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lunes, 11 de febrero de 2013

Esto es el Apocalipsis...



Bilbao, 2013. Definitivamente el mundo se acabó aquel 21 de diciembre de 2012. Lo que estamos viviendo ahora es una realidad postapocalíptica. No hay más que echar un vistazo ahí fuera. Desde mi ventana sólo se ve llover y llover y llover, con ganas, desde el fin del mundo, como si el clima hubiera hecho definitivamente boom y el diluvio universal ya estuviera aquí. Todo está gris, hace mucho viento y el sol ya sólo queda reflejado en nuestra memoria anterior a aquel aciago día de diciembre tan anunciado por el calendario maya. Hay una nube oscura que lo cubre todo, de día y de noche, y el viento ulula a todas horas como si se tratase de una manada de lobos a punto de bajar del monte…

¿Os hacen falta más pruebas para saber que el mundo se ha acabado, que lo que vivimos son ya esos restos de civilizaciones que tienen que luchar por sobrevivir sin recursos y en pleno aislamiento? Pues no hay más que escuchar las noticias de hoy: “non habemus papa”. ¿Cómo puede ser? ¿Que no hay papa? Pero eso es imposible. Nunca antes se ha conocido situación semejante, ni en los peores años del oscurantismo medieval con la inquisición, ni durante las oscuras noches del nazismo en los campos de concentración que tanto debieron gustarle al recientemente abdicado papa, ni siquiera en los represores tiempos de Franco cuando toda la jerarquía católica paseaba al dictador bajo palio como símbolo de su servilismo y de su aprobación… Ni siquiera cuando empezaron a salir a la luz los escándalos de los abusos sexuales perpetrados (y encubiertos) por la Santa Madre Iglesia… Ni en los tiempos en los que las monjas se dedicaban a robar niños recién nacidos por dinero… En ninguno de esos momentos se había conocido una época como ésta, en la que caminamos al tun tun, como vaca sin cencerro, sin la guía espiritual del sabio pontífice con sus túnicas doradas de Dior y sus zapatitos de Prada, con esos maravillosos birretes con incrustaciones de diamantes (que ya las hubiera querido para sí la Audrey Hepburn de “Desayuno con diamantes”) en plena crisis, mientras el pueblo se muere de hambre o se tira por las ventanas desquiciado ante un inminente desahucio… Eso sí, si lo que está en juego es la honorabilidad de la familia tradicional, entonces sí que saldrán a dar su opinión, aquí, en Francia y donde sea… Todo para que los homosexuales y lesbianas no puedan amarse libremente. En fin, que no tenemos papa. El Apocalipsis, así, con mayúscula, ha llegado finalmente.




¿Aún nos hacen falta más pruebas de ese fin del mundo? En un país en el que ya no queda esperanza, porque el poco trabajo que había se lo han cargado en el último año, porque los sueldos y las indemnizaciones se han bajado a números simbólicos que rozan la limosna, porque el dinero de las arcas del estado se ha vaciado de tanto txorizo (así con tx queda más fino) que le ha metido mano, desde la familia real hasta el presidente del gobierno, pasando por los directivos de la patronal, los ministros, concejales, alcaldes y banqueros… Me recuerda a una de las mejores escenas que he visto nunca en el cine para describir la miseria de la guerra civil española. Se trata de “Las bicicletas son para el verano”, de  Fernán Gómez. En la escena de la que hablo, la familia al completo estaba reunida ante la mesa para comer el consabido puchero de lentejas de cada día. Pero resulta que según la madre (interpretada soberbiamente porAmparo Soler Leal) va repartiendo el cazo que le corresponde a cada uno, no llega para todos. Y la pobre se desespera porque dice que ha puesto exactamente la misma cantidad que todos los días, lo que quiere decir que alguien ha comido a escondidas… Y poco a poco, todos los miembros de la familia van admitiendo, entre sollozos de culpabilidad, que han probado una cucharada en un momento u otro, la hija (Victoria Abril, maravillosa) para dar de comer a su bebé, el hijo por hambre, la madre para probar el sabor… Y así todos. Pues en este país ha ocurrido lo mismo. Pero no por hambre o necesidad, sino por pura avaricia. Y por indecencia. Y porque todos ellos se creen impunes, se han creído siempre que nadie tiene el derecho de decirles lo que no pueden hacer. Porque a ellos, el poder, les pertenece por derecho divino. Como a las dinastías monárquicas de antaño. Pero habría que recordarles a todos esos señores y señoras indecentes que aquellos monarcas acabaron perdiendo la cabeza. Y no en sentido imaginario.


