miércoles, 10 de octubre de 2012

Por fin de vuelta

Foto publicada en El País sobre las protestas en Grecia contra Merkel
Ahora sí. Ahora sí que puedo volver a escribir eso de “Bilbao, 2012. Año del fin del mundo”. Porque ya estoy de vuelta en mi tierra, después de uno de los veranos más duros que recuerdo. Lo que decía, ya lo venía vaticinando en este blog desde su principio: esto se acaba, muchachos y muchachas. Los mayas tenían razón. ¿O eran los aztecas? El calendario acaba aquí. La fecha dada es diciembre de 2012. Y la verdad que desde que he vuelto de Oriente Próximo cada vez lo veo más claro. Si allí la primavera árabe todavía colea en muchos de sus países, mientras en Siria la guerra civil es una doliente realidad que deja miles de refugiados cada día en los países vecinos (con los que nadie sabe qué hacer y que se apilan en zonas desérticas), aquí, en plena civilización occidental, el estado de bienestar ya se ha acabado y el mundo, tal y como lo conocíamos, ha llegado a su fin. ¡Y lo que queda por llegar! Mi visión esta vez une las realidades de Grecia, Italia, Portugal y España, es decir, la Europa mediterránea, o más bien lo que ha sido siempre, la Europa pobre, que se ve invadida por protestas callejeras cada vez más violentas mientras sus respectivos gobiernos continúan castigando a la población con nuevos recortes, con nuevas pérdidas de libertades, con nuevas miserias, ajenos por completo al sentir y el pensar de su gente. Pero llegará un día en que en uno de estos países (puede que por una muerte violenta a manos de la policía en una  manifestación, puede que por otro cambio de ley particularmente doliente…) el pueblo se eche a la calle definitivamente y tome el parlamento expulsando a sus políticos del gobierno. Entonces el país de al lado seguirá su ejemplo, y luego el siguiente y el siguiente. Y puede que hasta en algunos de los países ricos se produzca el contagio, quién sabe, en Inglaterra por ejemplo, o en Francia. Y entonces la Merkel y los gobernantes de los demás países ricos, quizá se den por enterados y se den cuenta de que no es posible gobernar de espaldas al pueblo, de que no es posible fustigarlo continuamente sin darle agua de vez en cuando. Y quizá decidan cambiar su estrategia, o quizá les entre el miedo y se vayan por su propio pie. O quizá esperen a que su pueblo, también harto, acuda a las escaleras del parlamento para derrocarlo. Quién sabe. Pero esto se acaba, está claro. ¿Qué vendrá después? Ésa es la gran incógnita. Por lo pronto, y aquí mismito, el gobierno español (al que tantos piden ya que dimita) está esperando a anunciar nuevos recortes (y cómo no, el consabido rescate con todo lo que conlleva) a que pasen las elecciones en Euskadi y Galicia, para no perder aún más votos de los que ya les vaticinan todas las encuestas (ésas que según qué periódicos las publiquen, se inclinan más hacia un lado o hacia otro, como todo en este país de pandereta).

Pero no os echéis las manos a las cabezas (las varias que tenemos cada uno en estos tiempos de multitasking), al fin y al cabo si realmente algo no funciona siempre será mejor intentar cambiarlo. Y está claro que estos políticos (no solamente los españoles, la crisis no la iniciaron ellos, aunque contribuyeran y mucho) no han hecho más que llevarnos a la ruina mientras ellos se enriquecen. Así que ha llegado el momento de que dejen de gobernarnos. Quizá parezca una utopía, pero a lo largo de la historia ya ha ocurrido en múltiples ocasiones, sin ir más lejos ahí queda la Revolución Francesa, o el poder pacifista de Gandhi o la ya mencionada primavera árabe. Francia nunca volvió a ser la misma (aunque hayan llegado a un punto muy parecido al nuestro, allí al menos van a grabar las grandes fortunas con más impuestos…). Las primaveras árabes aún están por mostrar sus efectos a largo plazo. Y en cuanto a Gandhi… No sé yo si hoy en día funcionaría. Muchos se preguntarán “¿qué va a pasar con mi trabajo? ¿Qué va a pasar con mi casa?”... Pues vaya usted a saber. Si por lo menos tenéis una casa o un trabajo por el que preocuparos es que no estáis tan mal… Pero hay muchos, cada día más, que no pueden decir lo mismo, que se agolpan los lunes al sol en las colas del INEM o de LANBIDE, o que esperan con incertidumbre a que unos desalmados del banco lleguen a echarles de sus viviendas. Lo que está claro es que lo que no podemos hacer es quedarnos en casa calladitos, como quiere nuestro señor presidente (fumándose un puro). Eso ya pasó a la historia. Y por mucho que él se dirija a su pueblo como si fuera el mismo que agachaba la cabeza bajo el yugo franquista, no se da cuenta de que ese pueblo ha evolucionado mucho, se ha educado y se ha culturizado, está conectado y tiene muchas formas de saber lo que pasa en realidad y de asociarse y reunirse, independientemente de cuánto hayan manipulado las informaciones institucionales desde sus canales de televisión (la mayoría públicos, pagados por todos nosotros) o sus periódicos. Es un pueblo que sabe leer y pensar por sí mismo (aunque viendo las audiencias de Sálvame uno hay veces que lo duda). Y que sabe decir: “Santo Pedraz, qué razón tienes en cuanto a la decadencia de la clase política…”

©RM Un desfiladero te lleva a la ciudad escondida de Petra





Esto es lo que me he encontrado a mi regreso de Jordania, tras un verano que me gustaría borrar de mi memoria. No voy a entrar en detalles. Sólo os contaré que un par de semanas después de mi vuelta soñé con mi amigo Iñaki. Iñaki murió de SIDA en los años 90 y era una de las personas más cariñosas y luchadoras que he conocido, un auténtico amigo de sus amigos. La última vez que lo vi, en el hospital, cuando físicamente era ya una sombra de lo que había sido, aún mantenía la chispa en los ojos y en la sonrisa. Le hizo mucha ilusión que fuéramos a verle y me dijo algo que nunca he olvidado: “los amigos son como un jardín, lo tienes que regar todos los días un poco porque si no se marchita”.  Quizá por eso soñé con él hace poco, porque necesitaba que alguien me lo recordase, para no caer en lo fácil y pensar que el jardín se pudre en cualquier momento y que no ha merecido la pena. De todas formas, hasta de la peor experiencia se puede sacar algo positivo. Y el conocer una cultura como la palestina, es algo que nunca olvidaré. Como tampoco olvidaré el haber paseado por los caminos llenos de polvo del desierto de Petra, esa misteriosa ciudad que debió de ser increíblemente exuberante en su momento álgido. Os prometí que os la relataría y aquí está: “Petra, una ciudad mágica”. El misterio empieza incluso desde el momento de la entrada. Porque al estar rodeada de montañas de roca, a su interior se accede a través de un irreal desfiladero, por un camino estrecho rodeado de rocas gigantes por el que hace ya cientos de años transitaron mercaderes de todo el mundo montados en caballos y camellos, transportando sus mercancías a la luz de faroles encendidos con aceite… Más de un kilómetro por este camino te lleva a la primera sorpresa: un espectacular templo labrado en la roca y conservado a base de calor. No se puede acceder a su interior, pero da igual, ahí queda su fachada. Y a partir de ahí ya no paras, se abre toda una ciudad cavada en colinas de rocas 
©RM El camino a Petra iluminado por farolillos mágicos 

