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viernes, 5 de abril de 2013

Y sin darnos cuenta nos habíamos hecho mayores, casi


 

Año 23 d.c. (después de la crisis), o lo que es lo mismo, año 2031 del antiguo calendario, el que se reseteó ya hace tanto, cuando empezó a quedar claro que aquella supuesta “crisis” no era tal, sino una nueva situación social, un hecho histórico que comenzó como consecuencia de un plan subterráneo y oculto (como la mayor parte de la historia) aquel aciago año de 2008 en que las bolsas mundiales cayeron sin remedio y una serie de agencias internacionales (de las que nadie había oído hablar hasta entonces) empezaron a controlar la política mundial. Los países de la Europa del Sur, o sea, los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) o “los cerdos”, como prefieran, quedaron particularmente tocados por esta trama oculta, maquiavélica e ilegal. Más bien habría que decir que quedaron completa e inevitablemente hundidos. El mundo nunca volvió a ser como antes. Por eso se reseteó el calendario empezando de cero. Por eso nuestras vidas cambiaron sin remedio.


A este lado de los PIGS todo empezó con recortes en Sanidad, Educación y Cultura. La Sanidad quedó en manos de los familiares de los políticos, la Educación en las de la Iglesia y la Cultura… La Cultura simplemente desapareció. Algunos vieron en ello una venganza del gobierno contra un sector que tantos dolores de cabeza les había dado durante mandatos anteriores, siempre quejándose, siempre manifestándose, siempre mostrando una opinión distinta a ellos (¿cómo se atrevían?)… Así que se les cortaron las subvenciones y se les dejó morir poco a poco. Después llegó la desaparición de cualquier beneficio social, empezando por el paro, los subsidios, becas y ayudas de cualquier tipo. Entonces, cuando la gente aún no salía de su asombro, cayeron las pensiones. Simplemente, los pensionistas dejaron de recibir sus ingresos, así, sin más, “por el bien mayor”… Pero por si eso no fuera suficiente, los siguientes en caer fueron los funcionarios, miles y miles de trabajadores con plaza fija la perdieron sólo para dar entrada a adeptos al régimen. Porque para aquel entonces ya había quedado claro que aquel gobierno no era tal, sino que era un régimen. Sí, como el del dictador que aterrorizó a la población durante casi 40 años.  Pero el pueblo, el de aquellos años, no era ya la masa inculta y fácilmente manipulable que el caudillo había conseguido mantener bajo su yugo. Era aún una gran masa, eso sí, pero de gente cualificada con un nivel cultural muy alto y con buenas conexiones a internet (aún existía, sí) que les permitía estar enterados en tiempo real de lo que realmente estaba ocurriendo (y no de lo que el régimen les contaba en sus declaraciones en diferido –y siempre sin derecho a preguntas). Así que lo inevitable acabó ocurriendo: el asalto definitivo al parlamento. Pero esa vez no se limitaron a rodearlo pacíficamente, no, esa vez entraron. Y lo hicieron armados con todo lo que habían podido encontrar en sus casas y en la calle, palos, hierros, cuchillos de cocina, hachas, antorchas… Lo destrozaron todo a su paso, los asientos del congreso, los retratos de los ministros, los muebles, las cortinas, las puertas, los ipads, los aparatos para votar, los retretes… Y en el camino cayeron varios de los parlamentarios que tuvieron la mala suerte de haberse retrasado en su huída. También se dijo que había caído el presidente del gobierno, pero eso nunca se pudo demostrar. Hacía tanto que no daba la cara que la gente no se acordaba ni de cómo era. El caso es que, desde aquella tarde, nunca más se volvió a saber de él.

