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viernes, 6 de noviembre de 2020

DIVINE, la más obscena

 

©Rob Cristo

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). Divine, sex symbol, cantante, actriz, actor, drag queen, trans, obscena, ridícula, atrevida, musa underground, rompedora, sinvergüenza, gay, performer… Es casi imposible definir lo que era Divine, cuyo trabajo se extendió por las décadas de los 60, 70 y 80. En una de sus más famosas películas, Pink Flamingos, se la describía como “la persona más inmunda del mundo”. Y no era para menos, ya que en la escena final del film la actriz se comía, entre arcadas, en un plano rodado sin cortes, la caca recién excretada de un perro callejero. Hace ya tiempo, cuando vi la película en un cine de culto que funcionó durante años en los sótanos del Mercado Fuencarral en Madrid, me sorprendí al notar como un tío que estaba sentado en la fila de atrás, se masturbaba durante esta escena. Me imagino que hay gustos para todo. Un compañero de trabajo me confesó que durante años tuvo pesadillas recordando semejantes fotogramas. ¿Se puede ser más rompedora? Por eso es la última adquisición de mi galería de Chicas Malas

La verdad que mis primeras memorias del personaje son de los años 80, cuando Divine estaba intentando lanzar su carrera como cantante con éxitos tan infames como “You think you’re a man” o “I’m so beautiful”, con una voz más que desagradable y aspecto de drag queen trasnochada cuando el término aún ni siquiera se había popularizado. Era como una versión travestida de Torrente después de haberse tomado un ácido. Enseguida empecé a ver sus películas, todas ellas dirigidas por el rompedor director estadounidense John Waters (predecesor y seguro que inspiración del primer Almodóvar), de quien era musa. Años después tuve la oportunidad de entrevistar a este director en el Festival de San Sebastián y cuál sería mi sorpresa al darme cuenta de que el rey del cine underground de Baltimore (también ciudad origen de Divine) era en realidad un auténtico caballero que bien podría haber nacido en Cambridge… Con él rodó Divine la mayor parte de sus películas, incluyendo la ya mencionada Pink Flamingos y títulos como Polyester (que usaba el innovador sistema conocido como Odorama, gracias al cual se podía oler lo mismo que la protagonista, un ama de casa con un sentido olfativo superdesarrollado y un marido de lo más guarro) y su gran éxito, Hairspray (que años más tarde sería remakeado en versión musical con John Travolta en el papel de Divine; si Travolta tuvo que recurrir a prótesis de todo tipo -muy dignamente, todo hay que decirlo- en el caso de Divine, todo lo que se veía era real).

Si empezó su carrera como peluquero de señoras y tuvo una tienda de ropa vintage, su lucha por ganarse un lugar en el firmamento de la fama a costa de rodar escenas transgresoras le llevó a escapar varias veces de la policía, protagonizando situaciones al más puro estilo Hollywood huyendo en un coche a alta velocidad con las sirenas azules a sus espaldas. Llegó incluso a compartir pantalla con la famosa heredera/terrorista Patty Hearst… Sus problemas de sobrepeso le provocaron una muerte temprana (en 1988 a los 43 años), cuando su fama estaba empezando ya a tocar el circuito comercial interpretando incluso papeles de hombre. Su falta de prejuicios y moralidad, su gusto por el riesgo y por quebrantar las normas, su atrevimiento (que no hubiera desentonado en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón) y su desfachatez nos hacen pensar que hoy en día hacen falta más personas como ella porque hacen del mundo un sitio mucho mejor. O al menos mucho más divertido.

domingo, 27 de septiembre de 2020

Tales of the city

 

©Rob Cristo

Año 1 d.c. (durante la crisis -de la Covid). La primera vez que oí hablar de Tales of the city (hoy en día una de las últimas series de Netflix en su reboot-continuación) corrían los primeros años 90 y yo vivía en Londres. Se trataba de una miniserie de televisión coproducida entre los Estados Unidos y el Reino Unido que estaba causando sensación en el panorama televisivo de las islas británicas, debido a que por sus imágenes transitaban con total naturalidad hombres gays, lesbianas, bisexuales, transexuales…, e incluso algún heterosexual. Recordemos que en aquella época estábamos aún inmersos en la epidemia del SIDA, lo que había rebajado muchísimo la visibilidad catódica del colectivo LGTBI+ desde principios de los 80 (justo cuando estaba empezando a despegar). El hecho de que la historia estuviera ambientada en el San Francisco de mediados de los 70, hacía que sus personajes fornicaran sin prejuicios y sin escrúpulos, mucho antes de tener que prestar atención a posibles contagios y tragedias. Ya llegaría el momento.