©RM Petra 
por donde transitaron las mejores sedas e inciensos de su época (no pude evitar imaginarme al guapo Marco Polo de aquella serie de televisión de los primeros 80, montado en camello, llegando a esta ciudad sacada de “Las 1001 noches”). Creo que un río atravesaba este escondido valle y lo convertía en un vergel vibrante de actividad, muy diferente al centro turístico que es hoy, en mitad de un desierto, con sólo unos cuantos mercaderes que viven de vender souvenirs sin demasiado interés a turistas que ya no se dejan asombrar por falsos brillos. Parece que viven allí mismo, dentro de las paredes y las cuevas, (a veces en improvisadas tiendas de campaña, sin agua ni ninguna comodidad) esperando día tras día la llegada de algún nuevo turista que les dé unos dinares. Había una niña particularmente lista con la que nos encontramos al principio y al final del día. Tenía unos ojos enormes, llenos de vida, grandes y almendrados, que miraban con soltura y descaro. Se acordaba de ti y te recordaba lo que habíais hablado anteriormente, se comunicaba en un inglés aceptable y sabía regatear. En cualquier otro sitio saldría adelante sin problemas. Allí, la verdad, no sé lo que será de ella. La ruta sigue y la visita se convierte en algo realmente impresionante cuando, tras una subida de casi una hora por un angosto camino que te lleva a la cima de una de las montañas de roca, llegas al último templo. “El templo”, magnífico, gigantesco, sin sentido(su interior es casi diminuto comparado con el exterior).  Allí se rodó una de las películas de Indiana Jones, creo que la tercera. Me imaginaba a los actores y al equipo siendo trasladados todos los días hasta allí en helicóptero, porque no me los puedo imaginar, ni siquiera al estupendo (entonces)  Ford (uno de mis iconos de adolescencia, esa sonrisa de medio lado de Han Solo, ese hoyuelo…) ni al ya maduro Sean Connery, durmiendo en tiendas de campaña en lo alto de la montaña. Aquí quedan algunas de las fotos que os prometí, como prueba de tanta maravilla.

©RM El auténtico templo de Indiana Jones
 
Tras el accidentado verano, la vuelta tampoco fue fácil. Al de poco de llegar, una amiga del instituto me llamó para comunicarme que un compañero nuestro había muerto. De cáncer. Sabíamos que tenía metástasis, pero le habíamos visto poco antes de mi viaje y, aunque dañado físicamente, conservaba su espíritu luchador y una actitud muy positiva. Lo mismo que su mujer. Hacía poco que habían adoptado un niño y tenían mucho por lo que pelear. No le sirvió de mucho, sólo aguantó un año desde que le dijeron que tenía metástasis. Es duro tener que decir adiós a gente que ha estudiado contigo, a la que conociste siendo casi un niño… Me acuerdo hace unos años, cuando planeaba mi primer documental (organicé una reunión de toda mi promoción del instituto, en el mismo edificio, para celebrar que hacía 20 años que habíamos acabado nuestros estudios allí) y trataba de que mis compañeros de promoción se confesaran delante de la cámara para contar su trayectoria vital desde que habíamos saltado a la vida con 18 añitos. A él no lo había visto probablemente desde entonces, pero en cuanto le conté mi idea por teléfono me dijo inmediatamente que sí, que confiaba en mí y en lo que hiciera con ese material. Me sorprendió cómo el vínculo que habíamos creado de adolescentes seguía vigente después de tantos años sin vernos, cómo la confianza sobrevivía al paso del tiempo. Ahí me demostró que él también era de los que creía en los jardines bien regados. Hay más gente cercana a mí que en estos momentos están luchando contra el cáncer. ¿Quién no tiene o ha tenido a alguien? Esta batalla me hace pensar siempre si en algún momento declararán esta enfermedad como epidemia. Sí, ya sé que no se contagia, pero al final se lleva en los genes, ¿no? ¿Y qué estamos haciendo tan mal para que se haya extendido tanto? ¿Será nuestra forma de vivir, será que nos están envenenando las grandes compañías a las que nadie se atreve a investigar, será un poco de todo esto?

Y para dejaros con un sabor más animoso en la boca (sí, ya sé, me ha salido una entrada bastante oscura, será reflejo de mi estado de ánimo últimamente), os voy a contar un último episodio de mi estancia en Palestina, porque siempre hay luces entre las sombras. Para ello os tendréis que conectar con el link de la última canción de la estupendísima Adele, que será banda sonora de James Bond:

No sé si os acordaréis de que durante el rodaje nos alojábamos en el hostal de la granny, esa abuelita que se empeñaba en que comiéramos más huevos antes de irnos a trabajar cada mañana. Bueno, pues cuando ya llevábamos unos días allí y habíamos descubierto que había una terraza en la parte de arriba del edificio donde se podía cenar (lo que nosotros lleváramos, claro, generalmente humus, raciones de queso frito, paté de berenjenas para untar…). Bueno, pues en una de estas improvisadas cenas en las que nos reuníamos todo el equipo, agotados tras otra larga jornada de rodaje, apareció un personaje misterioso. Era así como fuertote, de ojos claros y mirada turbia, vestía siempre con una camisa verde militar y decía que era americano (aunque su acento nos hacía dudar). Desde el primer momento mostró mucho interés en lo que hacíamos, pero nosotros le evitábamos. Principalmente porque algunos (o sea, yo) estábamos obsesionados con que el Mossad (servicio de inteligencia israelí) nos estaría ya investigando y seguro, pero vamos, segurísimo, que nos iba a poner un espía. O sea, que íbamos a tener nuestra propia versión, en israelí, de James Bond (de nuevo Sean Connery, encima no nos iba a caer el blando de Roger Moore). Así que claro, enseguida le adjudicamos el pape al recién llegado. Lo más sospechoso era que, nos levantáramos a la hora que nos levantáramos (y en un rodaje de esas características esto varía mucho de un día a otro), él siempre estaba allí para desayunar con nosotros. Una noche en la que nuestro técnico de sonido se encontró a solas con él en la terraza, le acabó contando todo lo que hacíamos (me imagino que motivado por ciertos fumeteos) y allí ya, nuestro agente secreto vio la oportunidad para empezar a preguntarnos por el documental cada mañana, que quién lo financiaba, que si habíamos hablado con algún representante del gobierno israelí… Claro, nosotros nos salíamos por los cerros de Úbeda y en cuanto podíamos pasábamos a hablar en castellano (la mitad del equipo éramos de aquí). El caso es que nuestro agente secreto se convirtió en parte de nuestras bromas diarias durante el rodaje y un día se me ocurrió testarle para saber si también hablaba español. Así que a la siguiente mañana, cuando me lo volví a encontrar en la mesa del desayuno (rodeados de huevos), en cuanto bajaron mis colegas me puse a soltar una perorata absurda en castellano, a una velocidad que ni el que leía las instrucciones a las viejas de “Aquí no hay quién viva”… Era algo así como: “Esta mañana me he levantado muy pronto y he visto a la abuela recogiendo huevos en una cesta, mientras bailaba un aurresku y tocaba el txistu cantando una sardana…” Mi colega, el dire de foto, se me quedó mirando como si me hubiese vuelto loco, pero al segundo siguiente respondió con la mayor naturalidad del mundo: “No sé, no la veo yo a la granny como para bailar muchos aurreskus…” El agente secreto (que lo era) simplemente continuó mirándonos con esos ojos turbios y una cierta sonrisa… A la mañana siguiente había desaparecido sin dejar rastro. ¿Acabaría en una de las cuevas excavadas en Petra?

