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viernes, 9 de octubre de 2020

Viggo Mortensen mi ídolo

 

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). No sé si os habré contado alguna vez lo mucho que me ha gustado siempre Viggo Mortensen. Sí, está claro, es el prototipo nórdico, rubio, guapo y con ojos azules. Es verdad que cuando empecé a verle en películas como Crimen Perfecto o Psicosis (remakes, malos, de los clásicos de Hitchcock) solo me fijaba en eso. Luego llegó El señor de los anillos y poco a poco me empezó a parecer mucho mejor actor de lo que vaticinaba. Entonces leí varias entrevistas, me enteré de su pasado argentino, de lo bien que hablaba español (siendo yo mismo entre otras cosas profe de castellano, eso siempre me impresiona), pero además aprendí que también era artista, fotógrafo, poeta y no sé cuántas cosas más. Y ahora, tras haber visto su estreno como director de cine -Falling-, ya mi admiración se convierte en idolatría.

Porque, en esta maravillosa, poética y altamente recomendable película, Viggo Mortensen no solamente dirige, sino que además es uno de los dos protagonistas principales, cuyo personaje (en distintas edades) está casi en cada plano. Y al leer los títulos de crédito, tras esa maratón emocional de contención que es esta historia, me entero de que también ha escrito el guion (siendo yo también guionista, entre otras cosas, repito, pues os podéis imaginar…), ha producido el film y… ¡Hasta ha compuesto la banda sonora! Un auténtico hombre orquesta. Y todo esto así, sin darse mayor importancia, sin aparecer por ahí haciendo alardes de ego (como hacen muchos en su profesión). Más bien todo lo contrario, construyendo siempre su persona pública de una manera suave, discreta, casi secreta. Porque no sé si sabréis que lleva años viviendo en Madrid con la también actriz Ariadna Gil. Pero, ¿les habéis visto aparecer por ahí haciendo gala de superpareja? Pues no. Pues eso.

Falling es una historia seca -a pesar de la poesía que lo invade todo- precisamente por esa contención de sentimientos de la que hablaba. Viggo interpreta al hijo gay de un granjero americano (Lance Henriksen de mayor, Sverrir Gudnason de joven, dos maestros de la interpretación a los que no conocía) más que difícil, porque lo tiene todo: es tirano, sexista, xenófobo, homófobo, salido, maleducado, enfadado con el mundo y consigo mismo e incapaz de mostrar sus sentimientos. Y encima está perdiendo la cabeza al final de su vida. O sea, el típico personaje al que te apetece dar un buen puñetazo al de poco de empezar la película. Sus hijos (Viggo y una -exquisita como siempre- Laura Linney en su versión adulta y unos estupendos niños actores en la versión infantil, e iba a decir más frágil, pero los adultos tampoco están exentos de esa fragilidad) intentan lidiar con esta desquiciante personalidad en una continua batalla interna para no estallar y poner sobre la mesa todo el sufrimiento que les ha causado a lo largo de sus vidas. Y para más inri, el marido de Viggo es de origen oriental, su hija es hispana y los hijos de Linney no se quedan cortos: uno tiene el pelo azul y la otra está cubierta de tatuajes y de piercings. El show está garantizado. En otras manos este drama se hubiese regodeado en discusiones de alto voltaje, en escenas que dieran a sus protagonistas ese halo de “gran diva” que a muchos actores de Hollywood tanto gusta. Sin embargo, Mortensen se decanta por el minimalismo expresivo en todo momento (menos en uno, claro, tiene que haber un climax). Por ejemplo, la única -e intensa- escena con la hermana, es un manual del menos es más, de la retención, de la moderación: Linney intenta mantener todo el tiempo un optimismo y una brillante sonrisa que todos intuimos que en cualquier momento puede transformarse en sollozo. Incluso Viggo, en su representación (excelsa) de un hombre gay adulto que está empezando a hacerse mayor, minimiza los manierismos y la relación con su marido y su hija fluye sin artificios. Seguro que en algunos círculos criticarán que haya protagonizado él mismo la película en lugar de elegir a un actor que sea gay en la vida real. ¡Qué aburrimiento de discusión! Por favor, si son actores, la esencia de su profesión es representar ser lo que no son desde las grandes tragedias griegas…