Y por eso, y por mucho más, estamos donde estamos, en una sociedad postapocalíptica. Como en las películas de los 60-70 protagonizadas por Charlton Heston, como en “Omega man” (“El último hombre vivo”), en la que nuestro héroe del rifle tenía que enfrentarse a una secta de supervivientes ciegos de la catástrofe que sólo podían salir por la noche. O aquella “Soylent Green: Cuando el destino nos alcance”, en la que la población post se alimentaba de algo llamado soylent green, que no era sino el resultado de elaborar los cadáveres de las personas que resignadamente se entregaban a una muerte pacífica porque ya no podían aguantar más… Y cómo olvidarnos de nuestro héroe descubriendo al final de “El planeta de los simios” que el planeta en el que había aterrizado no era otro que su propio futuro, dominado por los monos gracias a la codicia humana… A mí todo esto me suena y me resulta más que posible. Mucho más que las modernidades de última hora, como la serie de J.J. Abrahams, “Revolution”, en la que el planeta vive la desconexión total y absoluta: un buen día la electricidad se acaba y con ella toda nuestra sociedad. Después de una premisa así de interesante la serie se desboca con los consabidos héroes de revista de moda intentando vencer a los opresores que son los que tienen las armas (y llevan uniformes parecidos a los de los estados del sur durante su guerra civil). Realmente, me quedo con las de Charlton Heston, me parecían mucho más reales. Y además, si os paráis a analizar las series o pelis del Abrahams, os daréis cuenta de que nunca aparecen gays o lesbianas, y que en las infinísimas ocasiones en las que lo hacen, son malvados y pérfidas.

 

Pues ésta es la realidad en la que vivimos, una sociedad al borde del agotamiento energético, dirigida y manipulada por monos ávidos de poder y ganancias a coste de un país entero (y sus suicidados), y que poco nos falta para empezar a devorarnos unos a otros por falta de algo mejor que llevarnos al puchero de lentejas. Puede que algunos (incluso algunas) penséis que nada ha cambiado, que todavía os llega la nómina a fin de mes, que tenéis calefacción en casa y sois capaces de leer vuestros emails en los múltiples dispositivos que manejáis… Pero ¡ay!, cuidadito con las apariencias. Quizá hayáis caído en los brazos de una secta creadora de una realidad virtual para que penséis que todo sigue igual. Quizá no os hayáis dado cuenta aún de que ya no hay transporte público, ni escuelas públicas, ni hospitales públicos… Ni siquiera vuestro internet es ya vuestro y desde luego, es lo único que ya no es privado… Incluso esta historia que estáis leyendo en mi blog, no es más que una manipulación virtual de la secta. Cuidado si llaman a la puerta. Mirad antes por la mirilla. Y si lo que veis es un grupo de personas vestidas con túnicas negras y con los ojos en blanco… No abráis, por lo que más queráis, no abráis esa puerta. Parapetaros en casa, poner muebles tapiando puertas y ventanas… Porque alguien intenta usaros como alimento de masas… Y lo peor está aún por venir…

domingo, 8 de julio de 2012

Lejos de la tierra



 ©RM
Dos jordanos muy naturales... Todos no son así
Hoy no puedo decir eso de “Bilbao 2012, año del fin del mundo”. Simplemente porque no estoy en Bilbao. Llevo casi un mes fuera de mi tierra y ya echo de menos la lluvia. O sea, el verde. El caso es que aún me queda más de mes y medio hasta que pueda volver y, sinceramente, ni siquiera sé si para entonces seguirá existiendo ese país. O al menos, tal y como lo conocía, tal y como lo hemos conocido todos hasta hace poco. Por lo que veo cada vez que abro internet y porque llega la temporada de vacaciones (ésa que a nuestros políticos tanto les gusta usar para tomar las decisiones más polémicas sin que nadie se dé cuenta porque todo el mundo está al lado de la piscina con una cervecita en la mano…) me temo que el Apocalipsis, así, en negrita, o sea, el fin de la sociedad de bienestar, ya ha llegado. Y no nos engañemos, o mucho vamos a tener que pelear por ella, o ya le podemos dar nuestras honras más fúnebres.