 

La consecuencia inmediata fue como una avalancha de sucesos cuyo orden era ya imposible de seguir. Las redes sociales cayeron, internet se interrumpió (y de hecho, ya nunca ha vuelto) y la gente tuvo que seguir los trágicos acontecimientos a través de la radio o la televisión, lo que quiere decir que cada emisora retransmitía únicamente de acuerdo a su ideología o a una posible audiencia. La familia real, que ya tenía la cabeza al borde de la guillotina debido a los numerosos casos de corrupción y dispendio en los que habían estado involucrados, abandonó el país con destino indefinido (y con las maletas llenas de billetes, bonos, cheques, tarjetas de crédito y pagarés de todo tipo). Con ellos (o por lo menos al mismo tiempo) se fueron todas las marquesas, baronesas, duquesas y duques que formaban la corte. Lo mismo hicieron los Jesuítas, acojonados de que la turba repitiese actuaciones que ya habían vivido durante la Segunda República. En cuanto a los políticos de todo signo, los que pudieron también escaparon. Los que no tuvieron esa suerte, perdieron la cabeza, literalmente. No sólo los que estaban imputados en los miles y miles de casos de corrupción que ya se habían convertido en la norma dentro de su clase, sino incluso los honrados, los que nunca habían robado un solo euro. Los que no escaparon a ningún sitio fueron los gerifaltes del ejército. Todo lo contrario. Por fin encontraron una excusa para sacar su fuerza a la calle, para demostrar lo que habían estado reprimiendo durante años de forzada contención. Y vaya si lo hicieron, fue una masacre total. Miles y miles de personas asesinadas en las calles, hogares destruidos, medios de transporte condenados a no volver a funcionar nunca calcinados en mitad de su último trayecto (donde permanecerían durante años por venir)… Hasta que ya nadie se atrevió a salir a la calle, los tanques vigilando cada movimiento, cada luz que se encendía o apagaba…

Pasaron meses de incertidumbre, de miedo e incluso de hambre. La Comunidad Europea (como ya había hecho durante la dictadura franquista) no se atrevió a inmiscuirse, quitando importancia en sus comunicados a las “mínimas reyertas callejeras”. Como las empresas de telefonía habían dejado de dar cobertura, ya no se podían mandar fotos a los medios de comunicación extranjeros. Los bancos, claro, habían cerrado sus puertas, con lo que cada uno tenía que sobrevivir con lo que tuviera en ese momento, volviendo en la mayoría de los casos al trueque. El vacío de gobierno (los militares fueron incapaces de saber qué hacer con un país sin dinero que se moría de hambre y poco a poco fueron desapareciendo también del ojo público) dio lugar a todo tipo de movimientos autonómicos de independencia, ya nadie quería pertenecer a ese país arrasado por la corrupción y la violencia. Ni siquiera se habló de elecciones o referéndums, simplemente se fueron formando pequeños grupos de poder en torno a lo que anteriormente habían sido comunidades autónomas, pero en algunos casos incluso en torno a provincias o a municipios. Los siguientes en desaparecer fueron los canales de televisión: las audiencias cayeron junto a las conexiones eléctricas y la publicidad… ¿Quién podía ya comprar algo? Lo mismo ocurrió con radios y periódicos. La información, per se, dejó de existir. A la gente ya sólo le interesaba lo que pasaba en su entorno más inmediato, en su pueblo o en su propio barrio. Como los medios de transporte ya no funcionaban, la movilidad era muy reducida, ni siquiera entraba gasolina en el país, con lo que hacer funcionar un coche se convirtió en algo del pasado. Sus esqueletos calcinados o  roñosos, se podían ver aparcados en cualquier sitio, a veces en mitad de la calle, como monumentos absurdos a una civilización consumista que nos había llevado a aquella situación.

Pero poco a poco, la vida fue empezando un nuevo rumbo. La gente se moría (de cáncer, principalmente, ya que no había tratamientos suficientes para semejante epidemia ni centros médicos donde paliar el dolor) y la gente nacía. Sí, después de un par de años en los que casi no habían nacido niños (por miedo, principalmente, y por una bajada de libido generalizada), se empezaron a oír de nuevo lloros de niños en las viviendas. Claro, que lo que también había ocurrido fue una migración generalizada hacia el campo. Ante la falta de alimentos, todo aquel que tuviera una casa fuera de la ciudad, en un pueblo o cerca de la costa, había abandonado las urbes. Mucha gente también se echó al monte y construyó allí viviendas de madera, de metal, de cartón, chabolas, cualquier refugio que le permitieran sus medios o su pericia manual. Las comunidades se fueron haciendo cada vez más pequeñas y se organizaban en torno a equipos de trabajo. En cada una había gente que sabía trabajar la tierra, algún médico, alguien que insistía en transmitir sus conocimientos a los niños (aunque esto cada vez tenía menor importancia, lo importante era sobrevivir) y, desde luego, algún líder carismático. De vez en cuando aparecía alguna pintada, algún grafiti sobre alguna pared, a pesar de que cualquier tipo de manifestación artística estaba prohibida, pero claro, tampoco había nadie que vigilase el cumplimiento de las leyes.


