sábado, 2 de julio de 2016

El orgullo gay y… mi padre


Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Este 28 de junio fue la quinta marcha del Orgullo Gay a la que he asistido en Bilbao y probablemente la número veintitantos en toda mi vida. También ha sido la primera en la que tuve que oír cómo nos llamaban “maricones”. 

Algo muy raro está ocurriendo con las celebraciones del orgullo en Bilbao. Desde el año pasado no hay una sino dos celebraciones paralelas y descoordinadas. Y eso en una ciudad en la que muchos de los miembros de la comunidad gay todavía no quieren ser reconocidos públicamente como tales. O sea, que no les importa ir a los bares más o menos “de ambiente” pero no se les verá ni muertos en la marcha reivindicativa del día 28. Es lo que tienen las ciudades pequeñas, que al final todo el mundo te identifica. Por eso me resulta tan raro lo que está pasando. Ahora resulta que los comerciantes y bares del Casco Viejo celebran lo que han venido en llamar “Pride”: cuatro días en los que engalanan las calles, tiendas, bares y restaurantes de banderas del arco iris. Es bueno para la visibilidad, es bueno para el negocio. Hasta ahí nada que objetar. Pero es que no se molestan ni en coordinarse con las asociaciones que históricamente han organizado la marcha del orgullo durante los últimos… 40 años (desde tiempos en los que realmente se insultaba a los asistentes). Hasta el punto que este año ni siquiera han tenido la decencia de incluir el día 28 en sus festejos (Día Internacional del OrgulloGay, así celebrado en la parte del mundo en que se permite) y en algunos periódicos hemos tenido que leer que este era el “segundo año que se celebra el orgullo gay en Bilbao”. ¿Perdón? ¿Periodismo de investigación, por favor?


La primera vez que fui a una marcha del orgullo fue en los primeros 90, cuando vivía en Londres. Ya nunca pude rehabilitarme de la adicción al buen rollo, al amor y a la celebración que rodea a ese evento. El resto de años que pasé en aquella ciudad no me perdí una. Empezábamos la mañana siempre reuniéndonos en casa con un desayuno que incluía champán y croissants. Luego venía la marcha y después la celebración en un parque público con picnics, conciertos y muchas ganas de fiesta. Por ahí pasaron Jimmy Somerville, Pet Shop Boys, Boy George… Incluso cuando privatizaron la celebración en el parque y los más políticos nos negamos a pagar para entrar en algo que considerábamos como nuestro, aún seguí yendo a la marcha.

El primer verano de mi vuelta a España me la perdí porque mi padre murió ese mismo día. Sí, un 28 de junio. ¡Qué simbólico! Mi aita, un obrero sin educación secundaria que cuando salí del armario me abrazó y me dijo que yo siempre seguiría siendo su hijo y que me iba a querer igual… Seguro que si le hubiera llevado a una celebración del orgullo le hubiera encantado, con lo que le gustaba la fiesta. Desde entonces todos los años el día 28 tiene para mí un cierto toque de tristeza. Pero sigo yendo a la marcha.

Ya instalado en Madrid fui testigo de la evolución de las celebraciones allí durante los primeros años del siglo XXI. De ser 100.000 el primer año que yo fui pasamos en seguida al medio millón para sobrepasar el millón en años siguientes. Así se convirtió en la fiesta de la capital que más asistentes reúne. Es verdad que se puede hablar ya incluso de masificación y de morir de éxito, pero algo es seguro: la fiesta y el buen rollo siguen garantizados. No hay un día en todo el año en Madrid con más marcha que ese.

En el año 2000 estuve en la marcha del orgullo de Roma, porque se celebraba allí el Europride (la capitalidad de las celebraciones del orgullo en Europa) y yo lo estaba cubriendo para “Nosolomusica”. Fue un día asfixiante de calor, con una combinación perfecta de celebración y reivindicación, carrozas, disfraces, pancartas y de nuevo, el buen rollo garantizado, desembocó en el Coliseo Romano. ¿Qué más se puede pedir? Por la noche Grace Jones, Marc Almond y Geri Haliwell amenizaron la fiesta. Impresionante.


