odian-se aman...
En España “Gilda” tardó cinco años en estrenarse debido a la represión franquista. De ella decían que tenía que ser comunista, puesto que “una mujer católica nunca podría ser tan
pérfida”. En las iglesias los curas obligaban a confesarse a quien la hubiera visto. Y las malas lenguas decían que a España había llegado la versión censurada (tan acostumbrados estaban a los cortes de escenas) y que en la versión original Rita se quedaba desnuda tras quitarse el guante. ¡Ya les hubiera gustado a ellos! Nada más lejos de la moral del Hollywood de la época. Pero la película convirtió a esa mujer de melena inabarcable en la leyenda que ni ella misma pudo superar. Cuentan que cuando (ya enferma de Alzheimer) se veía a sí misma en la pantalla era incapaz de reconocerse. ¿Quién podría superar eso?



Esa fue una tarde de suerte. Primero, descubrir a Belize y su pop fresco. Después, redescubrir a Gilda gracias a la iniciativa de Arrebato Zinema. Y todo gratis. Ya podía haber más tardes así. 

Bellísimos y apasionados Rita y Glenn

lunes, 30 de marzo de 2015

We are standard vs. Jero Romero

We are standard

Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). We are standard vs. Jero Romero. ¿Va a ser esto un partido de fútbol? Los que me conocéis ya sabéis que no me gusta la competición y que mi único interés en ese deporte es cuando los jugadores se quitan la camiseta y se dan palmaditas en el culo. Al final va a resultar que esto de que todo va bien va a ser cierto, porque si no cómo se entiende que haya habido dos conciertos apetecibles en Bilbao en tres días (sí, habéis oído bien, han sido 2 conciertos en 3 días, lo escribo en números por si acaso). Y la sorpresa es que uno de ellos es de aquí al lado, de Getxo mismo: We are standard. Y se nota. Porque son de Getxo, no de Lamiako o Erandio, no, de Getxo, margen derecha, casitas junto al mar, buena alimentación, familias con nombre, pedigree… dinero, vamos. Nada que ver con los grupos de Sestao o Barakaldo, en la margen izquierda. Por lo tanto, pop internacional, limpio, con personalidad, cantando en inglés pero bien, es decir, con buen acento, entendible. Porque en Getxo la educación se nota. Y las buenas maneras.

We are standard (Deu Txakartegi al frente)
El cantante (y presencia lideresa de la banda) comienza el concierto en la Sala BBK de Bilbao manejándose por el escenario como un carismático Jarvis Cocker (de Pulp), al
Jarvis Cocker
que probablemente también iguale en altura y delgadez, para recordarnos enseguida a las poses protagónicas de
Brett Anderson (de Suede, que en un concierto en la Riviera de Madrid me sorprendió manejando el micrófono como una trabajadora del sexo manejaría su bolsito). Pero qué queréis que os diga, a mí me ponen los chicos con personalidad y a los que no les importa mostrar amaneramiento en el escenario para resultar encantadores. Y por supuesto Deu Txakartegi lo es. Si en la segunda
Brett Anderson
canción me parecía estar escuchando a los neoyorkinos
(y muy gays) Scissor Sisters, enseguida se fueron por los derroteros de U2 y Simple Minds. Si a esto le sumamos que en los bises versionaron a Velvet Underground y The Clash, qué más se puede añadir, pop glam con personalidad, el tío se ganó a un público sin alcohol (por favor, Sala BBK, no se puede tener a los asistentes a estos conciertos
Scissor Sisters
sin ni siquiera una cervecita)
que, a base de pedírselo, acabó bailando a rabiar (y ya sabéis eso que dicen de que los vascos no bailamos), por algo sería. En un momento dado nos preguntó si queríamos que se quitase la camiseta: no, por favor, te sienta demasiado bien la americana.


The Sunday Drivers
Dos días después me volvía a sorprender. Jero Romero en el Café Antzokia. Cómo echo de menos los días en los que lideraba The Sunday Drivers, y eso que su carrera en solitario me parece super coherente, quizá sea porque me recuerda cuando aún siendo unos desconocidos se vinieron a un plató que teníamos en el barrio de Lavapiés donde grabábamos conciertillos en falso directo para uno de los primeros programas gays de televisión, “Uno Más”, que sorprendentemente se emitía en el segundo canal de Telemadrid: La Otra. Por allí pasaron un montón de grupos que estaban empezando, desde los mencionados The Sunday Drivers hasta Pereza, simplemente porque necesitaban promocionar sus discos y este programa era muy visto entre los nocturnos. Recuerdo a Jero como un chaval majete y enrollado y por eso digo que su carrera en solitario me parece coherente. Aunque no cante en inglés (como hacía con el grupo cuyo nombre en realidad significa “Los domingueros”), ni falta que le hace. Su lírica personal y poética probablemente llega mejor en castellano. Su voz no podría compararla con la de ningún 
Jero Romero

otro grupo o solista, no por mejor o peor, simplemente por personalidad, por tono, por sonido. Me gustan mucho sus canciones, me encantan sus letras y me emociona su actitud de “pasaba por aquí”. Se ha hecho mayor (¿no nos ha pasado a todos?), pero conserva un magnetismo auténtico, que te provoca emociones cuando lo oyes, que te hace repensar sobre tu vida o la de los demás. No sé por qué, pero a lo largo de todo el concierto no pude dejar de pensar en mi amiga Marta, que lucha valientemente contra el cáncer en estos momentos. Sería por la poesía intimista.

Jero quiere que le llames




¿Quién ganó el partido? A lo dicho, no me gusta la competición. Lo que me gusta es que, a pesar de Wert, a pesar de Rajoy, a pesar de la Cospe, todavía podamos disfrutar de las cosas sencillas y primitivas de la vida: como la buena música y el buen hacer en el escenario. Me imagino que aún hay esperanza para nosotros. Incluso en año de elecciones.