Y así llegamos al día de hoy. 5 de abril del año 23 d.c. En algún punto de toda esta historia nos hemos hecho mayores. O casi. Eso los que hemos tenido suerte de seguir estando aquí para contarlo. ¿Que dónde es aquí? Pues desde hace años vivo en una casa como la que siempre quise, de planta baja y primer piso. Con jardín. Claro que el tejado tiene agujeros por todas partes y las ventanas dejaron de encajar hace tiempo. En realidad sólo pude trasladarme aquí porque nadie más quiso meterse en una casa tan grande. Y porque había tantas viviendas vacías que se podía elegir la que se quisiera. Como estoy en una colina, desde las ventanas veo a mis pies lo que en otro tiempo fuera una ciudad prometedora. Al fondo incluso se dejan ver los restos metálicos de aquel barco de titanio que tanto hizo por esta ciudad. Hace mucho ya que no me acerco por allí, dicen que una tribu de merodeadores se ha instalado en su interior y que no es muy recomendable acercarse. En el jardín tengo un pequeño huerto del que me abastezco y con el que consigo suficiente como para incluso hacer algo de trueque. ¿Que a qué dedico mis días? Pues a pasear, a hablar con los vecinos que forman nuestra pequeña comunidad, a recordar viejos tiempos. Finalmente me he convertido en el viejo excéntrico que siempre supe que sería. Pero lo que más hago es escribir. No quiero que todo esto se pierda, es importante que alguien tome nota y pase el conocimiento de lo que pasó para que los que vengan después no lo olviden. De hecho existe una pequeña posibilidad de hacer que todo lo que he escrito en estos años llegue al extranjero, para que lo sepan los demás, los de fuera. Hoy he recibido una carta que me ha dado esperanzas (aún existe un mínimo servicio de correo, no muy fiable, no muy constante, pero a veces las comunicaciones llegan, viajan en caballo de un lado a otro). Parece que está surgiendo un pequeño movimiento revolucionario de nuevo, y una de las cosas que quieren hacer es llevar mis textos afuera, al exterior, para que el mundo sepa por fin lo que ha pasado aquí. Sólo hace falta que pueda ponerme en contacto directo con uno de ellos, que se pueda acercar aunque sea hasta la costa, donde yo pueda ir andando… Espero con ansiedad la siguiente notificación.

 