Así que ya tenemos otro nuevo Leonardo (da Vinci), otro Durero, hombres renacentistas que lo mismo te pintaban un retrato que se inventaban una perspectiva o una máquina para volar. Viggo Mortensen toca muchos palos diferentes pero todos con arte, con sensibilidad y honestidad. Una excusa perfecta para volver a las salas de cine. Que son seguras, que os están esperando, que la cultura sigue existiendo y nos sigue necesitando a tod@s. Y nosotr@s a ella. Porque sin cultura no somos nada. 


domingo, 4 de octubre de 2020

Anoché soñe con un concierto de El columpio asesino

 


Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Parecía que no pero sí, hay vida para la cultura (iba a decir después, pero aún no) durante la pandemia. Anoche fue la prueba perfecta. La Sala BBK deBilbao nos ofreció un auténtico lujo: ¡Un concierto! Qué digo un concierto, más bien un conciertazo. Nada más y nada menos que El columpio asesino, en vivo, en directo, como en los viejos tiempos. O bueno, casi como en los viejos tiempos. En realidad yo nunca había estado en un concierto como este. Algo así como una tercera parte del aforo (a pesar de que había llenazo), todos sentados en sillas individuales separadas a ambos lados y delante y detrás por un mínimo de metro y medio medido del resto de asistentes. O sea, una experiencia totalmente individual, ya que no se podía ni siquiera comentar con quien hubieras ido por la distancia. Así y todo, bendita sea la velada.

Hacía… ni me acuerdo del tiempo desde la última vez que había ido a un concierto. Es verdad que hoy en día, todo lo anterior al virus me parece que ocurrió hace ya un siglo -como decía alguien en Internet, cualquier serie es ya un melodrama histórico porque nadie lleva mascarillas. Pero para mí la experiencia de ir a conciertos era la de estar de pie, bailando y con una birra en la mano, comentando la jugada con quien quiera que hubiese ido. Es verdad que, obviamente, ahora todo es distinto. Porque tiene que serlo, no nos queda más remedio. Y podemos disfrutarlo. Porque así y todo fue una sensación de vuelta a la vida, de esperanza... Disfrutar de un directo un sábado por la noche, ¡guau! Y de El columpio asesino…

La acústica de la BBK es maravillosa, la música sonaba como si estuviese saliendo directamente del disco, el juego de luces era realmente envolvente, el grupo…, ¿qué voy a decir de ellos? Solo necesito cinco palabras: IM-PRE-SIO-NAN-TE. Si los pamplonicos empezaron el concierto con su último hit, “Preparada” y lo acabaron -antes de los bises- con su ya clásico “Toro”, en medio nos deleitaron con toda una saga de títulos de lo más disfrutables entre cuyas letras pululan quasi mágicamente cadáveres, lágrimas amargas, ballenas muertas, botes de humo, copas de champán, diamantes, azotes, mataderos de uralita, perlas y vicio, sobre todo mucho vicio. Porque las letras de El columpio son letras canallas, de rock, de pop electrónico y hasta de punk, de poesía casi sórdida entonada por las voces y los gritos de Cristina Martínez (me recordaba un poco a la Chrissie Hynde de Pretenders cuando les vi en Madrid hace ya muchos años) y de Albaro Arizaleta, que consiguieron que l@s asistentes “bailaran” a pesar de estar sentad@s. Algun@s se encontraban cerca del paroxismo por la imposibilidad de lanzarse a dar saltos al ritmo de sus canciones. Y se notaba que al grupo también le hacía falta que nos echásemos allí mismo a bailar desenfrenadamente. Habrá que esperar aún, pero todo llegará.