A mi regreso a Bilbao volvieron las marchas clásicas, reivindicativas, sí, pero sobrias (muy de Bilbao), podría decir que incluso secas, sin carrozas, sin disfraces (sólo puntuales), sin gritos, sin música (a excepción de la batukada del grupo de lesbianas que siempre nos ameniza la marcha, ¿qué sería de nosotros sin ellas?). Pero al menos sientes que estás haciendo acto de presencia, que te reencuentras con viejos amigos y vas tranquilamente charlando con ellos a lo largo de la corta duración del evento. Luego generalmente todo acaba con fiesta en el Casco Viejo. Menos este año. Los ánimos estaban caldeados por la “apropiación” de las celebraciones por parte de comerciantes y hosteleros y, quizá por eso, se alteró la ruta de la marcha. La organización lo justificó con un deseo de integración de otros barrios de Bilbao. Y todo acabó pasando por la calle San Francisco. Barrio donde se acumula un elevado tanto por ciento de inmigración africana. La mayoría viene de países donde la homosexualidad se castiga con penas de cárcel, lapidación o muerte, en algunos casos arrojando a las víctimas desde lo alto de un edificio. Y fue en ese barrio, claro, donde unos cuantos, nos llamaron “maricones”. Como cuando era joven. Como cuando era niño. ¿El contraste? La cantidad de gente joven que acudió este año. Ellos tomarán el relevo. Ya lo están haciendo.

En los últimos años han aumentado exponencialmente las agresiones homófobas incluso en el barrio de Chueca en Madrid. Hace sólo unas semanas se produjo el terrible atentado de Orlando en un bar gay. La semana pasada en Turquía la policía impedía a palos que se celebrara la marcha del orgullo gay. Y en Bilbao, unos pocos (todo hay que decirlo, pero uno solo ya sería suficiente), nos llamaron “maricones”. Mi padre se les hubiera echado al cuello. Yo con los años he aprendido que eso es mejor ignorarlo.

¿Conclusión? Puede que las leyes (aquí) hayan cambiado. Pero queda aún mucho odio por deshacer, mucha incultura por superar, muchas leyes por cambiar en todo el mundo y mucha educación por recibir. Aún hay gente que se pregunta por qué seguimos celebrando el Día del Orgullo Gay. ¿Hace falta que dé una respuesta?

miércoles, 8 de junio de 2016

ACT supera la maldición del 13


Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Tras pasar por debajo de una escalera, tener la sala infestada de gatos negros, abrir paraguas bajo techo y vestirse de amarillo sin miramientos, la 13ª edición del Festival de Teatro Corto ACT ha conseguido salir airosa y volver a llenar sus salas con espectáculos de calidad. Ni siquiera tuvieron la mala suerte de que les mirase un tuerto (o lo que es lo mismo, que un miembro del PP tocara su financiación ni metiera mano en la caja). Y nadie les conectó con ninguna oscura trama en Venezuela, o sea que el fatídico número no les hizo mella.


El que sí que ha tenido suerte he sido yo, amante secreto de la danza contemporánea, que por casualidad acudí a los pases con más muestras de este tan poco apreciado arte. Desde el número inaugural organizado por BAI (Centro de Formación Escénica de Bizkaia), al igual que el resto del festival, en el que tres presentadores vestidos con monos amarillos y paraguas rememoraban el clásico “Bailando bajo la lluvia” (y yo que pensaba que los trajes eran alusión a los presos americanos y a series como “Orange is the new black”, a veces me paso de listo, o de moderno, lo sé), hasta la gala de clausura con el estupendo fragmento de “Carne”, “Latza (Crudo/Bare)”, obra dirigida por Fer Montoya (también director de BAI), con una impactante puesta en escena musical, dos cantantes femeninas subidas a un podio interpretando ópera mientras los bailarines se contorsionan por el escenario hasta quedar totalmente desnudos (y yo pensé: -¡Qué huevos! ¡Con lo jóvenes que son!- y no pude evitar rememorar los tiempos en los que algo tan simple como quitarse la ropa sobre un escenario causó semejante escándalo en los aún dictatoriales años 70: en la vida real fue la actriz Mª José Goyanes, en la reinterpretación de ficción de “Cuéntame”, cómo no, fue uno de los Alcántara, la hija Inés).