martes, 8 de mayo de 2012

La película sigue


©RM
La realidad vista a través de espejos, ¿cuento o pesadilla?
©RM
Una de las modernas plazas futuristas...
Bilbao 2012, año del fin del mundo. Pasan tantas cosas cada día que no sé ni por dónde empezar o en cuál centrarme. ¿Debo volver sobre los temas que nos angustian a todos desde cualquier medio de comunicación 24 horas al día, 7 días a la semana? ¿Debería hoy hablar del éxito de Hollande en las elecciones francesas y el rayito de esperanza que eso supone para los europeos por debilitar el trono de la inmunda Merkel? ¿Debería mencionar que hay una petición firmada por miles de personas que esta semana se va a presentar en el Congreso para que la Iglesia empiece a pagar el IBI como cualquier otra persona de este país? (me pregunto si la familia real paga el IBI) ¿O debería seguir hablando de los recortes en Sanidad y Educación? Pues no, probablemente no, bastante tenemos ya con lo que tenemos… Pero antes de cambiar de tema y alegraros el día, no me puedo quedar sin mencionar un par de cosas. El día 1 de este mes (día del Trabajador, así, con mayúsculas, si es que queda alguno que aún esté en activo) me pasé por el parque del Arenal para participar en las protestas de todos los trabajadores ante nuestra flagrante pérdida de derechos (y de dinero). Y escuché cosas muy interesantes, de las cuales, aparte de la rabia que nos posee a todos, se me ha quedado una clavada: que no nos engañen diciéndonos que la Sanidad y la Educación y el bienestar en general “ya” no pueden ser “gratis”. Que me perdonen los señores políticos (buitres carroñeros, debería decir), pero el
Mea culpa...
¿Que ha ganado quién...?
bienestar, la Sanida, la Educación, NUNCA han sido gratis, los hemos pagado siempre y los seguimos pagando todos los trabajadores con nuestros impuestos. De toda la vida, por favor, que no nos tomen por tontos ahora. Y otra cosa que no puedo evitar mencionar. Coged cualquier periódico o página web con noticias de las últimas semanas y veréis cómo se puede apreciar una evolución en los rostros de la “presuntamente” inmunda Merkel y de la “supuestamente” infame Sáenz de Santamaría: la primera está cada vez más enfadada, se le tuerce el gesto con disgusto haciendo salir a la superficie la maldad que, probablemente (o supuestamente) la corroe. La segunda, sin embargo, cada vez tiene un gesto más humilde, más como de pedir perdón por lo que hace y por lo que dice. Igual ni ella misma está de acuerdo con todo ello o igual es que le da miedo que lo que están haciendo va a tener consecuencias y les va a caer encima en cualquier momento. Los que ahora están ahí, en esas fotos, puede que muy pronto ya no ocupen los puestos que ahora ostentan con tanto desparpajo. Puede que el Pueblo (así, con mayúsculas, porque somos más y más importantes) los hayan, por fin, derrocado. O que se los hayan comido. Simplemente. 

Pero hemos dicho que no nos vamos a poner tremendos. Así que como diría mi amiga Nieves: “No me hables de política, que me pongo…” El otro día, después de escribir mi entrada anterior, me fui con mi marido y una pareja de buenos amigos al concierto de La Habitación Roja, ese grupo cuya música os amenizó (si es que os conectasteis al link, claro) y me reafirmó en lo que os comentaba entonces, que tienen unas letras que más que música son poesía. Merece la pena que les dediquéis unos minutos de búsqueda y escucha. Comprar un disco de vez en cuando no viene mal para el espíritu… Y por eso os voy a seguir amenizando estas sesiones de blogging (es el nuevo deporte de moda, y os lo aseguro, no sé si ejercitará el cuerpo con la postura del ordenador, pero desde luego la mente la agiliza que es una barbaridad) con algo de música. Hoy nos toca algo muy, pero que muy glamuroso. Seguro que ya lo habéis oído. Sobre todo si sois seguidores de La 1. Poco os queda por disfrutar, por cierto, porque el gobierno ya ha dado su golpe de estado particular y se va a hacer con el control total y absoluto de todo lo que salga por el canal público. Y eso que hasta la BBC ha reconocido sus noticias como las más ecuánimes del mundo. Por mucho que el partido en el poder se empeñe en decir lo contrario. Claro que si su idea de ecuanimidad es un noticiario dirigido por Urdaci, agarrémonos las vestiduras… Pero no hablemos de política, que me pongo… Como os decía, si seguís La 1, os habréis dado cuenta de que ya no ponen ninguna serie de producción propia para no gastar, las tienen arrinconadas en un armario (en el fondo un plan para librarse solapadamente de “Cuéntame” y “La República” porque no comulgaban con su ideario, en el que los fachas, generalmente, son malos. Incluso en Águila roja los reyes y obispos son malos. Casi como en la vida real). Me parece terrible y lo que creo es que pretenden cargarse el servicio público para tener una excusa y privatizarlo. Pero lo único bueno de esta tendencia de los últimos meses es que se ha vuelto a emitir cine clásico en hora punta. Y aunque es verdad que algunos son auténticos peñazos y empiezan tardísimo (¿quién es capaz de tragarse “55 días en Pekín” empezando a las 10 y media de la noche de un jueves cuando dura más de dos horas y media, aunque salga la divina Ava Gardner?), también han
El animal más bello del mundo...
pasado ya clásicos inmortales como “Casablanca” y “El hombre tranquilo”… Y parece que van a poner “Historias de Filadelfia”, una comedia maravillosa, intocable, con mi favorita Katharine Hepburn+Cary Grant+James Stewart (no sé quién está mejor en esa peli, pero ningún Cruise, Kidman, Hanks podría llegarles nunca ni a la suela del zapato). A lo que iba. Seguro que habéis visto el anuncio que usan para promocionar esta vuelta al cine clásico. Es estupendo. Sólo por oír a Ingrid Bergman diciendo: “El mundo se desmorona y nosotros nos enamoramos…” ¿Se puede estar más de actualidad? ¿Será consciente el PP del mensaje subliminal que han metido ahí? ¿Y qué me decís de esa maravillosa escena de Hepburn y Stewart bailando con lentitud en un jardín mientras burbujitas de colores salen de la pantalla gracias a los efectos digitales…? ¡Es la magia del cine personificada! Cualquiera que ame el cine puede sentirlo…