©RM Al entrar en Petra te encuentras con esto...
©RM Las estancias excavadas en la roca
  
















Y para acabar, en estos tiempos en los que la cultura parece que ya no le importa a nadie (desde luego no a los mandatarios), os dejo este link y os recomiendo que lo disfrutéis en pantalla completa. ¿Es necesaria la cultura? ¿Es imprescindible la belleza? Vosotros diréis.












domingo, 12 de agosto de 2012

No sin mi pasaporte


©RM
Una estrella en Ammán
Me queda menos de una semana en el Cercano Oriente. Y la verdad que no puedo esperar para llegar y besar suelo bilbaíno. Así, como el papa (con minúsculas, como se merece). Y eso que en la última semana he visto algunos de los sitios que hacen que merezca la pena visitar este país. Recordaréis que hacía casi dos meses que no veía a mi marido y que venía a visitarme. Desde luego fue un feliz encuentro. Nos fuimos a Petra, uno de esos enclaves que debería ser considerado como una de las maravillas del mundo, realmente impresionante. No os puedo deleitar con las fotos que sacamos porque se están revelando… (¿Recordáis cuando volvíamos de las vacaciones y teníamos que esperar una o dos semanas a tener las fotos reveladas? ¡Cómo progresamos en algunas cosas…! Y mientras, alah, venga a perder derechos civiles…) En realidad la cámara acabó en la maleta de mi marido cuando se volvió a Inglaterra, así que tendréis que esperar a mi regreso para poder verlas en mi próxima entrega. Sólo os puedo decir que es para quedarse con la
©RM
La Ciudadela de Ammán
boca abierta. Igual que lo es la experiencia de conducir por las carreteras de Jordania, sobre todo por la ciudad o intentando entrar y salir de ella. Tienes que usar todos los sentidos para evitar un accidente. Aquí la gente conduce mientras habla incesantemente por el móvil o incluso contesta sms o comprueba su email. A ello se une una idea generalizada de que las señales de tráfico son orientativas, los intermitentes son aleatorios (da igual para la derecha que para la izquierda) a la vez que voluntarios (los usas… si te da la gana), es lícito cambiar de carril en cualquier momento, en las rotondas puede más el que más empuja y los peatones pueden lanzarse a la carretera en cualquier punto porque no hay pasos de cebra y las aceras se acaban cuando se acaban (o son interrumpidas por arbustos y matorrales). Vamos, que esto se convierte en una carrera de obstáculos más que en un caos circulatorio. Nos vimos en situaciones tan surrealistas como tratar de avanzar en un atasco en el que a la vez que un camión se te echa encima porque viene marcha atrás desde un aparcamiento sin señalizar, otro coche sale de repente sin mirar a los lados porque el conductor va leyendo su móvil y el de más adelante decide abrir su puerta de golpe frente a ti… A todo esto varios peatones se abalanzan casi encima de tu coche y tú te sientes como el protagonista de un videojuego macabro… En fin, no recomendable, sobre todo sin GPS en un país en el que la mayoría de las señales nunca las entenderás porque están en árabe y donde nadie conoce los nombres de las calles. Ni los taxistas. Así y todo fue un descanso de las tensiones del montaje. Eso sí, en ningún momento dejé de llevar el pasaporte en el bolsillo, sentirlo allí me da una sensación de seguridad. Y antes de explicaros el porqué os voy a dejar la banda sonora de esta entrada. Se trata de un tema de Moby que, sorprendentemente, a mí siempre me ha dado mucha marcha:

 
Desde que llegué a Oriente Próximo el pasaporte se ha convertido en mi posesión más preciada. Me explico. Las primeras semanas que pasé en los territorios ocupados de Palestina, me acostumbré a la idea de que (como ya os he contado) varias veces al día tenías que pasar por un checkpoint (os adjunto una foto para que veáis lo mucho que se
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Checkpoint de carretera
parecen a los peajes de autopista, aunque luego los hay mucho más cutres cuando están hechos para peatones y se llenan de colas por la mañaa de la gente que intenta ir a trabajar al otro lado de su propia tierra…) lo que suponía tener siempre el pasaporte a mano, pues era nuestra única manera de que nos dejasen en paz. Durante los días del rodaje, siempre antes de dejar el hostal de la “granny” y mientras ella salía a la puerta a ofrecernos aún más huevos para el desayuno, nosotros nos preguntábamos unos a otro: “¿Llevas el pasaporte?” Y aunque todos sabíamos con certeza que estaba en nuestros bolsillos, así y todo comprobábamos que sí, que era cierto, que nadie nos lo había robado a lo largo de la noche y que no se nos había caído debajo de la cama mientras nos vestíamos. Porque no había nada que nos preocupara más que llegar al jodido checkpoint y tener el pasaporte en la boca cuando el antipático soldadito (o soldadita) de turno nos pidiera con acento parecido al francés (no me preguntéis por qué):
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Soldaditas en entrenamiento
“Paggssport?” En este punto habría que aclarar que viajábamos en un 4x4 con matrícula diplomática jordana, con lo cual por lo general no nos daban muchos problemas. Los pasaportes españoles eran nuestro segundo salvoconducto. Pero es que, aparte de los tres bilbaínos que encabezábamos el equipo, el técnico de sonido y el coproductor eran palestinos (con pasaporte israelí pero con restricciones, ya os expliqué lo complicado que era todo). Si la que conducía era Raquel (rubia y con ojos azules) generalmente no nos pedían mucho más. Si el que conducía era Ossama (moreno, con barba y ojos oscuros), a pesar de su aspecto de español, en cuanto abría la boca se daban cuenta de que hablaba hebreo con acento palestino (o sea, árabe). Y ahí sí, empezaban las preguntas: que qué hacía con los españoles, que de dónde veníamos, que adónde íbamos… Claro que a todo esto, Ossama, muy acostumbrado a lidiar con estos tragos desde su más tierna infancia, se hacía pasar por el estereotipo que los israelíes tienen de los palestinos, o sea, que son tontos. Así que a la pregunta de “qué hacía con nosotros” respondía con un “ganándome la vida”. A “de dónde venís”, con un abstracto “de por ahí…” Y a “adónde vais”, respondía lacónicamente con un “hacia allá”, haciendo gestos de lejanía con obtusa dejadez. Vamos, como que fuera idiota. A todo esto tenéis que recordar que el
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Y los soldaditos en todas partes...
capó del coche iba lleno hasta arriba de material de cámaras, luces, sonido, etc., debidamente cubierto para que no se viera a primera vista. Si decidían abrirnos el coche, podíamos pasar horas intentando explicar qué hacíamos con todo aquello, particularmente cuando nosotros tres teníamos visado de turistas y no podíamos trabajar en el país (ocupante). Y evidentemente tampoco podíamos contarles a los soldaditos (y soldaditas) israelíes, que estábamos rodando un documental sobre los maltratos del ejército israelí a los niños palestinos… Me da la impresión de que no hubiéramos salido muy bien parados. Así que toda nuestra obsesión era que no nos parasen en los checkpoints. Y claro, para pasar por turistas españoles nada mejor que poner flamenquito a tope en el coche… No estaba mal el ardid y nos sirvió. O al menos hasta el último día.
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Mercado en zona israelí