Mientras tanto, por favor, disfrutemos de los conciertos, disfrutemos de la cultura, del teatro, de la danza, del cine… Son espacios perfectamente seguros, mucho más que el interior de cualquier bar. No les tengamos miedo, seamos sensatos, pero disfrutemos. Porque aún hay vida -incluso- durante la pandemia. Y estamos deseando disfrutarla.

lunes, 9 de marzo de 2015

Microteatro para un micropaís










Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). Como ya hemos aprendido del estado de la nación (de ciencia ficción, en plan: “en una galaxia muy lejana había un país donde crecía miel en los árboles y todo el mundo era feliz…”) que España va bien (parafraseando al insigne señor Ansar que la hizo famosa y que tantos réditos ha dado al partido en el gobierno) me embarqué este fin de semana en gastarme algunos cuartos dedicado a la cultura, más concretamente al teatro. OMG (Oh, my God!), se echarán algunos las manos a la cabeza -¡qué dispendio, gastar en cultura, qué extravagancia, gastar en teatro…! Y con los tiempos que corren…- No os preocupéis, ya sé que en este país la
cultura es secundaria, que no se entiende como embajadora de un país ni tan siquiera como industria, se maltrata, se graba con un IVA imposible y se difama. Pero yo opté por cultura en minúsculas, por algo muy de moda hoy en día (muy hipster, muy trendy, muy cool) que se llama Microteatro. Y lo de minúsculas no es peyorativo porque en realidad significa “de pequeño formato”. Vamos, lo que ha sido un corto de toda la vida en relación a un largometraje –“¿que no hay dinero para marcarnos un largo?, ¿que nadie nos lo va a producir? Pues nos hacemos un corto”- Ahora, coges ese mismo concepto y lo trasladas al teatro, cambias el escenario profesional o independiente por las habitaciones de un hotel y ¡tachán! Habemus Microteatro. 

"El testamento de María"
Si hace unas semanas se me desencajaba la mandíbula en el señor de los teatros de esta ciudad con la magnavillosa Blanca Portillo interpretando a una Virgen María anciana arrepintiéndose de muchos momentos de su vida en un desgarrador monólogo de casi dos horas (“El testamento de María”, claro que la dirección era de Agustí Villaronga, maestro engoyado del cine español), esta vez me tocó sentarme a una cama de distancia de una pareja de lesbianas que discutían si aparecer en la reunión del colegio católico de su hija donde se reclama un padre, o asistir divertido al proceso de depilación de una actriz contorsionista que se queja de la esclavitud de la mujer ante las exigencias de una sociedad que las quiere así, guapas, limpias, depiladas, disponibles… Era la noche anterior al Día Internacional de la Mujer Trabajadora (algún día dejarán de ser necesarios los “Días Internacionales de…”) y esta primera muestra de Microteatro hacía

el énfasis en “la igualdad de mujeres y hombres”.  Y es que de todo te podías encontrar en una sucesión de microrepresentaciones de lo más asequibles que se repetían durante cuatro horas (ocho obras en total, cuatro amateur a 2€ cada una y cuatro profesionales a 4€). Llegabas a la recepción del bar del Hotel Ercilla y te recibían unos divertidos maestros de ceremonias con mendigosales de diseño que entretenían la espera hasta que te llamaban para acudir a la habitación donde se representaba tu obra elegida.