Hepburn y Stewart enamorados
Pues la música que lleva ese anuncio es de una chica guapísima y con mucho glamour que está muy de moda en estos momentos. Se llama Lana del Rey y si queréis oír la canción entera mientras seguís leyendo, abrid este link en otra página: http://www.youtube.com/watch?v=cE6wxDqdOV0
 
Porque hoy no, no os pienso hablar del anuncio que estoy haciendo para la página web de Metro Bilbao. Ni de otros pequeños encargos que me  han ido saliendo en los últimos meses. Ni de que igual me paso todo el verano fuera de mi ciudad favorita grabando un documental… No, no puedo hablar de nimiedades porque me debo a mi público. Y mi público, me temo, quiere saber qué fue de las hermanas Halcyon. ¿Os acordáis de mi último descubrimiento? ¿Existió en realidad una película que reunía a los dos mayores mitos de la pantalla, Marilyn Monroe y Elizabeth Taylor? He aquí la respuesta.

©RM
"Una historia que se convirtió en ambición..."
 “Anoche soñé que volvía a aquella casa…” No, no es el principio de “Rebeca”, el clásico del maestro Alfred Hitchcock con la mejor malvada de la historia del cine en blanco y negro, la señora Danvers, interpretada por Judith Anderson. Es lo que me pasó en realidad. Anoche soñé que volvía a aquella casa que hace años vivió momentos de gloria como cine
Mrs Danvers intrigando...
de barrio en Bilbao. Allí se celebraron matinales y sesiones dobles, se estrenaron películas y miles de personas soñaron con esos rostros tan bellos, esas intrigas amorosas y esas aventuras sin fin. Pero hoy es simplemente un bloque de apartamentos. Aunque se mantenga la estructura externa. Sin embargo, a pesar de su aspecto banal, en su interior se esconde un secreto. Uno que podría desentrañar el mayor misterio de la historia del cine. ¿Se llegó a rodar, o ni siquiera a planear, una película que reuniera a las dos mayores estrellas del firmamento de Hollywood durante los años 50? En mi sueño yo entraba al edificio por la puerta principal, con una llave de esas antiguas, como las que colgaban de la cintura de la señora Danvers en “Rebeca”. Abría la entrada y pasaba directamente a una sala de cine de las de antes, de esas con asientos de terciopelo y cortinón rojo cubriendo la pantalla. No había nadie en el cine, pero las luces estaban encendidas y la cortina abierta, aunque no se estaba proyectando ninguna película. De pronto, como sucede en los sueños, me encontraba ya en uno de los palcos, abriendo la puerta que en teoría comunicaba con el pasillo. Pero claro, no era así, sino que abría la entrada al apartamento que había visto en mi visita anterior.
©RM
"Una historia de éxito, glamour y lujuria..."