"Macho Macho"

En medio de todo ello hubo mucho lugar para el disfrute y ninguno para la mala suerte. El ganador de la edición anterior, el bosnio Igor Vrebac nos volvió a deleitar con su maravilloso cuerpo casi desnudo (quiero decir con su arte y profesionalidad) hablando sobre la homosexualidad en “Homo sapiens” y dejando un charco de orina sobre el escenario (hay que romper moldes como sea). El último día también nos ofreció su nueva obra realizada en la escuela BAI especialmente para el festival (parte del premio de cada año) que, obviamente, se llamaba “Macho macho” y para la cual había elegido a dos (muy atractivos) actores de la escuela. Una pieza sin diálogo esta vez, pero con mucha testosterona, semidesnudos, sensualidad y claro homoerotismo en la competición de machos con clímax y cigarrito incluido.

Destacaron también sorpresas tan agradables como contemplar al francés Charlie Denat (LaBerlue) (¿hacen casting de guapos en este festival?) con su sencilla y curiosa obra “La main dans le sac”, en la que muestra cómo no hace falta más que una sencilla bolsa de plástico blanca para crear un idílico cuento pequeño y etéreo, soñador, cómico y desde luego muy original. Lo que no fue sorpresa es que se llevase uno de los premios.

La Berlue
Disfruté de otras piezas de danza, como “Atávico”, de los madrileños Poliana Lima, que aparte de ganar otro de los premios, le dio a una de sus intérpretes una lesión de rodilla que casi le impide subirse al escenario a recoger el galardón. Y no era para menos, pues la energía y agresividad con la que sus intérpretes femeninas (ataviadas con prendas
"Atávico"
interiores reminiscentes del neorrealismo italiano pero también de las piezas ortopédicas de farmacia)
chocaban contra la única y rotunda presencia masculina, subió la temperatura de una coreografía llena de fuerza y pasión.

Pero para mí, lo que me dejó casi sin respiración (sí, ya sé, soy un poco exagerado) fue la pieza de los iraquíes MokhalladRasem/Toneelhuis, “Body revolution”. Efectiva puesta en escena usando simplemente proyecciones sobre sábanas que hacían el papel de pantallas de las que emergían los tres bailarines transformados a su vez en pantallas en movimiento. La fuerza de las imágenes, algunas fijas, otras en movimiento, representando los horrores de la guerra, lograban encontrar
"Body Revolution"
belleza en lo que ya nos hemos acostumbrado a ver todos los días en las noticias, las luchas que suceden a miles de kilómetros de distancia, las matanzas en las que Occidente tiene tanto que ver y de las que luego nos lavamos las manos como si no fuera con nosotros. Me tocó, de verdad, que consiguieran extraer ritmo, plasticidad, emoción, de la tragedia y el horror…


Y lo principal: lo bien que lo pasamos durante el festival, el ambiente tan relajado, la maravilla de gente joven que viene con muchas ganas de teatro y disfruta de algo tan alternativo y sensorial, el gusto que da que en Bilbao, año tras año, este festival, ACT, se convierta en una cita con la creatividad de grupos del todo el mundo que, si no fuera por los esfuerzos de sus organizadores, nunca llegaríamos a conocer. Un oasis cultural en un país enroscado en la incultura. Recordadlo el año que viene, finales de mayo, primeros de junio, llega ACT, no os lo perdáis. 


martes, 9 de febrero de 2016

Y Bowie pasó por Bilbao

©RM

Bilbao, año 8 d.c. (después de la crisis). Sí, esto no termina nunca (la crisis) y además sin nuevo gobierno, lo que no sería tan malo si no fuera porque supone tener que aguantar unos meses más al actual “gobierno en funciones” y sus corruptelas generalizadas. Pero no todo iban a ser malas noticias. El pasado jueves, sin ir más lejos, David Bowie, sí, sí, el mismo, el camaleón del pop, el Duque Blanco, Ziggy Stardust, Starman, o como quieras llamarle, se paseó por las calles de Bilbao.