Pero como hoy no quiero hablar ni de política ni de religión (que luego ya sabemos cómo
Annie B Sweet es española...
me pongo…) lo mejor será que me centre en explicar dónde estoy, cómo he llegado aquí y por qué. Os voy a llevar en una road movie que sólo puede ir acompañada por la música de
Annie B Sweet. Relajaros en vuestro asiento de ordenador, conectaros con el siguiente link y… “ajústense los cinturones, señoras y señores, porque se aproxima tormenta” (Bette Davis en “Eva al desnudo”)


 ©RM
Luna árabe sobre Jordania

Empiezo a escribir esta historia desde… ¡¡un centro comercial!! Y cualquiera que me conozca mínimamente se preguntará “¿pero qué hace éste en un centro comercial, si no los soporta?” Pues la verdad es que, a las tres del mediodía, en Ammán, la capital de Jordania, no hay mucho más que puedas hacer. A no ser que quieras volver a dormitar en tu sofá hasta que lleguen las 7, hora en la que todo el mundo se echa a la calle porque el sol ya ha bajado y la brisa hace que el aire se respire con agrado. Incluso algunas noches te tienes que poner algo encima (sí, venga, lo digo, una rebequita…). Vamos, casi casi como si estuvieras en Bilbao. ¿Que qué hago en Ammán? Es una larga historia. Todo empezó cuando mi amiga Raquel me propuso hace ya bastante tiempo, llevar a cabo un proyecto que ella trataba de sacar adelante y que por fin estaba tomando forma. Pero igual hay que alejarse un poco más en el tiempo para entender realmente todo esto. Así que venga, ¡flashback!: mi primer año de carrera, en Bellas Artes; la novia de uno de mis mejores amigos de clase me presenta a una chica que venía de familia de brujas. Sí, así como suena, de brujas, de las que leen el porvenir. Su abuela, su madre y también ella, habían nacido con esa capacidad: podían leer el futuro en las líneas de la mano. Y eso que no eran gitanas. Aquella chica, a la que nunca jamás volví a ver, me contó un par de cosas bastante creíbles que no se me han olvidado. Primero me dijo (o me predijo) que mi vida sentimental iba a ser muy complicada (y vaya si lo fue) y que no sería hasta una edad más o menos madura que conocería a la persona con la que iba a compartir mi vida (llevo ya más de 14 años con mi marido, con el que este mes celebraré -a distancia- cinco años de casados, eso claro, si el Tribunal Constitucional y Mariano Rajoy no nos descasan antes). La otra cosa que me dijo y que nunca se me olvidó fue que iba a elegir un trabajo que me llevaría a recorrer mundo. Y al poco de volver de Londres e instalarme en Madrid, empecé a trabajar en “Nosolomusica” y la verdad que desde entonces no he parado de viajar. De San Francisco a Moscú, de Budapest a la República Dominicana, de Washington a Estocolmo… Pero lo que nunca pensé es que acabaría pasando más de dos meses en Oriente Próximo