Estaba vacío, así que me fui directamente al cajón en el que sabía que se encontraba la lata metálica con los afiches de la misteriosa película. En un instante ya estaba abriendo la caja y sacando las preciadas fotos. Eran estupendas. Mágicas. ¡Tanta belleza junta! De pronto algo me distrajo, un sonido como de raso, de ropas que se rozan al andar. Levanté la cabeza y claro, allí estaban. Ellas, las hermanas Halcyon. Marilyn y Elizabeth sonriendo, juntas, como si fueran amigas de toda la vida, jóvenes y bellas. Y me sonreían como si yo también fuera su amigo de siempre. Quizá su hermano. Marilyn se quitó unos guantes rojo escarlata, de esos que se llevaban con los trajes ceñidos en su época. Los dejó sobre la mesa donde estaban las fotos para coger una. Empezó a reírse, como se reía en sus películas. Se la enseñó a Elizabeth, que soltó una risita como de niña, igual que la voz que la doblaba en este país. Marilyn dijo en su inconfundible susurro: “The Halcyon Sisters…” Y Elizabeth, sin dejar de reírse, añadió: “Sublime Confrontación…” Así, en perfecto español. Y se quedó tan ancha. Yo quería preguntarles tantas cosas… Pero en ese momento apareció el tío de la inmobiliaria y parecía muy enfadado. “¿Qué hacen ustedes aquí? ¿Cómo han entrado?” Y no pareció reconocer a
©RM
"Una historia de envidia y emociones retorcidas..."
las maravillosas actrices que, sin parar de reírse, cada una a su manera, se fueron dando pequeños pasitos con sus contoneantes tacones… Y yo me quedé allí, pegado a la mesa, sin poder levantarme. El tío agarró la lata, guardó las fotos y la puso de vuelta en su sitio, mirándome enfadado. Yo no me podía mover, sólo podía mirar los guantes rojo escarlata de Marilyn allí, sobre la mesa… Entonces me desperté. Menos mal, qué angustia. Pero el recuerdo de sus voces, sus sonrisas, los guantes, sus contoneos cuando se marchaban… “Sublime Confrontación”. ¿Sería ése el título de la película en español? “Sublime Confrontación”. Sólo Douglas Sirk podía dirigir algo así. O George Cukor, que tan bien dirigía a las mujeres… Me levanté de la cama y me fui directamente a mirar una vez más las fotos que había robado de aquel piso. The Halcyon Sisters, Sublime Confrontación… Dos hermanas, una ambición, una rivalidad. Toda una vida enfrentadas. Por una carrera: las dos niñas ricas que deciden ser actrices y comerse Hollywood… Siempre enfrentadas por ser la mejor… ¿O sería por un amor? Claro, en realidad sólo un hombre podría hacer que estas dos bellezas pasaran toda su vida enfrentadas… 

©RM
"Dos hermosas mujeres... Una ambición... Una carrera... Un hombre... Una historia de Hollywood como nunca antes la has visto... La historia de dos hermanas que se odiaron y se amaron..."






















sábado, 21 de abril de 2012

Un Bilbao de cuento


©RM
Bilbao 2012
©RM
Calles de un Bilbao de cuento
La siguiente historia no ocurre en Bilbao, esa ciudad de cuento que mi imaginación ha construido, en el año del fin del mundo. Ni siquiera ocurre en ese reino mayor, con más tierras, con más gente, con una realidad tan complicada como ésta o incluso más. De hecho, cualquier parecido entre esta historia y la realidad siempre será “única y puramente, una gran coincidencia”. Cualquiera de los personajillos que aquí van a aparecer, no son sino un producto más de esta imaginación irreverente y calenturienta. 