Habíamos pasado ya diez días de rodaje, de madrugones, de aguantar grabaciones al sol, de escuchar historias auténticamente lacerantes de pérdida de derechos humanos (todo llegará, sólo hay que darle más cuerda a Rajoy…), de comer muchos huevos en el desayuno, de ser recibidos por la amabilidad palestina y de pasar muchos checkpoints diarios, con la antipatía que parece caracterizar a los israelíes, esperando que no nos abrieran el portaequipajes… Y la verdad que tuvimos bastante suerte (dicen que en los últimos tiempos están muy tranquilos, hace dos o tres años esto no hubiera sido tan fácil), hasta el último día de rodaje. Nos habíamos levantado muy pronto porque la primera entrevista la teníamos muy temprano y habíamos tenido un día completo en el que nos recorrimos las tierras palestinas de arriba abajo, sólo parando escuetamente para comer. Todo había salido sobre ruedas, más o menos (tan sobre ruedas como una producción de bajo presupuesto con el tiempo ajustadísimo puede salir). Eran las 8 de la tarde y nos dirigíamos hacia nuestra última entrevista en Jerusalén. La cita era a las 9 e íbamos bastante bien de tiempo. Pero al llegar al checkpoint vimos que ya habían parado a una de nuestras anteriores entrevistadas (representante de la Unión Europea). Así que cuando nos pararon a nosotros hicimos como que no conocíamos a los del coche de delante. Pero esta vez sí que nos pararon. Trajeron perros y nos pidieron que vaciáramos el coche. Todos fingiendo infinita tranquilidad fuimos llevando el aparatoso equipaje hasta el detector de metales. Claro, os podéis imaginar, cables, cámaras, micrófonos, pértigas, focos, adaptadores de todo tipo, vamos, lo que cualquier turista lleva habitualmente en el capó de su coche. Nos trataron con cierta amabilidad teniendo en cuenta lo que podía haber sido aquello. Tardamos lo suyo, pero no nos cosieron a preguntas como temíamos. Quizá fue porque Carlos, el dire de foto, no calló ni un solo momento, hablando de fútbol con el soldadito que nos estaba registrando el material. En este punto he de aclarar que desde mi llegada me sorprendió la obsesión palestina e israelí por los dos equipos estrella españoles, el Real Madrid y el Barça. Todo el mundo te preguntaba a cuál pertenecías en cuanto sabían que eras español. Y claro, yo la verdad, con lo inclinado al fútbol que soy, no podía especificar que mi favorito es Beckham, pero no precisamente por su habilidad con la pelota (en singular, ¿eh?).
©RM
Incluso entre israelíes hay buenos mozos...
Total, que salimos de allí con tiempo suficiente para llegar a nuestra última entrevista, la que clausuraría el rodaje. Lo que no nos podíamos imaginar es lo que nos contó el técnico de sonido. Parece ser que para aliviar las tensiones y el cansancio del rodaje, siempre llevaba consigo una china de costo. Pero claro, bajo la ley israelí te puedes pasar una buena temporada a la sombra sólo por ese pequeño detalle. Así que en cuanto vio que se acercaban los perros, no dudó un instante y se la tragó. A todo esto, nadie nos habíamos percatado de esta línea secundaria de la trama mientras ocurría. Pero el ataque de risa dentro del coche fue general. Sobre todo porque aún teníamos una última entrevista que hacer y, como os podéis imaginar, el sonido en una entrevista es “ligeramente” importante. Os lo creáis o no, todo fue como la seda. La periodista a la que entrevistábamos era española, muy maja, y vivía en una casita muy mona en el centro de Jerusalén (en un barrio que hace décadas también fue robado a los palestinos, claro). Y aparte de un momento de la entrevista en el que comentó: “Perdona, pero ¿la pértiga del micro no debería estar dirigida a mí en vez de hacia la puerta…?” Todo lo demás fue muy bien. ¡Y la entrevista se oye incluso mejor que las otras…! Parece que el sistema digestivo de nuestro técnico de sonido estaba más que acostumbrado a sustancias ilícitas… ¡Bendito!
 
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Guardia en la Ciudadela de Ammán
Y hasta aquí han llegado mis andanzas en el Próximo Oriente. En estos momentos me encuentro en mi querido Books Café (por casualidad parte del montaje lo hacemos en la Royal Film Commission, que se encuentra justo enfrente), que sigue siendo uno de los únicos sitios donde comer algo antes de las 8 de la tarde. Recordad que aquí aún es Ramadán. A mí me quedan sólo seis días en Jordania y ya me parecen demasiados. No puedo decir que lo echaré de menos porque cada uno está hecho para una tierra. Y la mía es claramente verde, tiene montes y está cerca de la playa. Aunque llueva. Y aunque nos miremos demasiado el ombligo. Así que aviso, llego el día que empieza la Aste Nagusia en Bilbao. Marijaia, prepárate, que tengo muchas ganas de ti…

domingo, 29 de julio de 2012

Perdido en Ramadán


©RM Judería de Jerusalén


Hoy os voy a amenizar esta historia con algo de música de Beach House, que fue el último grupo que vi en concierto antes de empezar mi periplo por el Oriente Próximo, los vimos en Biarritz cuatro días antes de marcharme, un conciertazo: 

http://www.youtube.com/watch?v=prhI9mrB4So 

En este lado del mundo, la mayor parte de la gente lleva ya casi una semana sin probar bocado, desde que amanece hasta que anochece. No sólo eso, sino que tampoco les está permitido beber líquido alguno. Y dicen que nada de sexo. Y no, no se trata de que los recortes de Rajoy hayan llegado hasta Jordania, ni de que Gallardón haya iniciado otra cruzada moral. Ni siquiera que Andreita Fabra haya dicho “que se jodan los pobres, yo me como todos los pasteles…” Es algo que dura 30 días y que se llama Ramadán. Eso sí, en cuanto oscurece las reuniones familiares y de amigos se multiplican para celebrar la gran comilona. Todas las noches. Me cuentan que es como una Nochebuena que durase 30 días seguidos. Hay incluso regalos. ¿Os lo podéis imaginar? Si a la mayoría de nosotros ya la idea de dos noches así en una semana nos resultan difíciles de digerir… Y es verdad que las calles de Ammán, o más bien sus carreteras, están estos días extrañamente tranquilas (si tenemos en cuenta la furia con la que conducen habitualmente mientras hablan sin parar por sus móviles). Estos días hay muy poco tráfico, la mayor parte de restaurantes y bares están cerrados durante el día y la gente funciona a menos revoluciones. La comunidad internacional me cuenta que en sus trabajos la mayor parte de la gente tiene horarios especiales para ajustarse a las necesidades del Ramadán y que ellos se retiran discretamente a comer para no llamar la atención ni herir sensibilidades. Un poco como lo que pasa en España cuando hay fútbol, que a todo el mundo le resulta natural que la gente se coja tardes libres. Siempre me imagino lo que pasaría si yo me cogiera una tarde libre para ir al cine o ver la entrega de los Oscars… En fin, es lo que tienen las religiones y los deportes, como sabéis santos de mi devoción (y nunca mejor dicho). Por cierto, que gracias al Ramadán nos hemos quedado casi sin agua en casa. Resulta que en Jordania, como os podéis imaginar, el agua escasea. Y mucho. Así que la gente normal, la de a pie, se tiene que conformar con un suministro siempre pequeño. Sin embargo, en las casas de los internacionales, como en la que yo vivo, no solamente hay guardias en las entradas para protegernos de posibles revueltas, atentados y demás, sino que hay un suministro continuo de agua corriente. Para que nos sintamos como en Europa. Menos en Ramadán. Como todo funciona a medias durante este mes porque la gente vive en continuo agotamiento (es lo que tiene no poder comer ni beber desde las 4 de la mañana hasta las 8 de la tarde y luego darse un festín todas las noches) pues resulta que los del ayuntamiento, encargados de traer el agua a nuestro depósito, sólo han traído una mínima cantidad, así sin avisar, y sin decir cuándo volverán con más. Así que andamos en casa sin poder ducharnos, llenando el lavabo para hacer nuestras abluciones diarias, esperando cada día que la cisterna del báter no se seque… Quizá sea bueno ir acostumbrándonos para cuando en España no se pueda uno pagar ya la cuenta del agua y de la luz y volvamos a la posguerra
©RM Ammán al atardecer