O al menos su espíritu lo hizo sin duda alguna. Seguramente nos estaría observando con orgullo desde las estrellas, a las que tantas veces cantó y en las que obviamente reside ahora con sus colegas Lou Reed y Freddie Mercury. Desde el escenario de SatéliteT, bajo el puente de Deusto, un número incontable de bandas locales rendían homenaje con sus versiones a la estrella del glam. Cada una desfiló para un único tema (aunque algunos de sus miembros demostraron ser muy promiscuos y no creer en ningún tipo de monogamia, ya que reaparecieron en diferentes formaciones) y todas juntas, al final, nos ofrecieron en el más improvisado estilo “We are the world”, el temazo: “Héroes” que daba título a la noche.

©RM

Camiseta de Rob Cristo
La convocatoria de Satélite T: “Podemos ser héroes, un día más” fue todo un exitazo. La sala estaba a tope y no te podías mover sin rozar sospechosamente a quien tuvieras al lado. Y yo que había esperado poder lucir mi nuevo modelo de camiseta de Rob Cristo homenajeando al artista, me quedé con las ganas, hubiera dado lo mismo que fuéramos desnudos, nadie se habría percatado. Eso no impidió que admirásemos a estos valientes que se atrevieron a versionar (como es lógico, unos con más arte que otros) al gran lord del pop, y quedó clara la huella que nos ha dejado a todos este auténtico héroe del atrevimiento, de la genialidad, la ambigüedad y la subversión escénica, cuya música fue siempre pareja al escándalo, a los rumores, a la reinvención y sobre todo, al no quedarse quieto. Jamás. Un auténtico ejemplo a seguir.

©RM
Se lo llevó un cáncer, como a tantas otras víctimas de esta pandemia innombrada aún por las autoridades de la OMS, pero se extiende y se extiende como los plásticos en el océano. Seguro que cada uno reflejamos sobre aquel escenario nuestras propias experiencias, nuestros propios recuerdos de las canciones del hombre de la mirada alienígena: “Let´s dance”, “Starman”, “The man who sold the world”, “Modern love”, “Ashes to ashes”, “Life on Mars”... A cada uno nos han dejado una impronta diferente y no me hubiera importado ver sobre el escenario un vídeo con los recuerdos personales que cada uno de los asistentes le ponía a la música de Bowie. Más allá de sus valores musicales, para mí fue uno de los primeros que pasó de las convenciones sobre género e identidad sexual. Él las exploró todas sobre el escenario (y dicen que fuera también), haciendo simplemente lo que le pedía el cuerpo. Como debe ser.

©RM

Se lo montaron bien los de Satélite T (prometen homenajes a otros artistas cada mes). Consiguieron que reviviéramos a Bowie por una noche (aunque eché de menos escuchar al menos un tema original). Y sí, todos nos sentimos héroes por una noche más. Aunque sólo fuera por seguir estando aquí. 




domingo, 20 de septiembre de 2015

Gilda se cruza con Belize en la Gran Vía



Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). Algo increíble ocurrió la otra tarde en las calles de Bilbao. En plena Gran Vía. Los focos se lo perdieron, las incontables cámaras de los móviles, iphones y dispositivos varios también: Gilda se cruzó con Belize. ¿Cómo? ¿Que no sabes quiénes son? Pues está claro, o eres muy joven o muy mayor. O quizá las dos cosas a la vez. O no te gusta la música ni el cine ni los idiomas. ¿Cómo, que no te gusta la vida…? Eso hay que remediarlo.