Para leer el siguiente cuento, os recomiendo que escuchéis la música que os proporciono en el siguiente link: 

 
Érase una vez un lejano país, tan lejano tan lejano que ni siquiera sé dónde está. En este remoto lugar siempre había gobernado una misma familia. O quizá no siempre, pero ya nadie se acordaba de las anteriores familias que habían llegado al trono, aunque se dijera que en un gran caserón se ocultaban aún sus retratos, realizados por los más insignes pintores del pasado. Pero éste no era un país típico de esos de los cuentos tradicionales, con hadas, princesas y cazadores. Bueno, princesas y cazadores sí tenía. Era éste un país más de pandereta, todo hay que decirlo, en el que todo tipo de corrupciones y malas prácticas no sólo se habían permitido históricamente, sino que se habían jalonado durante siglos, considerándolas ya totalmente normales. Y todo porque a ellos, a sus habitantes, les gustaba considerarse “diferentes”. “Aquí todo es mejor”, decían continuamente. “Como aquí no se vive en ningún sitio…” Y lo habían repetido tanto que habían llegado incluso a creérselo. Y eso que la familia que los gobernaba los había acribillado siempre a impuestos y se había gastado las riquezas del reino en juergas y francachelas varias… 

Ay, pero eso no era todo. En este país de pandereta, no sólo la familia real extorsionaba a su pueblo. También lo hacía una organización religiosa (salvadores para unos, corruptos capaces de las mayores fechorías para otros) que siempre (o casi siempre) se había situado del lado de los más poderosos, convirtiéndose ellos mismos en propietarios de grandes terrenos y en crueles señores feudales que habían sembrado hijos ilegítimos por doquier… Llegó un momento en que este reino de pandereta no pudo más y se rebeló, harto de los desmanes de sus gobernantes (terrenales y espirituales). Y así se echaron a la calle, tomaron el poder y expulsaron del país a la familia real y a la organización religiosa. Les prohibieron la entrada y desde entonces decidieron gobernarse ellos mismos. Claro que estos inocentes habitantes no habían contado con la presencia de varios brujos y brujas que se negaban a que nada cambiase, pues hasta entonces les había ido muy bien. Así que se embarcaron en una cruzada que ellos llamaron “santa”. Y acribillaron a su propio pueblo con la excusa de defender sus almas perdidas, cometiendo crímenes sin nombre: cientos de miles de personas fueron eliminadas sistemáticamente, muchas de ellas abandonadas en las carreteras, sin ni siquiera otorgarles eso que ellos mismos llamaban “santo enterramiento”. Cuando esta cruzada tocó a su fin y los terribles brujos y brujas adquirieron el poder, el país quedó mucho peor de lo que había estado nunca. La pobreza se hizo dueña de la mayor parte de los hogares y la miseria moral e intelectual se implantó en sus vidas durante décadas. El país (que ya no era reino) se vistió de negro y los brujos y brujas camparon a sus anchas, tras permitir que la organización religiosa volviese a tomar sus posesiones e incluso más. A los que dejaron fuera del país fue a los monarcas y su descendencia, pues los brujos y brujas no querían compartir su nuevo y absolutista poder con nadie. 

Pero como no hay mal que 1.000 años dure (o eso dicen), el Brujo Mayor (así, con mayúsculas) se hizo tan viejo, tan viejo tan viejo, y su alma estaba tan podrida tan podrida de tanto reprimir y aterrorizar a sus súbditos, que un buen día se deshizo espontáneamente en sus propias cenizas. La organización religiosa, desde luego, le dio honores de santo. O casi. Pero el resto de brujos y brujas, presionados por la fuerza del pueblo, que de nuevo empezaba a mostrar personalidad y a pedir sus derechos, permitieron que la familia real volviera al país de pandereta, pensando que así les tendrían contentos y callados. Y las cosas volvieron poco a poco a la normalidad. Los reyes gobernaban, esta vez con apariencia de afabilidad para que no les pasara lo mismo y su pueblo les rechazara, y los ciudadanos se pensaban que lo peor había pasado para siempre. Pero no se daban cuenta de que los brujos y brujas que les habían oprimido durante tanto tiempo, seguían ahí, introducidos en su nueva realidad, haciéndose pasar por gente más moderna, más civilizada, más respetuosa. Pero todo era una fachada, una treta, porque ellos eran los mismos. Y los ciudadanos tampoco se acordaban de que sus muertos seguían pudriéndose en las cunetas, ni de que seguían dando su dinero (incluso sin darse cuenta) a la familia real y a la misma organización religiosa que había adorado al Brujo Mayor.