Pero regresemos a Israel, o mejor a Palestina, tras mi llegada, cuando aún nos alojábamos en el hostal de la “granny”, cerca del auténtico Portal de Belén. Mi primer contacto con la religión musulmana fue al escuchar la llamada a la oración a eso de las 9 de la noche. Las primeras veces resultaba muy exótico. Luego te das cuenta de que también suena sobre la 1 del mediodía, y creo que sobre las 4 de la tarde. Y ya piensas, “bueno” y sigues con lo que estás haciendo mientras la grabación se reproduce con altavoces desde los minaretes con luz de neón verde (color del Islam, el verde, no el neón). Pero es que una noche me desperté a eso de las 3 y media de la mañana con la dichosa llamadita a la oración. Lo raro es que no la hubiera oído las noches anteriores, debía estar agotado. Pero lo peor fue que a eso de las 8 de la mañana me despertó el sonido de… ¡las campanas de una iglesia católica que había cerca! ¡Dios mío –pensé- ahora sí que estoy en la cuna de las civilizaciones… religiosas! Y son tan pesadas las unas como las otras… Si yo lo único que quiero es dormir, que es domingo y mi único día libre de toda la grabación…

Y claro, luego está la otra gran religión de la zona: la judía. No sé si habréis oído en las noticias últimamente que hay un gran revuelo en Israel porque el estado está pensando en obligar a los ultraortodoxos extremos a cumplir con el ejército, como el resto de los ciudadanos, que cumplen tres años ellos y dos ellas. Y yo, ya sabéis, no soy amigo de ningún ejército ni mucho menos de que sea obligatorio. Pero es que el motivo por el que esos hombres de negro están exentos es simplemente… ¡porque dedican toda su vida a estudiar la torá, o sea, la biblia judía! Y no sólo eso, sino que debido a tanto estudio teológico no pueden ni siquiera trabajar y son sus mujeres las que lo hacen… de por vida. Y como generalmente tienen del orden de 6 ó 7 hijos, pues el gobierno les tiene que dar subvenciones y becas para que sigan tan plácidamente viviendo la vida espiritual que han elegido. Claro, no pagan impuestos, no contribuyen a la seguridad social y encima reciben todo tipo de ayudas. Así que la parte laica del estado israelí está hasta el moño de pagarles todo a estos píos estudiosos. Y parece que están empezando a rebelarse. Ellos se defienden diciendo que forman “el ejército de Yahvé”… La verdad que miedo sí que dan, con sus levitas y sombreros negros, las barbas canas, los rizos por delante de las orejas (eso es lo
©RM Árabes judíos o Judíos árabes, también los hay

 peor, lo confieso) y los ojos metidos en las cuencas de una expresión cadavérica. No sonríen, se lo debe prohibir su religión. Y claro, nunca hablan con los que nos son como ellos. Por las juderías de Jerusalén vi escenas que podrían haber sido sacadas de hace siglos, callejones que no han cambiado, hombres al otro extremo vestidos igual que sus tatarabuelos… ¿Qué pensarán de la ocupación, de las tierras palestinas que han robado y de la tortura en la que han convertido las vidas de sus habitantes? Pues parece que hay gustos para todos. Los más extremistas piensan que no se debería llevar a cabo la ocupación hasta que llegue el Mesías, entonces sí. Los siguientes parece que piensan que el primer paso para la llegada del Mesías es la ocupación de la Tierra Prometida, así que los que ya estuvieran allí que se aguanten (“que se jodan”, como diría la Fabra, lo sé, no puedo evitarlo). Y luego hay otros muchos que no saben o no quieren saber o saben y no les importa. Porque viven muy bien. Porque les llegan subvenciones de todo el mundo, principalmente de EEUU y de la UE (acabo de leer que los americanos van a dar no sé 
©RM Las cúpulas de Jerusalén

cuántos millones al ejército israelí), para resolver los entuertos que ellos han creado y lavar sus conciencias. Y así sigue todo, los israelíes gobiernan, ocupan, aterrorizan. Y los palestinos sufren y se aguantan. Algunos luchan. Como los niños. Pero entonces los meten a la cárcel por tirar piedras, a veces con 10 años, con 12, con 14 o con 16… Los juzgan en cortes militares, sin pruebas ni testigos, y los condenan a penas que dependen de si confiesan o no. En este último caso suelen pasar más tiempo detenidos, para así evitar que los siguientes hagan lo mismo.

Las primeras familias que visitamos, en los días previos al rodaje, fueron las que más me impresionaron. Yo siempre he sido de lágrima fácil (lo he debido heredar de mi aita, que lloraba el pobre hasta con “Heidi”) y reconozco que hubo dos momentos en los que tuve que retirar la mirada. En ambos casos fue con madres de estos niños que habían sido detenidos. Cuando llegabas a sus casas lo primero que hacían era recibirte con un “welcome” que estaba siempre dispuesto a salir de sus bocas. Fue mi primer contacto con la cultura palestina y me inició en la forma de ser de una gente cuyo máximo orgullo es la hospitalidad. La cantidad de veces que he oído esa palabra desde entonces. Luego te ofrecían café y té y a veces galletas o pastas. También insistían en que te quedases a comer. Y estamos hablando de familias que difícilmente pueden alimentarse a sí mismos. Las madres nos contaban los detalles de cómo el ejército israelí entró en sus casas en mitad de la noche para llevarse a sus hijos (lo más parecido a un secuestro legal que he oído), destrozando las casas entretanto. Teníais que ver los ojos de esas madres cuando nos lo contaban, estaban llenos de frustración y también de resignación, pero a la vez conseguían mantener una sonrisa increíblemente tierna. En un par de ocasiones, cuando me decían lo que les habían hecho a sus familias, a sus casas, no pude evitar decirles “tienes una casa muy bonita” o “tienes una familia estupenda”, a lo que ellas invariablemente me contestaban: “Y tú tienes unos ojos muy dulces.” Aunque me imaginaba que era una expresión árabe de agradecimiento, tenía que apartar la mirada porque veía que se me saltaban las lágrimas. Eran loables sus esfuerzos por mantener sus hogares impecables y sus familias unidas, a pesar de las terribles circunstancias en las que viven. En un momento concreto del rodaje, mientras grabábamos una de las entrevistas, una de esas madres se echó a llorar cuando menos lo esperábamos (también es verdad que no entendíamos lo que nos decía hasta que la parte palestina de nuestro equipo nos lo traducía). Ninguno de nosotros fue capaz de reaccionar para captar ese primer plano que tanto adora la pantalla. Nos quedamos petrificados. Pero nunca se me olvidará la mirada de esa madre que sufría por su hijo…