Belize
Fue un gran acontecimiento. A eso de las 19.45, en el cruce entre El Corte Inglés, Zara, y varios bancos de esos que te cobran comisión doble, se produjo un encuentro irrepetible. Los de Belize, esa fantástica banda que por ahora suena en Radio 3 pero que muy fácilmente podría sonar en cualquier otra cadena, salían de su presentación en la FNAC. Y Gilda, sí, la incomparable, la única Rita Hayworth (“There never was a woman like Gilda” – “Nunca hubo otra mujer como Gilda” – leía la publicidad de la película, y qué razón tenía) se dirigía, embutida en su encorsetado vestido negro con sus inconfundibles guantes largos y su estola de visón blanca, hacia la Sala BBK, donde se proyectaba la película que la convirtió en leyenda, en pantalla grande y en versión original. En glorioso blanco y negro.

Los cuatro componentes de la presentación acústica de su último álbum, nos sorprendieron con unas canciones frescas y maduras al mismo tiempo. Frescas como ellos, como su presencia de niños recién salidos del instituto (sé que no los son, pero lo parecen). Y maduras como sus voces, cascadas, profundas, de una calidez que quién diría que han vivido mucho en sus cortas vidas. Nos sorprendieron porque verles y oírles era como dos experiencias completamente distintas. Si sólo los escuchabas, te imaginabas a dos
Belize al completo
personas adultas, vividas, quizá una dama del jazz y un cavernoso cantante trasnochado en mil garitos. Si sólo los mirabas, veías a unos chavales alegres, frescos (son hermanos, nos dijeron), disfrutando de su música y del hecho de estar allí, con un montón de experiencias todavía por vivir pero que hacen una creación única. Y digo única no sólo por cómo suenan, por esa potencia poética que nos embargó, sino por el hecho de que cantaban a la vez en inglés y español.


Sí, ya sé que muchos grupos cantan en ambos idiomas, ¡pero no al mismo tiempo! Me explico. En las canciones de “Belize” (título también de este su último y reciente álbum) los estribillos en inglés se mezclan con coros en español y al contrario. O sea, que estás oyendo al mismo tiempo ambos idiomas. Me resultó una apuesta arriesgada, original y con un resultado increíblemente suave; ciertamente te entraba por los poros. Igual que su optimismo y sus sonrisas. ¡Qué jóvenes! Cada vez me ocurre más que los que actúan en los conciertos YA podrían ser mis hijos. Y me recuerdan a mi propia energía de entonces…

Gilda a punto de pecar
Y hablando de energía, a la vuelta de la esquina de la FNAC, justo después, nos esperaba otro evento mágico y gratis. Ver a Rita-Gilda-Rita (“Todos los hombres se acostaban con Gilda pero se despertaban con Rita”, según confesaría ella misma amargamente) en el apogeo de su belleza. Y también mezclando el inglés con el castellano. Versión original subtitulada, como tiene que ser. Para apreciar esas voces sensuales, esas inflexiones, esa manera de vocalizar… Y esos labios pintados de rojo bermellón (aunque los veamos en blanco y negro). Gilda, con sus insinuantes movimientos de caderas y de piernas, con ese
giro de melena (parece que durante el rodaje le lavaban el pelo cada cinco minutos para que estuviera perfecto), involucrada en esa trama noir que en realidad a nadie interesaba porque lo que todo el público quería ver era cómo sufría Glenn Ford (tan joven también, podría haber formado parte de Belize) en las manos de esa pérfida pelirroja (que al final se descubre no lo era tanto, ups, spoiler), cómo la abofetea después de que se quite el famoso guante (antes ya le había abofeteado ella a él). En realidad era una historia de resentimiento, de amor y odio mezclado hasta tal punto que era imposible distinguirlos (“Johnny, te odio tanto que soy capaz de hundirme a mí misma para arrastrarte conmigo…”). Si todo el mundo esperaba la conocida escena del guante no nos impactó menos ese otro baile con el vestido blanco –“Amado mío”-, ese movimiento perfecto de piernas (Rita venía de padre español bailarín y Fred Astaire la calificó como “la mejor pareja de baile que había tenido nunca”) y la forma en que el vestido escondía púdicamente su ombligo como mandaba el Código Hays de la época, que hacía que realmente quisieras vérselo...