Y así acabé a dos palmos de la mismísima Pasionaria. Sí, como lo oyen, a esta distancia estuve de esa mujer legendaria en la historia política reciente de nuestro país, la hija de mineros de aquí al lado, la primera mujer en tener asiento en el Parlamento (que nunca llegó a ocupar por la guerra y que, ya en democracia, ocuparía a modo simbólico, recuerdo el aplauso cuando entró anciana a sentarse allí con el orgullo de toda una vida de lucha). Y es que las habitaciones de un hotel tampoco dan para más… si los que la ocupan son más de diez personas, claro. Todos éramos público boquiabierto de esta estupenda escenificación de menos de 15 minutos de una noche en la vida de la Pasionaria allá por el año 1936 (“CTRL-C. 1936 / CTRL-V. 2015”), en la que intenta acabar un discurso para el día siguiente con el que no menospreciar el papel de la mujer en esa guerra salvaje que nos hundió en la miseria moral y económica de las que aún no hemos conseguido salir. Le ayuda su amante, mucho más joven que ella, y juntos se enfrentan a los prejuicios de una sociedad que abarcan por igual a izquierdas y derechas. Verdadera total la interpretación de la murciana Brígida Molina, cuyo físico de otra época absorbe por completo la personalidad de la luchadora comunista de Gallarta. Y estupendo también su compañero Xabi Ortuzar, real, cotidiano, tierno y sexy a la vez. Me quedé con ganas de saber más de esta pareja, de continuar con ellos la historia para ver en qué acabó su discurso, en qué acabó su amor. Un pedazo de teatro que, por ser micro, no desmerece para nada del arte que representa. Ojalá su autor, Chema Trujillo, pueda continuarlo, convertirlo en largo para los escenarios o para la pantalla grande o pequeña, pero que nos deje saber más de ellos.

Dolores Ibárruri "La Pasionaria"
Al salir de la habitación no pude más que decirles a los actores lo genial que habían estado. Y me fui imaginando qué pensaría la Pasionaria ahora si levantase la cabeza y viera que toda su lucha, que tanto esfuerzo, tanta sangre y sudor y lágrimas han quedado en esto. En un Microteatro, en un país de microideas y microvidas donde los políticos no llegan ni a micro y el pueblo se escandaliza inmóvil ante la que nos ha caído encima, al ver que finalmente nos la han clavado sin disimulo, sin ni siquiera un poco de lubricante. Para seguir ganando ellos, los de siempre, los que nos devoran. 

jueves, 2 de octubre de 2014

Hablemos de cultura y cine otra vez


Bilbao, año 6 d.c. (después de la crisis). Hoy (como siempre) me he propuesto no hablar de política. Hoy quiero hablar de cultura. Sí, esa palabra tan denostada por nuestros gobernantes (ya empezamos). ¿Que por qué quiero hablar de cultura? ¿Y por qué no? La verdad es que todo viene porque el otro día fui al cine y me llevé una sorpresa. Primero, porque había colas para entrar a pesar de ser lunes (o quizá por ello, 4 euros la entrada, ¿quiere o no quiere la gente ir al cine cuando le dan precios razonables?). Me recordó mucho a los días de mi niñez en los que hacía cola con mi hermano para entrar a ver sesiones matinales dobles… ¿Qué película iba a ver? Una española. Sí, señores, han oído bien. A mí siempre me ha gustado el cine español (unas veces más que otras, como el americano, el argentino o el alemán). Pero es verdad que cada vez encuentro más interés en nuestra cinematografía. Segunda sorpresa: la sala donde ponían “La isla mínima”, de Alberto Rodríguez (estupendo cineasta andaluz, os recomiendo reviséis su filmografía, además majo tío, le entrevisté una vez hace siglos…) estaba a rebosar. Durante la proyección el ambiente se podía masticar, todos estábamos intrigados, angustiados ante lo
Gutiérrez y Arévalo
que este narrador visual nos estaba contando en medio de esas marismas andaluzas. ¡Cuánta poesía entre tanto cutrerío y sordidez! Esas imágenes aéreas del coto de Doñana, esos pájaros, esas miradas de Javier Gutiérrez (“Águila roja”) y Raúl Arévalo (“Con el culo al aire”). Por cierto, a este último le vi el otro día en el Festival de Cine de San Sebastián y es mucho más mono en persona de lo que parece en la pantalla…