©RM El Books Café de Ammán

Continuaré con esta historia en mi próxima entrega, pero ahora para romper el dramatismo os contaré que me he venido a escribir esto al Books, ese café moderno, semi gay de Ammán, que claro, es de los pocos que sigue abriendo durante el Ramadán. Y os puedo contar que hoy, sábado al mediodía, aquí no se reúne sólo la comunidad internacional. Aquí hay muchos árabes que, obviamente, no mantienen el ayuno. Así me gusta. Y yo, mientras tanto, celebrando en solitario mi quinto aniversario de boda. Menos mal que esta mañana he conseguido hablar con mi marido por teléfono (la conexión a internet también nos está fallando y hacía días que no hablábamos, ¿será por el Ramadán?). En cuatro días está aquí para visitarme (no nos hemos visto en casi dos meses) y nos iremos a descubrir Petra. Más o menos a la vez, el mundo entero recordará el 50 aniversario de la muerte de uno de los mayores iconos del siglo XX, la rubia entre las rubias, la que hizo mundialmente famosas las iniciales MM, un lunar falso, unos labios carnosos y unos ojos miopes. Era además, una gran actriz. Aunque muchos no lo hayan descubierto aún. Su silueta y su pelo platino siguen apareciendo en publicidad, en carteles, pósters, postales, películas… Te la encuentras donde menos te lo esperas. Va por ti, Marilyn. ¡Salud!

Guapa como ella sola

Única    

Sensual, frágil

lunes, 16 de julio de 2012

¿En tierra santa? Permítame que lo dude…



©RM Mezcla en el mercado de Jerusalén


(banda sonora oficial de la entrada de hoy: Mando Diao con su "Gloria", para darle un poco de caña)

Nada  más montarme en el avión me vi sumergido en una marea de familias israelíes, todas con varios hijos y cada uno de ellos con sus correspondientes maletas (sí, he dicho maletas, no equipaje de mano). Entre tanta familia había varias ultraortodoxas, ésas que se caracterizan (aparte de por la cantidad de niños que procrean, algo casi propio del Opus) porque ellos se dejan los rizos largos por delante de las patillas, así para que cuelguen por debajo de sus amplios sombreros negros (tipo cordobés). Ellas, las que no llevan la cabeza cubierta por un pañuelo anudado a la moda de los 70, cubren su pelo con pelucas. Sí, ése es su secreto, no es que todas ellas tengan un penoso pelo sin brillo ni matiz, cortado por el peor enemigo de sus madres, es que por humildad se pasan la vida con peluca (lo que debe hacer maravillas por su cuero cabelludo, el real). El caso es que para cuando llegué a mi asiento tuve que vérmelas y deseármelas para escurrir mi exigua bolsa de viaje (la de mano) en un hueco diminuto. A lo largo de todo el viaje, sin exceptuar un simple minuto, había algún niño llorando. La comida vino acompañada de su debido certificado de ser auténtico “kosher”, es decir, que cumplía las exigencias judías de no mezclar los cárnicos con los lácteos (ni sus vajillas). Pero estaba buena, lo reconozco. 

Y así de agradablemente llegué al aeropuerto de Tel-Aviv, donde antes incluso de recoger mi maleta ya tenía adjudicada a mi propia “agenta de aduanas” (flipo, no me lo marca el corrector de Word). Esta vez no se parecía a la cerdita Peggy, era mucho más adusta y, desde el minuto 1 me dejó muy claro que no se creía ni patata de lo que le estaba contando. Me preguntó una y otra vez qué iba a hacer en su país, por qué no podía darle el nombre del hotel en el que me iba a quedar y, sobre todo, por qué no venían mis amigos a buscarme al aeropuerto. Ésta no se fijó mucho en mi edad, pero creo que se pensaba que quería entrar en su país para vagabundear… Y claro, es que mi billete de avión tenía la vuelta para más de dos meses después. Y por mucho que le conté que sólo me quedaba dos semanas en Israel y que el resto lo pasaba en Jordania en casa de mis amigos diplomáticos, ella a lo suyo, que consistía en preguntarme repetidamente los apellidos de mis amigos y cómo iba a llegar hasta Jerusalén yo solito desde el aeropuerto. Menos mal que tenía ya un plan que me había elaborado mi marido (yo no había tenido ni tiempo, tanto preparar el proyecto y mis coartadas), según el cual en el mismo aeropuerto cogería un taxi compartido y por unos 50 shekels podía llegar hasta el punto de encuentro con el resto del equipo (al parecer el único al que te llevan desde el aeropuerto en Jerusalén este, zona palestina, y es que incluso esta ciudad aparentemente santa está dividida por motivos político-económicos).

Total, que el resto de pasajeros de mi avión ya había pasado y allí estaba yo, solo frente a mi “agenta”. No me quiero ni imaginar lo que será si tratas de entrar en el país para trabajar… Estaba claro que mi historia como turista no le convencía y en breve se le unió un policía secreto al que sólo le interesaba cuánto dinero llevaba encima. Pero no, no escondía ninguna intención de soborno. De pronto, sin más ni más, mi agenta me selló el pasaporte con un rápido movimiento de muñeca y me dejó pasar, así, sin explicaciones. Pero al salir de allí, mientras trataba de recoger mi maleta solitaria, me esperaba otro agente de aduanas, diseñado especialmente para mí, ya que hablaba perfectamente español con acento latino. Así que vuelta a empezar con las explicaciones. Pero éste debía tener ganas de marcharse y no insistió demasiado. Así que las puertas de Israel se abrieron ante mí y respiré hondo. Enseguida me vi montado en mi taxi compartido (sherut). Viajábamos 9 personas: un par de mujeres judías (también se las distingue porque visten como ursulinas o simoninas, de nuevo las analogías entre religiones, con la moda que Laura Ingalls desechó de pequeñita por rancia), cinco hombres ultraortodoxos con sombrero, un israelí laico y yo, el único occidental. Uno de los hombres con sombrero de ala ancha (muy mayor, parecía que le habían pegado una paliza o que se había bebido una botella de ginebra) me pidió de malas maneras que le dejara el móvil. Y la verdad, que ante las tarifas internacionales empezando a 3 euros el minuto, ni me lo pensé. Y así empezó la ruta, mucho campo abierto con luz de atardecer salpicado de coquetas urbanizaciones de casitas color ocre. La entrada en Jerusalén no fue tan idílica: barrios hacinados donde Almodóvar podría haber rodado sin problemas “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” Por las calles de barrios obviamente ultraortodoxos sólo se veían sombreros negros y pelucas. Las únicas mujeres que llevaban el pelo a la vista (eso sí, con horquillas hacia atrás o con coleta) eran las niñas. Todas ellas con medias y manga larga en pleno junio, temperatura rondando los 30º, para no incitar. Incluso vi a una madre con una silla de niños cubierta por una caja de cartón enorme… ¡debajo de la cual salían las piernecitas de un niños! (Dios mío, pensé, hereje de mí, ¿dónde me he metido?) Enseguida me di cuenta que yo iba a ser el último del taxi en ser llevado a su destino, así que me resigné y empecé a disfrutar con ese anti-exotismo tan radical. Por fin llegué al American Colony Hotel (5 estrellas, no, no nos hospedábamos allí), donde me esperaban mi amiga Raquel, impulsora del proyecto, y Carlos, el dire de foto (tres bilbainitos de pro perdidos en Israel). Tras los saludos de rigor nos fuimos a nuestra base en Beit Sahour, un pueblecito próximo a Belén, donde según la leyenda nació el niñito Jesús. Claro, que antes de llegar tuvimos que pasar por mi primer checkpoint.