Se odian-se aman-se odian-se aman...
En España “Gilda” tardó cinco años en estrenarse debido a la represión franquista. De ella decían que tenía que ser comunista, puesto que “una mujer católica nunca podría ser tan
pérfida”. En las iglesias los curas obligaban a confesarse a quien la hubiera visto. Y las malas lenguas decían que a España había llegado la versión censurada (tan acostumbrados estaban a los cortes de escenas) y que en la versión original Rita se quedaba desnuda tras quitarse el guante. ¡Ya les hubiera gustado a ellos! Nada más lejos de la moral del Hollywood de la época. Pero la película convirtió a esa mujer de melena inabarcable en la leyenda que ni ella misma pudo superar. Cuentan que cuando (ya enferma de Alzheimer) se veía a sí misma en la pantalla era incapaz de reconocerse. ¿Quién podría superar eso?



Esa fue una tarde de suerte. Primero, descubrir a Belize y su pop fresco. Después, redescubrir a Gilda gracias a la iniciativa de Arrebato Zinema. Y todo gratis. Ya podía haber más tardes así. 

Bellísimos y apasionados Rita y Glenn

jueves, 16 de julio de 2015

BBK Live forever



Bilbao, year 7 a.c. (after the crisis). Today, for the first time, I have a special guest star as a writer for this post: Mel B, Dj and my husband amongst other things. So, don´t expect any comments about politics or about Greece or even about the polemic new Spanish abortion law... Here it comes. And in both, Spanish and English.

Jesus and Mary Chain
You can’t fault the promoter’s criteria for selecting the bands to play at the BBK Live Festival. Certainly the fact that there were no three day season tickets left, and that Saturday night was sold out well in advance means that the policy of booking some big, big headliners and filling out the line-up with just two or three reasonably well-known acts and then many, let’s say, lesser names does in fact guarantee a financially successful, albeit slightly imbalanced event. Mumford and Sons were the drawcard on the first night, old-timers Jesus and Mary Chain had the peak Friday night slot, while on Saturday Muse were the band that most of this year’s BBK festivalgoers wanted to see.

This punter’s attendance was limited to just Friday and Saturday evening. James Bay came highly recommended but his finely crafted tunes seemed to lose strength in the festival arena. Next, a quick dash to the Bilbao stage to get a good vantage point to see Jesus and Mary Chain perform their 1985 “Psychocandy” album. Given their track record for feedback, sound problems on opener “Just Like Honey” seemed appropriate. This was soon overcome and the band faithfully ran through the entire album, the strong melodies superbly obscured in a crystalline cloud of guitar fuzz. The insistent groove of the album’s final cut “It’s So Hard” sounded remarkably contemporary, almost like a dance track, providing one of many highlights in a set which panned out with a four single treat comprising “April Skies”, “Head On” “Some Candy Talking” and a brilliant “Reverence”. A performance which cemented Jesus and Mary Chain’s place in my rock heaven. 

Alt J
Alt J were next. If you press “Alt J” on my laptop, nothing actually happens, which is a little disappointing. Apparently, if you do it on an Apple computer it “saves the QSO and creates a new QSO record”. Having no idea what that actually means, I imagine something random happening on the Mac which takes the user to some unexpected corner of a “virtual world”. I’m not sure if Alt J took me anywhere like that, but their interwoven patterns of sound do have that random element to them: you never know quite where a song is going to next. This is maybe the beauty of their music, but it can confuse a festival crowd who might liken the combination of lights and sound to some big opening ceremony for a new Apple Store. Impressive, interesting, but a real concert experience?