Porque como aprendí gracias a mis amig@s londinenses, la serie se basaba en una conocida saga de novelas escritas por el autor americano ArmisteadMaupin y cualquier gay que se preciara de serlo las conocía al dedillo. Como yo estaba por aquel entonces adquiriendo la identidad de “gay que se enorgullece de serlo” me puse a la tarea y me leí la primera de las novelas, titulada como la serie, Tales of the city. Y ya no pude parar; enseguida llegó la segunda (More tales of the city), la tercera (Further tales of the city -formando así la trilogía de los 70) y después me haría con la siguiente trilogía ambientada en los 80 (Babycakes, Significant others y Sure of you, en las que ya no se podía obviar el tema del SIDA, que tomaba protagonismo en las tramas).

Una de las curiosidades de esta saga de novelas y series de televisión es que comenzó como una columna de un periódico de San Francisco, en la que Mr. Maupin desarrolló un grupo de personajes: Mary-Ann Singleton, Michael Tolliver (Mouse para los amigos), Mrs. Madrigal, Brian, Dee-Dee Halcyon…, que creaban adicción entre los lectores, que querían saber más sobre sus vidas, sus secretos, sus romances y los misterios en los que se enredaban. Porque Tales of the City es básicamente una historia sobre la familia, pero no la familia biológica, sino (como bien explica Maupin) la familia lógica, aquella que elegimos a lo largo de nuestras vidas para compartir nuestras alegrías y nuestras miserias, o sea, esas amistades que se convierten en una constante en nuestra existencia. Pero también es una historia de búsqueda de identidad, de saber quiénes somos ahora a pesar de lo que hayamos sido antes. Y desde luego es una historia de cambios, de trans-formaciones. Los personajes no solo cambian de parejas, de amigos o de género e identidad sexual (entonces aún no se había inventado el término género fluido), los hay que cambian incluso de color de piel, es decir, de raza. Así de original es la obra de Armistead Maupin (cuya vida es el centro del documental The untoldtales of Armistead Maupin, de nuevo en Netflix).

El centro neurálgico de las historias es una singular casa de apartamentos de alquiler situados alrededor de un maravilloso jardín donde entre otras cosas se planta marihuana, a la que se accede a través de una pintoresca escalera de madera. En las novelas se llama Barbary Lane, en la realidad existe y se llama Macondray Lane. Yo estuve allí (con orgullo), en mis tiempos como redactor de Nosolomusica -cuando había presupuesto en los programas de televisión para enviarnos a la otra parte del mundo a hacer reportajes-, entrevistando al autor, un encantador Mr. Maupin, que cumplió así uno de mis sueños, pasearme por los jardines que pisaban mis personajes favoritos. La dueña de los apartamentos Mrs. Madrigal, una singular y adorable mujer de mediana edad con un pasado y un secreto, es interpretada en las series por Olympia Dukakis (las tres miniseries originales que cubrían la primera trilogía y el reciente reboot-continuación se pueden ver, claro, en Netflix). A su alrededor se establecen las relaciones entre sus inquilinos (Laura Linney -candidata a varios Oscar y protagonista de Ozark- interpreta a la intrépida Mary-Ann), cada uno con sus propios secretos, y también una espiral de misterios casi hitchcockianos, entre los que se puede encontrar pedofilia, canibalismo y hasta gurús de sectas asesinas. Según avanzan los años, los personajes van madurando y sus historias también. Hasta llegar a una tercera trilogía publicada ya en el siglo XXI, en la que nos encontramos a todos ellos (o los que han sobrevivido) afrontando el principio (o el fin) de la tercera edad. Algunos misterios del pasado vuelven a reaparecer en un guiño a los lectores fieles. Porque Tales of the city tiene una legión de seguidor@s por todo el mundo, auténticos fans que esperamos con ansia la publicación de la última novela del autor, en la que retoma a uno de los personajes de la saga a mitad de los 80.

En la ilustración que he realizado (podéis ver más en la web de Rob Cristo) como homenaje a estas Historias de San Francisco (como se titularon aquí en una edición que abarcaba las tres primeras novelas, que fueron traducidas sin demasiada creatividad y que pasaron sin pena ni gloria por las librerías españolas), he intentado recoger a los personajes que para mí son más representativos de la saga, algunos de ellos repetidos en diferentes edades, como parte de una espiral que les envuelve -romances, misterios, raptos, muertes, amnesias…- enmarcada por el fabuloso Golden Gate de San Francisco. Si os fijáis encontraréis también pequeños objetos que son símbolos de algunas de las historias más icónicas, principalmente de la primera trilogía, la más divertida de las tres. En mis sueños sería la portada de una edición cuidada de esta saga en castellano. Porque, seamos realistas en estos tiempos de Covid, ¿qué es la vida sin nuestros sueño, sin unas buenas risas, una pizca de romance, un buen misterio que resolver y la vuelta siempre a esa familia lógica a la que contarle tus aventuras?