©RM  El auténtico Portal de Belén


Un checkpoint es como una especie de control o frontera militar del ejército israelí que controla los movimientos de los palestinos en su propia tierra, Cisjordania, ocupada por los israelíes, junto con Gaza, desde 1967. En 1948, (seguramente para lavarse la conciencia de lo que había pasado durante el Holocausto, entre otras muchas razones) la ONU decidió favorecer la creación del estado israelí. ¿Y qué pasaría con los que ya vivían allí…? Uno de los conflictos más complicados e inacabables de la historia reciente acababa de dispararse. Hoy en día Israel ocupa no sólo lo que le dieron en 1948 sino también lo que cogió en 1967. Y los ciudadanos palestinos tienen que vivir de prestado en sus propias tierras (eso los que no se fueron del país). Un gran muro separa los territorios de manera absurda y todos los movimientos están controlados por el ejército (que por cierto, es obligatorio, dos años para ellas, tres para ellos). Así que, bajo el mandato israelí existen tres clases de ciudadano, o mejor dos, porque la tercera es la de los “no ciudadanos”: los de primera categoría son los israelíes de pleno derecho (judíos religiosos o laicos); los de segunda son los palestinos con pasaporte israelí, cuyos movimientos están restringidos por las decisiones aleatorias del soldadito (o soldadita) de turno. Y por fin están los palestinos sin pasaporte, son los “no ciudadanos”, los que no tienen derechos y necesitan permisos especiales para cada uno de los checkpoints, que tienen que cruzar en infinidad de casos para ir a trabajar, al colegio o a los hospitales. Y claro, pagar por cada permiso también. En general se dice que el muro separa a israelíes de palestinos. Algunos palestinos nos dijeron que en realidad separa a palestinos de otros palestinos (familias a las que ni siquiera pueden ir a visitar). A los checkpoints te acabas acostumbrando, sobre todo si estás todo el día viajando y tienes que pasar por 4 ó 5 al día. Además, como extranjeros, por lo general te dejan en paz. Todo depende. A la monstuosidad que es el muro no sé si llegué a acostumbrarme. 

Pero volvamos a Beit Sahour y nuestro pequeño hostal allí. Lo llevaba una amable ancianita a la que enseguida cogimos cariño y a la que llamábamos afectuosamente “granny”. Era muy pequeñita y nos miraba siempre hacia arriba, sin entender ni la mitad de lo que le decíamos. Y su principal obsesión era… que comiéramos muchos huevos en el desayuno. Todos los días. Cuantos más, mejor. A veces, incluso salía a despedirnos a la puerta por las mañanas, cuando nos íbamos a rodar. Su hostal pertenecía a la Asociación de Ayuda a las Mujeres Árabes. Granny era cristiana, así que no llevaba ningún tipo de velo ni turbante ni peluca. De hecho, en Beit Sahour y en Belén había una gran comunidad cristiana, me imagino que por cercanía al pesebre.

©RM  Aquí derramó su leche la Virgen


Al día siguiente a mi llegada me llevaron a ver el Portal de Belén, el de verdad. O eso dicen. Yo, como soy ateo, agnóstico y hereje, me remito a las pruebas. Lo que allí había era una bonita iglesia, con un sótano (lleno de dorados, algo tendría que decir al respecto nuestra querida Chus Lampreave) donde en un agujero como de chimenea decían que había nacido Jesús. Yo lo único que vi fue la espalda de una mujer arrodillada que limpiaba incesantemente (creo que había algo que se podía besar, ¡¡¡puaghhh!!!). A la vuelta de la esquina había otra iglesia, más discreta, donde dicen que la Virgen dio de mamar al niño y donde (hasta qué punto pueden llegar algunos “detalles históricos”… ¡Qué memoria tienen algunos!) parece ser que se le escapó ese chorrito de leche que tantas veces se ha representado en la historia del arte. En fin, nunca pensé que pisaría Tierra Santa. Ni que me impresionaría tan poco, al menos espiritualmente. Y ahora, seguro que por contar todo esto ya me he ganado el infierno, donde seguramente me las tendré que ver con Rajoy, o con Andreita Fabra (jodida ya para entonces eternamente a pesar de su familia, sus prebendas y sus loterías)  ¡qué aburrimiento! Están empeñados en devolvernos a la España ésa de la posguerra y la miseria que mi abuela recordaba con tanta aprensión, llena de hambreanalfabetismo e insalubridad. ¿Se dedicarán también a inaugurar pantanos? Mira que igual eso traía trabajo…

La Chus Lampreave
Miseria que vuelve

Mientras tanto yo escribo esto sentado en una terraza de Ammán, tomando una bebida no alcohólica, en un descanso de la preparación del montaje de nuestro proyecto, escuchando música árabe y rememorando mi primera impresión de Israel. La calle donde estoy se llama Rainbow Street y es la única, probablemente en toda Jordania, donde existe un local cuyo dueño es abiertamente gay y donde, al parecer, se reúne la reducida comunidad gay internacional que aquí habita. ¿Será coincidencia lo del nombre de la calle?

©RM  No es San Francisco, sino Ammán


domingo, 8 de julio de 2012

Lejos de la tierra



 ©RM
Dos jordanos muy naturales... Todos no son así
Hoy no puedo decir eso de “Bilbao 2012, año del fin del mundo”. Simplemente porque no estoy en Bilbao. Llevo casi un mes fuera de mi tierra y ya echo de menos la lluvia. O sea, el verde. El caso es que aún me queda más de mes y medio hasta que pueda volver y, sinceramente, ni siquiera sé si para entonces seguirá existiendo ese país. O al menos, tal y como lo conocía, tal y como lo hemos conocido todos hasta hace poco. Por lo que veo cada vez que abro internet y porque llega la temporada de vacaciones (ésa que a nuestros políticos tanto les gusta usar para tomar las decisiones más polémicas sin que nadie se dé cuenta porque todo el mundo está al lado de la piscina con una cervecita en la mano…) me temo que el Apocalipsis, así, en negrita, o sea, el fin de la sociedad de bienestar, ya ha llegado. Y no nos engañemos, o mucho vamos a tener que pelear por ella, o ya le podemos dar nuestras honras más fúnebres.