Este título de reciente estreno, unido al de “El niño”, de Daniel Monzón, “8 apellidos vascos”, de Emilio Martínez Lázaro y la próxima “Torrente 5”, de Santiago Segura (con Alec Baldwin, el ex de la Basinger), han subido a tal nivel el porcentaje de público que ha ido este año a ver cine español que sólo con eso los ministros de Industria y Cultura (aunque a él le pegue mejor la in-cultura) deberían disculparse ante el país entero y en especial ante el mundo del cine español por la mala prensa y el terrible trato que le han dado a lo largo de toda esta inmunda legislatura que pasará a la historia como una de las peores de la democracia (sino la peor, espero que no lleguen después otros que les hagan parecer buenos). Quizá debería insultarles ahora que el Fiscal General ha dado permiso para hacerlo en la red (a Ada Colau no le han aceptado su denuncia contra Cristina Cifuentes por llamarla etarra basándose en la libertad de expresión), pero no voy a caer en sus artimañas para que luego me pongan una multa o me lleven a la cárcel como a otros cuyo único crimen fue tirar una tarta o protestar ante un desahucio… Al fin y al cabo bastante tengo con que Facebook me siga censurando mi blog de cine y televisión (no os lo perdáis, es estupendo y necesito subir visitas, compartirlo, haceros miembros, criticarlo, alabarlo: www.robmadrugada.esy.es).

  

¿Que la gente no va al cine? Yo más bien diría que no va cuando los precios no se ajustan a la realidad económica de este país. Sin ir más lejos hace un par de semanas tuve el placer de disfrutar gratis, en pantalla grande, con buen sonido y en versión original de “Desayuno con diamantes(tremenda Audrey Hepburn, bellísimo George Peppard) y “Cantando bajo la lluvia(qué gozada de historia, qué alegría de vivir, qué colorido… y eso que a mí no me gustan los musicales). Y de nuevo, los dos días la sala estaba a rebosar: gente mayor, gente joven, gente mediana, hipsters, marujas, empollones, gafapastas… Al final de la sesión, aplausos. ¿Que a la gente no le gusta el cine? Ja.  

"Singin' in the rain"

"Breakfast at Tiffany´s"













¿Y qué me decís de los libros? Sí, está claro que cada vez se ve a más gente en el metro leyendo sus e-books, pero eso también es lectura, ¿no? Y la verdad que no me extraña porque en este país (¿o debería decir república bananera controlada por los mismos de siempre?) el precio de los libros es tan desproporcionado que por menos de 20 euros es ya imposible comprarse una novedad (incluso en tapas blandas). Claro, están las bibliotecas. Pero cuando la gente tiene que elegir entre pagar veintitantos euros o bajárselo gratis de internet… ¿Tú, qué harías? Para mí (que para ciertas cosas soy un anticuado), nada se puede comparar al tacto del papel, el peso, el poder mirar cuántas páginas me quedan para acabar y sufrir con esa dulce agonía de la proximidad del final… Pero reconozco que aquí sólo me compro de año en año alguna edición barata de algún título pasado. Donde realmente consumo libros es en Inglaterra. Allí sí que saben proteger la cultura. Allí por 6 ó 7 libras te compras una edición reciente. Y con la cantidad de tiendas de ofertas o de segunda mano que hay, al final siempre encuentras obras increíbles por 2 ó 3 euros. A esos precios, ¿quién se puede arrepentir incluso si al final no te gusta? Y es que, ¿sabéis cuál es el IVA sobre los libros en Gran Bretaña?: 0%. Flipemos. Y los museos son de acceso gratis. Así, ¿quién no consume cultura? Comparémoslo con España, donde casi cualquier manifestación cultural se graba a un 21% de IVA… Cómo no va a caer el sector… Pero claro, luego se incluyen los beneficios del tráfico de drogas y de la prostitución para aumentar el PIB(¿había dicho ya lo de república bananera?). Así que no me extraña que en algunos teatros de Madrid hayan optado por venderte una zanahoria en lugar de una entrada, para poder cobrarte un IVA más bajo. ¿Y las prostitutas cargarán el IVA? Me pregunto cuánto será por un servicio completo. ¿Variará si sólo es una manualidad? ¿Y en cuanto al tráfico de drogas, se puede grabar igual un kilo de hachís marroquí que uno de heroína colombiana? ¿Habrá también crowdfunding para el narcotráfico? En fin, que ya no sé si seguir intentando dedicarme a la cultura o pasarme al camelleo. Porque lo de la prostitución me pilla ya un poco mayor, que si no, tal y como está el país…