Saturday kicked off for me with a quick glance at Murcia’s Neuman playing “Bye Fear/Hi
The Ting Tings
Love” which, as is often the case, sounded less annoying live than it does on Radio 3.  But, I abandoned them quickly to nip off to meet some friends for The Ting Tings who were making their second appearance at BBK Live. We were miles back, but the sound was good as they romped through “Great DJ”, “Shut Up and Let Me Go” and later on, their own little masterpiece “That’s Not My Name”. The set was padded out with a not-so-great-DJ destroying Talking Heads’ “Once In A Lifetime”. Even singer Katie White joined in the massacre, “scratching” the record to bits. But, the kids seemed to enjoy the frivolous fun of it all.

Of Monsters and Men
Next: Of Monsters and Men, but bad news: their set was to be cut short “due to illness”. They came on and none of them seemed to be looking too green around the gills, but by the third or fourth track I think I was. The fact is, rather than cut the number of songs, things would have worked out much better if they had cut two or three minutes off each song. As one interminable track followed another, the crowd became restless. But all was forgiven when they got some singalong football type chanting to the catchy, ubiquitous “Little Talks”.


Muse
Next: a quick look at Bear’s Den, who sounded very impressive before they succumbed to an ill-judged Mumford and Son banjo moment. And then a lull before what everybody was waiting for: Muse. They’re big: big songs, big sound, big lights. Matt Bellamy, the Edward Scissorhands of Rock, played his songs and played the crowd. The strange thing about Muse, is that they like to indulge in long, long songs with operatic Bohemian Rhapsody-style “movements”. But it’s the short, pithy singles that do it for me. Second song, a three and a half minute “Supermassive Black Hole” is just vastly superior to seven minute opener “Psycho” while singles “Plug In Baby”, “Starlight” and “Time Is Running Out” are the highlights. The anthemic and extended “Uprising” starts the encore while the epic (and long) “Knights Of Cydonia” completes the night. You can’t fault the attitude, musicianship and the spectacle and the seventeen song set meant that the Muse multitude headed home happy. With tired legs and ears I joined them, leaving the younger generations to carry on until a new dawn, a new post-BBK day. 

Kobetamendi, the venue for the festival

BBK Live forever




Bilbao, año 7 d.c. (después de la crisis). Hoy por primera vez tengo una estrella invitada como escritor de este post: Mel B, Dj y mi marido entre otras cosas. Así que no esperéis comentarios sobre política ni sobre Grecia ni sobre la ley del aborto… Ahí va, primero en español y luego en inglés.

Jesus and Mary Chain
No se puede criticar el criterio de los promotores al seleccionar el cartel que ha actuado en el Festival BBK Live. Está claro que si no quedaban bonos de tres días y las entradas para la noche del sábado estaban totalmente agotadas desde hacía tiempo, eso significa que la política de contratar un gigante como cabeza de cartel y luego rellenar el resto del line-up con dos o tres nombres más o menos conocidos, además de muchos –digamos- grupos menores, garantiza un evento con éxito financiero aunque quizá ligeramente desequilibrado. Mumford and Sons fueron la baza elegida para la primera noche, los veteranos Jesus and Mary Chain fueron la punta de lanza del viernes y el sábado les tocó a Muse el papel de la banda que la mayor parte de los asistentes de este año querían ver.
Yo este año me limité a las noches del viernes y el sábado. James Bay llegaba muy bien recomendado pero sus melodías (tan bien orquestadas) perdieron potencia sobre la palestra del festival. Luego vino una acelerada carrera hasta el escenario Bilbao para conseguir un sitio en primera línea de playa y poder disfrutar de Jesus and Mary Chain, que tocaban su álbum de 1985 “Psychocandy”. Dado su historial de retroalimentaciones de micros, los problemas de sonido con su tema de apertura “Just like honey” parecieron de lo más apropiado. Enseguida los superaron y la banda recorrió fielmente el álbum completo, con las potentes melodías excelentemente oscurecidas en una nube cristalina de pelusa guitarrera. El ritmo insistente del último corte del álbum, “It´s so hard”, sonó increíblemente contemporáneo, casi como un hit dance, proporcionando uno de los platos fuertes con un set que abarcaba cuatro singles de lujo: “April Skies”, “Head On” “Some Candy Talking” y un brillante “Reverence”. Fue una actuación que ciertamente cimentó el puesto de Jesus and Mary Chain en mi cielo rockero.