Y así siguieron durante muchos años más, sin cerrar heridas, sin reconocer al enemigo que había acampado entre ellos, sin querer ver la realidad. Y la sociedad progresó mucho y todos creían que su reino ya no era un país de pandereta y hasta en ciertos círculos internacionales se les consideraba como un ejemplo de modernidad y civilización. Vivían todos tan felices… Era como si el reino entero se hubiera dormido en un sueño feliz y la hiedra siguiera creciendo a su alrededor sin que nadie se diera cuenta, esperando a que un buen día una princesa distraída se pinchara con la aguja de una rueca… La hiedra llegó a cubrirlo todo, las calles, los ríos, los montes, incluso los cerebros de los ciudadanos. Pero una mañana, una de las princesas se pinchó con una aguja… Bueno, en realidad se puede decir que la taladró un aparato punzante  pero de índole más orgánica, más “anatómica”, aunque igual de peligrosa. Y ese fue el principio del fin, porque la gente empezó a despertarse y alguien se quejó por primera vez: “Perdonad, pero nuestros muertos siguen tirados en la carretera y el hedor ya no se puede sostener”. “Y a mí no me llega para pagar mi vivienda…” –decía otra persona. “Pues a mí me han quitado el trabajo por ponerme enfermo…” –acusaba otro. Y así se fueron multiplicando las quejas y parecía que el pueblo en su totalidad iba despertando de su largo letargo. A base de pedradas, claro. 

Y ante las continuas protestas, a los brujos y brujas no se les ocurrió otra cosa que quitarse las caretas y actuar a cara descubierta de nuevo. Y una noche hacían desaparecer el sistema de curanderos y sabios, y otra hacían que desaparecieran todas las escuelas… Y la siguiente lo sustituían todo por templos de adoración para su organización religiosa favorita… Y en medio de todo ello, la familia real, que se había relajado mucho pensando que su pueblo los adoraba sin límites, se vio sorprendida de nuevo con el riesgo de una nueva repudia. Porque el pueblo se había enterado que el rey se dedicaba a despilfarrar el dinero de sus súbditos en cacerías esperpénticas que acababan con animales sagrados, mientras sus hijas, las princesas, ambas tocadas por sendas “agujas mágicas” se enriquecían más y más con el dinero del pueblo, dejando que sus propios maridos pasaran como culpables. E incluso la reina, tan dada a aconsejar a todos sobre cómo organizar sus familias, se había acomodado y había hecho oídos sordos al harem del rey, que ocupaba un ala completo del palacio real. Y todos ellos, en mayor o menor medida, habían incumplido ostensiblemente las normas de la organización religiosa que se empeñaban en imponer a sus súbditos… ¡Era todo tal desastre…! 

Así que  al pueblo no le quedó otra que echarse de nuevo a la calle. Y cortar cabezas. Primero se encargaron de la familia real. Luego de los dignatarios de la organización religiosa que durante tantos siglos les había esquilmado y empobrecido económica y moralmente. Después fueron a por los brujos y brujas que aún manejaban los hilos del poder. Y de ahí pasaron a los usureros, aquellos que prestaban dinero a cambio de intereses inconcebibles y que luego se quedaban con los hogares de las familias cuando éstas no podían seguir pagando… Y así las calles de este reino de pandereta se llenaron de cabezas cortadas y de cuellos ensangrentados. Y el país entero olía a podrido. Ya nadie se acordaba de los muertos de las carreteras porque las calles enteras estaban de nuevo cubiertas de cadáveres. Ya no quedaban reyes ni princesas, ni altos cargos ni brujos ni brujas ni organizaciones religiosas ni usureros… O al menos eso se creía este pueblo exultante de alegría por haberse librado de una vez por todas de sus opresores… Se dedicaron a bailar sobre las calles manchadas de sangre, celebrando sin parar, tocando de nuevo las panderetas. Pero me da la impresión de que, colorín colorado, este cuento NO se ha acabado.