Poesía visual en "La isla mínima"

viernes, 5 de abril de 2013

Y sin darnos cuenta nos habíamos hecho mayores, casi


 

Año 23 d.c. (después de la crisis), o lo que es lo mismo, año 2031 del antiguo calendario, el que se reseteó ya hace tanto, cuando empezó a quedar claro que aquella supuesta “crisis” no era tal, sino una nueva situación social, un hecho histórico que comenzó como consecuencia de un plan subterráneo y oculto (como la mayor parte de la historia) aquel aciago año de 2008 en que las bolsas mundiales cayeron sin remedio y una serie de agencias internacionales (de las que nadie había oído hablar hasta entonces) empezaron a controlar la política mundial. Los países de la Europa del Sur, o sea, los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) o “los cerdos”, como prefieran, quedaron particularmente tocados por esta trama oculta, maquiavélica e ilegal. Más bien habría que decir que quedaron completa e inevitablemente hundidos. El mundo nunca volvió a ser como antes. Por eso se reseteó el calendario empezando de cero. Por eso nuestras vidas cambiaron sin remedio.


A este lado de los PIGS todo empezó con recortes en Sanidad, Educación y Cultura. La Sanidad quedó en manos de los familiares de los políticos, la Educación en las de la Iglesia y la Cultura… La Cultura simplemente desapareció. Algunos vieron en ello una venganza del gobierno contra un sector que tantos dolores de cabeza les había dado durante mandatos anteriores, siempre quejándose, siempre manifestándose, siempre mostrando una opinión distinta a ellos (¿cómo se atrevían?)… Así que se les cortaron las subvenciones y se les dejó morir poco a poco. Después llegó la desaparición de cualquier beneficio social, empezando por el paro, los subsidios, becas y ayudas de cualquier tipo. Entonces, cuando la gente aún no salía de su asombro, cayeron las pensiones. Simplemente, los pensionistas dejaron de recibir sus ingresos, así, sin más, “por el bien mayor”… Pero por si eso no fuera suficiente, los siguientes en caer fueron los funcionarios, miles y miles de trabajadores con plaza fija la perdieron sólo para dar entrada a adeptos al régimen. Porque para aquel entonces ya había quedado claro que aquel gobierno no era tal, sino que era un régimen. Sí, como el del dictador que aterrorizó a la población durante casi 40 años.  Pero el pueblo, el de aquellos años, no era ya la masa inculta y fácilmente manipulable que el caudillo había conseguido mantener bajo su yugo. Era aún una gran masa, eso sí, pero de gente cualificada con un nivel cultural muy alto y con buenas conexiones a internet (aún existía, sí) que les permitía estar enterados en tiempo real de lo que realmente estaba ocurriendo (y no de lo que el régimen les contaba en sus declaraciones en diferido –y siempre sin derecho a preguntas). Así que lo inevitable acabó ocurriendo: el asalto definitivo al parlamento. Pero esa vez no se limitaron a rodearlo pacíficamente, no, esa vez entraron. Y lo hicieron armados con todo lo que habían podido encontrar en sus casas y en la calle, palos, hierros, cuchillos de cocina, hachas, antorchas… Lo destrozaron todo a su paso, los asientos del congreso, los retratos de los ministros, los muebles, las cortinas, las puertas, los ipads, los aparatos para votar, los retretes… Y en el camino cayeron varios de los parlamentarios que tuvieron la mala suerte de haberse retrasado en su huída. También se dijo que había caído el presidente del gobierno, pero eso nunca se pudo demostrar. Hacía tanto que no daba la cara que la gente no se acordaba ni de cómo era. El caso es que, desde aquella tarde, nunca más se volvió a saber de él.