Alt J
Alt J fueron los siguientes. Para mi desilusión, si pulsas “Alt J” en mi portátil no ocurre nada. Pero parece que si lo haces en un Apple “salva el QSO (¿?) y crea un nuevo documento QSO (¿¿¿???)”. Como no tengo ni idea de lo que esto significa, me imagino que ocurre algo aleatorio en el Mac que lleva al usuario a una inesperada esquina del “mundo virtual”. No tengo muy claro que Alt J me llevase a ningún sitio de semejante envergadura, pero sus patrones entrelazados de sonido sí que tienen ese elemento aleatorio: nunca sabes muy bien hacia dónde se dirige una canción. Quizá esa sea la belleza de su música, pero puede confundir a la multitud de un festival que acabe encontrando la combinación de luces y sonidos más propia de la ceremonia de apertura para un nuevo Apple Store. Impresionante, interesante, pero, ¿era realmente material de concierto?

El sábado di la patada de salida con un rápido vistazo a los murcianos Neuman, que tocaron “Bye Fear/Hi Love” y, como suele ocurrir, sonaron menos pesados en directo de lo que suelen hacer habitualmente en Radio 3. Sin embargo me escapé pronto para juntarme
The Ting Tings
con unos amigos y ver a The Ting Tings, que hacían su segunda aparición en el BBK Live. Estábamos a mil metros de distancia pero el sonido era bueno mientras jugueteaban con “Great DJ”, “Shut Up and Let Me Go” y más tarde con su pequeña obra maestra “That’s Not My Name”. La actuación se rellenó con un DJ-mejor-no-me-hagas-caso destrozando el “Once In A Lifetime” de Talking Heads. Incluso la cantante, Katie White, se unió a la masacre, “arañando” el disco hasta hacerlo pedazos. Pero creo que los chavales disfrutaron con ese frívolo divertimento.

Of Monsters and Men
Lo siguiente, Of Monsters and Men. Pero había malas noticias: su actuación se acortaría “por motivos de salud”. Salieron al escenario y ninguno de ellos tenía una cara particularmente verdosa, pero para cuando llegó el tercer o cuarto tema creo que la mía sí que lo estaba. El caso es que, en vez de cortar el número de canciones, deberían haber cortado dos o tres minutos de cada una de ellas. Mientras un interminable tema seguía al anterior, los asistentes se iban poniendo nerviosos. Pero la deuda se condonó cuando consiguieron que todo el mundo coreara (como si estuvieran en el fútbol) la pegadiza y ubicua “Little Talks”. 


Muse
Después: un rápido vistazo a Bear´s Den, que sonaban impresionantemente hasta que sucumbieron a un atrevido momento de banjo tipo Mumford and Son. Y luego un instante de calma antes de lo que todo el mundo esperaba: Muse. Son grandes: grandes canciones, gran sonido, grandes luces. Matt Bellamy, el Eduardo Manostijeras del rock, jugó con las canciones y jugó con el público. Lo raro de Muse es que les encanta darse el gustazo de temas larguísimos con movimientos operísticos al estilo de “Bohemian Rhapsody”. Pero para mí, lo más genial que tienen son los singles breves y concisos. La segunda canción que tocaron fue “Supermassive Black Hole”, de tres minutos y medio, muy superior a la que abrió el concierto, “Psycho” (de siete minutos), y singles como “Plug In Baby”, “Starlight” o “Time Is Running Out” son sus momentos cumbre. El himno extendido que es “Uprising” comenzó los bises mientras la épica (y larga) “Knights Of Cydonia” completó la noche. No se puede criticar la actitud, la técnica musical ni el espectáculo; y el concierto de 17 canciones hizo que la multitud que había venido a ver a Muse se fuera a casa feliz. Con oídos y piernas cansadas, me uní a ellos, dejando que las generaciones jóvenes continuaran hasta el amanecer, un nuevo día post-BBK.

Kobetamendi durante el festival