 ©RM
Jerusalén, foco de conflicto
Esta aventura empezó a mediados del mes pasado, más concretamente el 12 de junio. El mismo día que acabé el curso de inglés que he estado dando a un grupo de simpáticas dependientas a través de una empresa de formación, volví a casa, conseguí cerrar mi maleta sin tener que sentarme encima (cosa que mi amiga Mª Mar tuvo que hacer un par de veces para ayudarme cuando me iba a Londres) y llegar a tiempo de coger el autobús a Madrid (viaje que me conozco de memoria sobre todo tras la cantidad de veces que lo hice el año pasado, cuando me trasladé a Bilbao pero mi marido seguía en la capi). Me recibió mi querida Lourdes y nos fuimos a tomar unas cañas, como hacíamos siempre cuando aún vivía allí. En la terraza, o más bien la calle, de “La Escondía”, con Lidia. Como en los “ya” viejos tiempos de Madrid (al final todo acaba convirtiéndose en eso, en viejos tiempos). Con ellas compartí mis temores de lo que pasaría al día siguiente, cuando tuviera que entrar en Israel por la puerta grande. O sea, por el aeropuerto. (Perdón, tengo que contarlo, acaba de sentarse en la mesa de al lado mío una chica muy joven con burka negro y gafas de ver. Os parecerá una tontería pero es la primera que veo desde que estoy aquí que cumple todas esas características) ¿Dónde estaba? ¡Ah, intentando entrar en Israel. Os parecerá una tontería, pero no es moco de pavo. Depende de quién te toque en la aduana, te puede tocar todo lo que quiera, incluidas las narices. El caso es que yo volaba con Iberia (o eso creía), lo que me daba cierta tranquilidad. Pero nada más llegar a la T4 (tras pagar los 4 euros que la Espe ha impuesto para el metro al aeropuerto y por cuyas protestas ya ha detenido a varias personas tratándolas “supuestamente” casi como a terroristas) me encontré con que no, con que Iberia simplemente ponía el nombre al vuelo pero realmente viajábamos con una línea israelí. Y allí empezaron las molestias. Antes incluso de facturar, aún en suelo español, tuve que pasar el interrogatorio de una simpática rubia que se parecía bastante a Ms Piggy, pero
Cómo se parecía la agente de aduanas...
era mucho más tonta que la agradable cerdita. Tras preguntarme repetidamente lo que iba a hacer a Israel, con quién y por qué (gran táctica para potenciar el turismo en el país), con cara de no creerse una mierda de lo que yo le respondía, empezó a darle vueltas a mi pasaporte. Y venga a mirarme y a murmurar algo entre dientes. La verdad es que yo ya no me parezco nada a la foto del pasaporte, que tiene más de cinco años, y en la que aparezco con el pelo oscuro, más o menos largo-borroka y con perilla. Unos días antes de coger el vuelo se me ocurrió afeitarme la cabeza y no sé qué brillaba más si mis sienes, mis miedos o las canas cortadas al 1. El caso es que finalmente la cerdita Peggy me dijo que había algo erróneo, que era demasiado joven para la fecha de nacimiento que aparecía en mi pasaporte… No me lo podía creer, cuando ya me acerco más a los 50 que a los 40, con la cantidad de canas que peino, aún alguien me dice eso… “¿Y es un problema?”-le dije, “pues a mí me has alegrado el día”. A la cerdita le debió de parecer divertido y me dejó pasar, no sin antes ponerme una calificación en el pasaporte, que ciertamente no se correspondía con “limpio de toda sospecha”, por lo que comprobaría después. Ah, también me preguntó, claro, si alguien me había dado algo para llevar a mis amigos de Jordania, porque no sería la primera vez que algo así pasaba. “¿Y sabes lo que había en el paquete que les habían dado?” –me dice la cerdita con los ojos abiertos por la incredulidad: “¡Una bomba!” Y yo abro los ojos aún más que ella, fingiendo estar patidifuso por la sorpresa, y exclamo: “¡Oh, no! ¿De verdad? ¿Pero cómo es posible?” Ella se queda contenta de haberme sorprendido tanto y me deja pasar. Y yo me voy hacia la puerta de embarque pensando “si esto ha sido antes de montar en el avión, no me quiero imaginar cómo será al llegar allí”.