 

La consecuencia inmediata fue como una avalancha de sucesos cuyo orden era ya imposible de seguir. Las redes sociales cayeron, internet se interrumpió (y de hecho, ya nunca ha vuelto) y la gente tuvo que seguir los trágicos acontecimientos a través de la radio o la televisión, lo que quiere decir que cada emisora retransmitía únicamente de acuerdo a su ideología o a una posible audiencia. La familia real, que ya tenía la cabeza al borde de la guillotina debido a los numerosos casos de corrupción y dispendio en los que habían estado involucrados, abandonó el país con destino indefinido (y con las maletas llenas de billetes, bonos, cheques, tarjetas de crédito y pagarés de todo tipo). Con ellos (o por lo menos al mismo tiempo) se fueron todas las marquesas, baronesas, duquesas y duques que formaban la corte. Lo mismo hicieron los Jesuítas, acojonados de que la turba repitiese actuaciones que ya habían vivido durante la Segunda República. En cuanto a los políticos de todo signo, los que pudieron también escaparon. Los que no tuvieron esa suerte, perdieron la cabeza, literalmente. No sólo los que estaban imputados en los miles y miles de casos de corrupción que ya se habían convertido en la norma dentro de su clase, sino incluso los honrados, los que nunca habían robado un solo euro. Los que no escaparon a ningún sitio fueron los gerifaltes del ejército. Todo lo contrario. Por fin encontraron una excusa para sacar su fuerza a la calle, para demostrar lo que habían estado reprimiendo durante años de forzada contención. Y vaya si lo hicieron, fue una masacre total. Miles y miles de personas asesinadas en las calles, hogares destruidos, medios de transporte condenados a no volver a funcionar nunca calcinados en mitad de su último trayecto (donde permanecerían durante años por venir)… Hasta que ya nadie se atrevió a salir a la calle, los tanques vigilando cada movimiento, cada luz que se encendía o apagaba…

Pasaron meses de incertidumbre, de miedo e incluso de hambre. La Comunidad Europea (como ya había hecho durante la dictadura franquista) no se atrevió a inmiscuirse, quitando importancia en sus comunicados a las “mínimas reyertas callejeras”. Como las empresas de telefonía habían dejado de dar cobertura, ya no se podían mandar fotos a los medios de comunicación extranjeros. Los bancos, claro, habían cerrado sus puertas, con lo que cada uno tenía que sobrevivir con lo que tuviera en ese momento, volviendo en la mayoría de los casos al trueque. El vacío de gobierno (los militares fueron incapaces de saber qué hacer con un país sin dinero que se moría de hambre y poco a poco fueron desapareciendo también del ojo público) dio lugar a todo tipo de movimientos autonómicos de independencia, ya nadie quería pertenecer a ese país arrasado por la corrupción y la violencia. Ni siquiera se habló de elecciones o referéndums, simplemente se fueron formando pequeños grupos de poder en torno a lo que anteriormente habían sido comunidades autónomas, pero en algunos casos incluso en torno a provincias o a municipios. Los siguientes en desaparecer fueron los canales de televisión: las audiencias cayeron junto a las conexiones eléctricas y la publicidad… ¿Quién podía ya comprar algo? Lo mismo ocurrió con radios y periódicos. La información, per se, dejó de existir. A la gente ya sólo le interesaba lo que pasaba en su entorno más inmediato, en su pueblo o en su propio barrio. Como los medios de transporte ya no funcionaban, la movilidad era muy reducida, ni siquiera entraba gasolina en el país, con lo que hacer funcionar un coche se convirtió en algo del pasado. Sus esqueletos calcinados o  roñosos, se podían ver aparcados en cualquier sitio, a veces en mitad de la calle, como monumentos absurdos a una civilización consumista que nos había llevado a aquella situación.