Pero como hoy no quiero hablar ni de política ni de religión (que luego ya sabemos cómo
Annie B Sweet es española...
me pongo…) lo mejor será que me centre en explicar dónde estoy, cómo he llegado aquí y por qué. Os voy a llevar en una road movie que sólo puede ir acompañada por la música de
Annie B Sweet. Relajaros en vuestro asiento de ordenador, conectaros con el siguiente link y… “ajústense los cinturones, señoras y señores, porque se aproxima tormenta” (Bette Davis en “Eva al desnudo”)


 ©RM
Luna árabe sobre Jordania

Empiezo a escribir esta historia desde… ¡¡un centro comercial!! Y cualquiera que me conozca mínimamente se preguntará “¿pero qué hace éste en un centro comercial, si no los soporta?” Pues la verdad es que, a las tres del mediodía, en Ammán, la capital de Jordania, no hay mucho más que puedas hacer. A no ser que quieras volver a dormitar en tu sofá hasta que lleguen las 7, hora en la que todo el mundo se echa a la calle porque el sol ya ha bajado y la brisa hace que el aire se respire con agrado. Incluso algunas noches te tienes que poner algo encima (sí, venga, lo digo, una rebequita…). Vamos, casi casi como si estuvieras en Bilbao. ¿Que qué hago en Ammán? Es una larga historia. Todo empezó cuando mi amiga Raquel me propuso hace ya bastante tiempo, llevar a cabo un proyecto que ella trataba de sacar adelante y que por fin estaba tomando forma. Pero igual hay que alejarse un poco más en el tiempo para entender realmente todo esto. Así que venga, ¡flashback!: mi primer año de carrera, en Bellas Artes; la novia de uno de mis mejores amigos de clase me presenta a una chica que venía de familia de brujas. Sí, así como suena, de brujas, de las que leen el porvenir. Su abuela, su madre y también ella, habían nacido con esa capacidad: podían leer el futuro en las líneas de la mano. Y eso que no eran gitanas. Aquella chica, a la que nunca jamás volví a ver, me contó un par de cosas bastante creíbles que no se me han olvidado. Primero me dijo (o me predijo) que mi vida sentimental iba a ser muy complicada (y vaya si lo fue) y que no sería hasta una edad más o menos madura que conocería a la persona con la que iba a compartir mi vida (llevo ya más de 14 años con mi marido, con el que este mes celebraré -a distancia- cinco años de casados, eso claro, si el Tribunal Constitucional y Mariano Rajoy no nos descasan antes). La otra cosa que me dijo y que nunca se me olvidó fue que iba a elegir un trabajo que me llevaría a recorrer mundo. Y al poco de volver de Londres e instalarme en Madrid, empecé a trabajar en “Nosolomusica” y la verdad que desde entonces no he parado de viajar. De San Francisco a Moscú, de Budapest a la República Dominicana, de Washington a Estocolmo… Pero lo que nunca pensé es que acabaría pasando más de dos meses en Oriente Próximo

 ©RM
Jerusalén, foco de conflicto
Esta aventura empezó a mediados del mes pasado, más concretamente el 12 de junio. El mismo día que acabé el curso de inglés que he estado dando a un grupo de simpáticas dependientas a través de una empresa de formación, volví a casa, conseguí cerrar mi maleta sin tener que sentarme encima (cosa que mi amiga Mª Mar tuvo que hacer un par de veces para ayudarme cuando me iba a Londres) y llegar a tiempo de coger el autobús a Madrid (viaje que me conozco de memoria sobre todo tras la cantidad de veces que lo hice el año pasado, cuando me trasladé a Bilbao pero mi marido seguía en la capi). Me recibió mi querida Lourdes y nos fuimos a tomar unas cañas, como hacíamos siempre cuando aún vivía allí. En la terraza, o más bien la calle, de “La Escondía”, con Lidia. Como en los “ya” viejos tiempos de Madrid (al final todo acaba convirtiéndose en eso, en viejos tiempos). Con ellas compartí mis temores de lo que pasaría al día siguiente, cuando tuviera que entrar en Israel por la puerta grande. O sea, por el aeropuerto. (Perdón, tengo que contarlo, acaba de sentarse en la mesa de al lado mío una chica muy joven con burka negro y gafas de ver. Os parecerá una tontería pero es la primera que veo desde que estoy aquí que cumple todas esas características) ¿Dónde estaba? ¡Ah, intentando entrar en Israel. Os parecerá una tontería, pero no es moco de pavo. Depende de quién te toque en la aduana, te puede tocar todo lo que quiera, incluidas las narices. El caso es que yo volaba con Iberia (o eso creía), lo que me daba cierta tranquilidad. Pero nada más llegar a la T4 (tras pagar los 4 euros que la Espe ha impuesto para el metro al aeropuerto y por cuyas protestas ya ha detenido a varias personas tratándolas “supuestamente” casi como a terroristas) me encontré con que no, con que Iberia simplemente ponía el nombre al vuelo pero realmente viajábamos con una línea israelí. Y allí empezaron las molestias. Antes incluso de facturar, aún en suelo español, tuve que pasar el interrogatorio de una simpática rubia que se parecía bastante a Ms Piggy, pero
Cómo se parecía la agente de aduanas...
era mucho más tonta que la agradable cerdita. Tras preguntarme repetidamente lo que iba a hacer a Israel, con quién y por qué (gran táctica para potenciar el turismo en el país), con cara de no creerse una mierda de lo que yo le respondía, empezó a darle vueltas a mi pasaporte. Y venga a mirarme y a murmurar algo entre dientes. La verdad es que yo ya no me parezco nada a la foto del pasaporte, que tiene más de cinco años, y en la que aparezco con el pelo oscuro, más o menos largo-borroka y con perilla. Unos días antes de coger el vuelo se me ocurrió afeitarme la cabeza y no sé qué brillaba más si mis sienes, mis miedos o las canas cortadas al 1. El caso es que finalmente la cerdita Peggy me dijo que había algo erróneo, que era demasiado joven para la fecha de nacimiento que aparecía en mi pasaporte… No me lo podía creer, cuando ya me acerco más a los 50 que a los 40, con la cantidad de canas que peino, aún alguien me dice eso… “¿Y es un problema?”-le dije, “pues a mí me has alegrado el día”. A la cerdita le debió de parecer divertido y me dejó pasar, no sin antes ponerme una calificación en el pasaporte, que ciertamente no se correspondía con “limpio de toda sospecha”, por lo que comprobaría después. Ah, también me preguntó, claro, si alguien me había dado algo para llevar a mis amigos de Jordania, porque no sería la primera vez que algo así pasaba. “¿Y sabes lo que había en el paquete que les habían dado?” –me dice la cerdita con los ojos abiertos por la incredulidad: “¡Una bomba!” Y yo abro los ojos aún más que ella, fingiendo estar patidifuso por la sorpresa, y exclamo: “¡Oh, no! ¿De verdad? ¿Pero cómo es posible?” Ella se queda contenta de haberme sorprendido tanto y me deja pasar. Y yo me voy hacia la puerta de embarque pensando “si esto ha sido antes de montar en el avión, no me quiero imaginar cómo será al llegar allí”.

 ©RM
Mercado de Jerusalén
Quizá os preguntéis por qué me preocupaba tanto la llegada y el interrogatorio. Bueno, principalmente porque el proyecto en el que iba a trabajar era una denuncia de las prácticas abusivas del gobierno israelí sobre los niños palestinos. Y aunque no llevaba nada en mi equipaje ni en mi persona que me delatara, y pensaba entrar como turista, la culpabilidad se lleva en el rostro. Y a mí nunca se me ha dado bien mentir. Además, había leído ya lo suficiente sobre la insistencia de las fronteras israelís como para no apetecerme demasiado el asunto. Sobre todo porque ni siquiera podía decir a qué hotel iba, porque la ONG para la que trabajábamos no había sido capaz de confirmárnoslo. Y es que educarse en un colegio de salesianos dictadores y caprichosos deja huella en el carácter de uno cuando se trata que enfrentarse a la autoridad... Y al fin y al cabo, eran los israelís los que debían dejarme entrar en su país militarizado. Lo más que podía pasar era que me deportaran. Hasta ese momento de mi vida, nunca me habían deportado. ¿Qué se sentiría?