 ©RM
Mercado de Jerusalén
Quizá os preguntéis por qué me preocupaba tanto la llegada y el interrogatorio. Bueno, principalmente porque el proyecto en el que iba a trabajar era una denuncia de las prácticas abusivas del gobierno israelí sobre los niños palestinos. Y aunque no llevaba nada en mi equipaje ni en mi persona que me delatara, y pensaba entrar como turista, la culpabilidad se lleva en el rostro. Y a mí nunca se me ha dado bien mentir. Además, había leído ya lo suficiente sobre la insistencia de las fronteras israelís como para no apetecerme demasiado el asunto. Sobre todo porque ni siquiera podía decir a qué hotel iba, porque la ONG para la que trabajábamos no había sido capaz de confirmárnoslo. Y es que educarse en un colegio de salesianos dictadores y caprichosos deja huella en el carácter de uno cuando se trata que enfrentarse a la autoridad... Y al fin y al cabo, eran los israelís los que debían dejarme entrar en su país militarizado. Lo más que podía pasar era que me deportaran. Hasta ese momento de mi vida, nunca me habían deportado. ¿Qué se sentiría?

viernes, 27 de abril de 2012

Un Bilbao de película


©RM
Sus calles, sus montes
Bilbao 2012, definitivamente año del fin del mundo. El Apocalipsis ya está aquí y no nos hemos dado ni cuenta… Por eso hoy os voy a dar una sesión de filosofía, de poesía y de magia de la de antaño. Olvidémonos de nuevo de esta realidad que lo devora todo, cubriéndolo de un manto gris… Olvidémonos de la Sanidad que se nos va, de la Educación que ya casi no nos queda, de la Televisión que volverá en breve a ser Manipulación (como en los peores tiempos azanarianos), de la Represión que se está aposentando en el trono de este país de cuento. Olvidémonos de todo ello y demos paso sin embargo a una realidad de película, con algo de melancolía y con ese toque imprescindible de exquisito glamour. Para ello os recomiendo una música que más parece una poesía… 


¡Qué bonita letra! ¿Verdad?: “Voy a hacerte recordar, lo que no quieres ser, lo que eres sin querer, lo que ya no podrás hacer… Lo que ya no serás, lo que ya no tendrás, lo que ya no

©RM
Una ciudad futurista...
podrás tener…” Y qué verdad tiene La Habitación Roja (que por cierto actúan hoy mismo en Bilbao en la Sala Azkena) al cantar con este lirismo. En realidad me recuerda a la entrada que escribí hace unas semanas, titulada: “¿qué hubiera pasado si…?” O sea, eso de que según vamos creciendo (como personas, como adultos), nuestro camino está cada vez más escrito, más trillado, y en él van quedando cosas sin hacer, cosas que ya nunca podremos llevar a cabo… O quién sabe, quizá siempre quede tiempo para cambiar el destino. Da qué pensar, ¿verdad? “Lo que ya no serás…” Está claro que llegados a cierto momento de la vida, si aún no nos hemos comido el mundo, es muy difícil que lo hagamos… Si no te convertiste en el arquitecto del momento o el diseñador de éxito o el médico con la cura imprescindible o el actor que se llevó el oscar o el cantante que llegó a número 1 o el presidente que salvó a la nación (ay, qué falta nos haría) o el nuevo príncipe (si el actual hubiera demostrado ser gay al final…)… Vamos, que si no hiciste todo esto en tus años mozos, difícilmente lo vas a hacer ahora… Pero quién sabe, ¿no? Los sueños se pueden seguir manteniendo… Y quizá incluso materializando.

“Lo que eres sin querer…” Me imagino que pocos planean exactamente el tipo de persona que quieren ser y menos aún lo consiguen… “Lo que ya no podrás hacer…” Ahí, eso sí que duele. Porque hay momentos, experiencias, que si no las viviste entonces, son ya completamente irrecuperables. Por ejemplo, ¿cómo recuperar nunca el ver crecer a los pequeños de tu familia? ¿O cómo compartir los últimos años de vida de los que ya se han ido…? Son esas cosas que nunca planeas, que nunca te paras a pensar y que, cuando lo haces, ya es demasiado tarde, porque ¡bluff!, ya se han pasado... Y nunca vuelven. Así que, por mucho que te lamentes, tu vida ha ido por otro camino... (¿Os habéis fijado en la cantidad de puntos suspensivos que salen cuando uno se pone poético. Y es que la vida está llena de puntos suspensivos…)