Pero poco a poco, la vida fue empezando un nuevo rumbo. La gente se moría (de cáncer, principalmente, ya que no había tratamientos suficientes para semejante epidemia ni centros médicos donde paliar el dolor) y la gente nacía. Sí, después de un par de años en los que casi no habían nacido niños (por miedo, principalmente, y por una bajada de libido generalizada), se empezaron a oír de nuevo lloros de niños en las viviendas. Claro, que lo que también había ocurrido fue una migración generalizada hacia el campo. Ante la falta de alimentos, todo aquel que tuviera una casa fuera de la ciudad, en un pueblo o cerca de la costa, había abandonado las urbes. Mucha gente también se echó al monte y construyó allí viviendas de madera, de metal, de cartón, chabolas, cualquier refugio que le permitieran sus medios o su pericia manual. Las comunidades se fueron haciendo cada vez más pequeñas y se organizaban en torno a equipos de trabajo. En cada una había gente que sabía trabajar la tierra, algún médico, alguien que insistía en transmitir sus conocimientos a los niños (aunque esto cada vez tenía menor importancia, lo importante era sobrevivir) y, desde luego, algún líder carismático. De vez en cuando aparecía alguna pintada, algún grafiti sobre alguna pared, a pesar de que cualquier tipo de manifestación artística estaba prohibida, pero claro, tampoco había nadie que vigilase el cumplimiento de las leyes.


Y así llegamos al día de hoy. 5 de abril del año 23 d.c. En algún punto de toda esta historia nos hemos hecho mayores. O casi. Eso los que hemos tenido suerte de seguir estando aquí para contarlo. ¿Que dónde es aquí? Pues desde hace años vivo en una casa como la que siempre quise, de planta baja y primer piso. Con jardín. Claro que el tejado tiene agujeros por todas partes y las ventanas dejaron de encajar hace tiempo. En realidad sólo pude trasladarme aquí porque nadie más quiso meterse en una casa tan grande. Y porque había tantas viviendas vacías que se podía elegir la que se quisiera. Como estoy en una colina, desde las ventanas veo a mis pies lo que en otro tiempo fuera una ciudad prometedora. Al fondo incluso se dejan ver los restos metálicos de aquel barco de titanio que tanto hizo por esta ciudad. Hace mucho ya que no me acerco por allí, dicen que una tribu de merodeadores se ha instalado en su interior y que no es muy recomendable acercarse. En el jardín tengo un pequeño huerto del que me abastezco y con el que consigo suficiente como para incluso hacer algo de trueque. ¿Que a qué dedico mis días? Pues a pasear, a hablar con los vecinos que forman nuestra pequeña comunidad, a recordar viejos tiempos. Finalmente me he convertido en el viejo excéntrico que siempre supe que sería. Pero lo que más hago es escribir. No quiero que todo esto se pierda, es importante que alguien tome nota y pase el conocimiento de lo que pasó para que los que vengan después no lo olviden. De hecho existe una pequeña posibilidad de hacer que todo lo que he escrito en estos años llegue al extranjero, para que lo sepan los demás, los de fuera. Hoy he recibido una carta que me ha dado esperanzas (aún existe un mínimo servicio de correo, no muy fiable, no muy constante, pero a veces las comunicaciones llegan, viajan en caballo de un lado a otro). Parece que está surgiendo un pequeño movimiento revolucionario de nuevo, y una de las cosas que quieren hacer es llevar mis textos afuera, al exterior, para que el mundo sepa por fin lo que ha pasado aquí. Sólo hace falta que pueda ponerme en contacto directo con uno de ellos, que se pueda acercar aunque sea hasta la costa, donde yo pueda ir andando… Espero con ansiedad la siguiente notificación.