Gary Cooper

“Lo que ya no tendrás…” ¡Ay, tantas cosas que nunca podremos tener…! Pero lo que nunca nos podrán quitar es la imaginación. Os propongo un ejercicio: ¿Y si nos imaginamos el sitio ideal inexistente en el que nos gustaría vivir? Puede ser una casa, un monte, una playa, un pueblo, una ciudad, un país, un mundo… Yo voy a ser un poco pragmático, para variar, y voy a pensar, por ejemplo, ¿cómo sería el Bilbao de mis sueños? Porque al fin y al cabo, si me he venido aquí a vivir (¡¡¿hace ya un año?!!) por elección propia será por algo, ¿no? Pues sí, en muchos aspectos mi Bilbao ideal sería como es, con su Guggy, su Alhóndiga, sus paseos por la Ría, su puente Calatrava, su Torre Iberdrola, su Casco Viejo y sus txapelas. Desde luego seguiría estando rodeado de montes (al fin y al cabo, eso y la playa era lo que más echaba de menos cuando deambulaba por el cemento
Lauren Bacall
inacabable de las calles de Madrid). Eso sí, sería una ciudad con menos coches, o mejor, sin coches. Todo el mundo viajaría en bicicleta (individual, doble, familiar, con sidecar…), llevando sus compras en la cestita, como los franceses, con la baguette ahí, junto al perrito. Y claro, la gente vestiría como en una película de los años 40 de las de blanco y negro: ellos con esos trajes imponentes que tan bien le sentaban a Cary Grant o a Gary Cooper, con los pantalones flojos, los tirantes y el sombrero. Y ellas con sus faldas entalladas, melenas de ondas y medias de cristal con línea por detrás, tipo Lauren Bacall, vamos. Todo el mundo se pondría a bailar en los momentos más inesperados, como en los

musicales de entonces, y siempre habría algún guapo marinerito vestido de blanco para alegrarnos la vista… Y por los cielos, de vez en cuando, se vería pasar un dirigible o un globo, que serían también formas mucho más civilizadas de transporte y nos harían pensar que vivimos en una novela de Julio Verne (como ya pasa en algunos episodios de Fringe, otra de esas series fantásticas de JJ Abrahams que tan buenos ratos nos hacen pasar). Además, habría una cascada que se vería desde distintos puntos estratégicos de la ciudad (en la nueva serie de moda, Juego de tronos, seguro que aparece alguna). Y desde luego, lo que no podría faltar son los cines a la antigua, en mitad de la Gran Vía, como en los viejos tiempos, con grandes carteles en el exterior anunciando las películas para que la gente entrase a sentarse en cómodas butacas antes de que se abriera la cortina (roja) que cubre la pantalla. Y habría personal con esos cajones que les cuelgan del cuello vendiendo golosinas y helados en el descanso (claro, es que en esta ciudad ideal las sesiones dobles estarían de nuevo de moda). Y por las noches los focos iluminarían a las grandes estrellas que vendrían a los grandes estrenos (los estrenos mundiales serían siempre, a partir de ahora, en Bilbao). Y así un buen día, paseando por la ría, te podrías encontrar con
La gran Katharine Hepburn
Katharine Hepburn con el cuello de su blusa subido. O con Marilyn Monroe haciendo mohines a las cámaras junto al Guggenheim. O incluso con Elizabeth Taylor luciendo joyas extraordinarias en la alfombra roja de la Gran Vía o Ava Gardner corriéndose una buena juerga por el Casco Viejo… Porque éste es mi Bilbao soñado y en él no podía faltar el cine. Pero el Cine con mayúsculas. Lleno de mitos eternos. Nada de criajos de nombres impronunciables ni señoras recauchutadas que parecen lagartos ni héroes de acción sin expresión facial… 

Esto me recuerda que el otro día… No sé si contarlo… Bueno, es que para desentrañar el siguiente hilo hay que seguir con las confesiones… Resulta que cada uno tiene sus secretos, como es debido y menester en una persona que no quiera ser aburrida. La señora que de vez en cuando roba algo en los grandes almacenes, el señor que sigue a una joven por la calle imaginándose cómo sería su vida con ella, el joven que siempre se ha sentido viejo o el viejo que siempre se ha sentido joven… O simplemente, el que responde a anuncios de compra o alquiler de pisos, sólo para verlos e imaginarse cómo serían esas otras vidas que podría vivir o haber vivido… Bueno, digamos que ése podría ser yo, ¿por qué no? Tampoco es tan grave, ¿no? Peor sería ser maltratador o envenenador de ancianas o político o banquero algo así… Esto viene a cuento de que el otro día, por una de esas extrañas circunstancias, me encontraba yo visitando un piso que formaba parte de lo que años atrás (en esa época de esplendor que para todos es el pasado) había sido un cine, de los de antes. No me preguntéis cómo pero el edificio entero había acabado reconvertido en pisos. Y La verdad que éste en concreto estaba muy bien, era muy amplio, con techos altos y unos ventanales de esos semicirculares de los edificios modernistas… Y allí estaba yo, fingiendo interés en el estado de las cañerías, como que me lo fuera a comprar, cuando el tío que me lo enseñaba recibió una llamada al móvil y salió a la escalera a hablar. Así que me vi libre de su presencia para dar rienda suelta a mi curiosidad. Y claro, tanto abrir y cerrar cajones, acabé encontrando una caja que llamó mi atención. Era metálica y con flores grabadas en el exterior, como esas latas de los años 50 tipo vintage que te encuentras en un mercadillo o en el Rastro (recuerdo que mi abuela tenía unas cuantas con motivos chinos donde guardaba la costura). Antes de abrirla comprobé que el tío de la agencia seguía hablando por teléfono en el descansillo. Así que abrí la caja con mucho cuidado de no hacer ruido y cuál fue mi sorpresa al encontrármela llena de afiches de películas antiguas, fotos de escenas y carteleras con sabor añejo… No me lo podía creer. Rebusqué ávidamente entre las imágenes que tantas sensaciones me provocaban y mi respiración casi se paró de golpe al ver las fotos de una película de la que yo (siendo tan cinéfilo y mitómano como soy) nunca había oído hablar, ni había leído jamás ni siquiera que se hubiera llegado a planear… Estaba atónito. ¿Cómo era posible? ¿Marilyn Monroe y Elizabeth
©RM
"Una historia de rivalidad..."
Taylor juntas en una misma película? Era imposible… Pero si siempre fue mi sueño… “Las hermanas Halcyon” se titulaba. Pero nunca se había hecho, estaba convencido. 100%. Además, lo más extraño era que las dos diosas aparecían en distintas fases de sus vidas, como si la película se hubiera estado rodando… ¡durante toda su carrera! Pero si aparecían
incluso de niñas… En ese momento creo que llegué a marearme de la impresión y se me emborronó la vista de golpe. Pero tuve que volver rápidamente a la realidad cuando oí como el tío de la agencia había acabado de hablar por su móvil última generación y volvía a entrar en el piso. Me puse nervioso, me temblaban las manos, pero sin pensármelo, agarré todas las fotos que pude y me las metí en la chaqueta, esperando que no se diera cuenta de
©RM
"Una historia que comenzó con inocencia..."
la subida de al menos 10 tonos de rojo en el color de mi cara. El tío entró disculpándose y parece que no se enteró de nada. Yo no podía esperar a salir de allí para analizar el objeto de mi “pequeño” hurto. Enseguida puse excusas para marcharme y salí disparado. Seguro que el de la agencia ni sabía que las fotos estaban allí, tenía que haber cogido la caja entera… Desde aquel día no he podido dejar de mirar esas fotos y de buscar información… Pero no encuentro nada, cero, ni una noticia sobre el rodaje ni sobre el proyecto… Estoy pensando en concertar otra cita con el de la agencia para conseguir la caja… ¿Seguirá allí? ¿Y si otro visitante curioso se la ha llevado?

Mientras tanto, aquí os dejo algunas de esas imágenes mágicas para abrir apetito. Os prometo que en futuras entregas, esta historia… CONTINUARÁ. 

©RM
"Una historia que se convirtió en la competición entre dos hermanas..."